Capítulo 20
Príncipe Haakon III
La ducha fría que me doy no apaga mi fuego.
Contemplo la pared color mármol blanco con vetas doradas y dejo que el agua lave de mi cuerpo el día ajetreado y agotador que he tenido. Todo eso para garantizar que las cosas saldrán bien entre ella y yo.
Hablando de ella: solo de pensarla, el pecho me late con fuerza.
Me demoro un rato en el baño mientras me seco el pectoral, observo mis tatuajes en el espejo y reflexiono sobre si le he dado tiempo suficiente para huir.
Mierda, ¿se habrá asustado? ¿Seguirá en la habitación? ¿Habrá hecho lo que le mandé hace unos minutos, o habrá huido?
Ignoro el albornoz blanco y regreso a la habitación oscura, iluminada solo por la luz de la noche que invade el suelo y reluce por la pared y el techo.
Las sombras hacen que el cuarto parezca aún más grande de lo que es, y yo camino en la oscuridad, desnudo, hacia la cama: no consigo ver si ella está allí.
—Así que no has huido. —Pienso en voz alta.
Ella gime. Ni siquiera sé por qué. Apagué el juguetito para darle un respiro, para que pudiera respirar libremente.
—¿Debería? —suspira Ravena.
Está de espaldas a mí.
A cuatro patas.
Desnuda.
Una diosa. Que el propio Miguel Ángel se sentiría impotente para pintar tanta belleza, inocencia y sensualidad.
—Si fueras lista... —Miro hacia abajo.
Mierda. Ya estoy duro.
A decir verdad, ya estaba duro antes de salir del baño, pero ahora siento el pene golpear firme contra el abdomen.
Me dirijo al piano y cojo la caja que dejé; palpo las esposas, la mordaza y el látigo. Después la miro de reojo: sigue a cuatro patas, de espaldas a mí; creo que, si pudiera verle los labios, diría que le tiemblan.
—Si no has huido... ¡¿crees que estás lista?!
—No lo sé —casi se atraganta con las palabras—. Pero podemos intentarlo...
—No es tan difícil, ¿sabes...? —Apoyo la rodilla derecha sobre la cama.
—Ahn —jadea ella, y se encoge un poco.
Sostengo el peso de mi cuerpo y me quedo totalmente de rodillas, detrás de ella, a pocos centímetros de su cuerpo. La curva que forman sus nalgas respingadas parece el encaje perfecto para mí.
—Este tipo de relación requiere confianza.
—¿Confianza?
—En que voy a darte placer, a mi manera. Y en que respetaré tus límites, parando de inmediato si te sientes incómoda. Pero voy a persuadirte...
Parece tan absorta en lo que digo que no se da cuenta cuando cojo sus muñecas y las llevo detrás de su cuerpo. La esposo tan rápido que no tendría posibilidad de escapar.
—... para llegar hasta el final... Descubrirás mi verdadero yo.
—Ajá.
—Levanta el rostro.
—¿Así? —Mira al techo.
Le pongo el collar de diamantes.
Los mechones de su pelo pasan entre mis dedos; la veo balancearse suavemente, intentando sostener su propio cuerpo de rodillas.
—¡Haakon! —gime de una forma inesperada cuando acciono el vibrador que sigue dentro de ella.
Lanza el cuerpo hacia delante, a punto de dar con la cara en la cama, pero yo la sujeto por las esposas y tiro de ella hacia atrás.
—¿Confías en mí, Ravena? —Recuesto su espalda contra mi pectoral.
Tarda solo un segundo en decir:
—Sí, confío en ti. —De inmediato parece menos tensa.
La sensación de su piel suave y cálida posada sobre la mía me hace hervir; es como ir a cien por hora por la carretera, viendo todo pasar como un borrón y con el viento chispeando en la vista.
—Entrégate a mí. —Subo los dedos por su brazo.
Beso la nuca de Ravena y oigo la respiración pesada que suelta cuando mis manos pasan por debajo de sus axilas; sujeto sus pechos y la encajo en mi regazo.
—¿Vas a pegarme?
—¿Quieres ser castigada por algo en concreto? —murmuro junto a su oído.
—No he hecho nada malo...
—Entonces te libras, por hoy. —Beso su hombro despacio, mientras mis manos bajan por su cuerpo esbelto; las palmas prácticamente masajean su barriga y su ingle, después subo despacio y repito el movimiento.
El cuerpo de Ravena está ardiendo, igual que el mío. Por eso aumento un poco la intensidad con que el vibrador trabaja dentro de ella. Es extremadamente potente y silencioso. Apenas sabría que está encendido si ella no se estuviera retorciendo tanto y con la respiración entrecortada.
—¿Estás lista?
—¿Cómo que «lista»? ¿No habías empezado ya?
—Si no he hecho nada. —No consigo contener la risa.
La sujeto firme del brazo y la giro hacia mí.
—Saca la lengua. —Le guiño un ojo a Ravena y ella obedece de inmediato.
Guío el peso de su cuerpo descendiendo por mi pectoral, dejando un camino húmedo hasta llegar a mi ingle, después a la punta de mi sexo.
Este es el momento de sujetar bien su pelo, como un cabestro, y guiarla, a una distancia en la que solo su lengua pueda alcanzarme. Y cuanto más intenta acercarse ella, más intento yo contener la risa.
—¿Ves cómo me pones? —Inclino el rostro para examinarla.
Se esfuerza, debo admitirlo. Consigue estirar bien la lengua; cuando roza mi piel, siento un escalofrío recorrerme la espina dorsal.
¿Las ganas? De agarrar con firmeza ese moño improvisado que le hice y hundirla de una sola vez, y saciar mi deseo.
Pero es tanto más interesante así...
—No... no consigo... metérmela en la boca... —jadea.
—Es lo que pienso yo a cada minuto cuando estoy cerca de ti y no puedo besarte... sentirte... estar dentro de ti...
Ravena me mira desde abajo y yo hago un mohín con los labios.
—Dime qué quieres.
—Te quiero... a ti.
—Aquí estoy, nena —guiño un ojo—; dime qué es exactamente lo que quieres...
Sus ojos grandes me congelan el alma. Es como si hablara conmigo, sin sonido alguno, sin palabras y sin gestos, solo con la mirada.
—Pídelo —rechino los dientes.
—Quiero sentirte...
—¿No me estás sintiendo? —Acaricio su rostro.
—Quiero chupártela.
—Ah, ahora hablamos el mismo idioma. —Acerco mi cuerpo.
No dura ni un segundo: Ravena se mete la punta hinchada en la boca y succiona con tanta fuerza que necesito curvarme un poco hacia delante y respirar muy despacio.
Su boca caliente y húmeda me engulle muy despacio; está lejos de caberle todo en la boca, pero no necesito caber ahí. Tengo otras intenciones.
—Aaaah —gime fuerte; ya hemos llegado a una buena velocidad de ese vibrador, en la que se puede empezar a jugar.
—Eres una buena chica, mereces esta recompensa...
Ravena me succiona con tanta intensidad que las palabras se van perdiendo mientras salen de mi boca. Abro un poco más las rodillas para equilibrarme bien sobre la cama y contemplar su cuerpo desnudo estirándose.
Con la mano libre, recorro su espalda con los dedos hasta alcanzar su trasero respingado. Le doy una palmada moderada y bajo un poco más, hasta sentir de dónde viene la vibración. Masajeo por encima del vibrador, alcanzo su clítoris y vuelvo con la mano mojada hasta mi cara.
—Vaya... parece que el juego se está poniendo interesante...
—¡Haakon! —grita Ravena, no sé si de susto o de desesperación, cuando la giro en la cama.
La dejo tumbada de espaldas, le abro bien las piernas y me encajo entre ellas. Golpeo con mi sexo sobre su ingle y friccionó muy despacio, a medida que mi cuerpo se vence y se tumba sobre el suyo.
Sigo con la cintura moviéndose en un lento vaivén, calentando mi miembro hasta el punto de sentir un dolor insoportable, la punta hinchada, prácticamente implorando estar dentro de ella.
—Adoro tu olor. —Acerco la nariz al cuello de Ravena—. Y tu sabor... —Necesito lamerme los dedos, delante de ella.
Claramente está avergonzada, quizá hipnotizada también, porque ni siquiera parpadea.
—Me paso el día soñando... intentando imaginar... cómo es estar dentro de ti...
Mis dedos la agarran por los muslos. La aprieto con una fuerza moderada hasta que se escapa de mi tacto.
—Desde el día en que te vi, tengo pesadillas solo de imaginar que huyas...
—Por favor, tómame —pide ella.
—¿Así se le pide algo a tu rey? —Niego con la cabeza—. Ts, ts, ts...
—¡Por favor, Haakon, quiero sentirte dentro de mí!
—¿Sí, princesa? —Presiono el pulgar sobre su ingle.
—Yo... quiero tener tu bebé... —Aprieta los ojos con fuerza; hasta se sonroja al decirlo.
—Y yo quiero que tengas ese bebé. —Presiono mi sexo con aún más fuerza contra su piel—. Así que pídelo, con cariño, que yo, tu futuro rey, atenderé y cumpliré todos tus deseos.
—Haakon...
—Sí, nena —murmuro.
—Soy tuya.
—¿Sí?
—Haz lo que quieras conmigo, por favor...
Mi pecho aplasta el suyo. Agarro su pelo, apoyo la nariz en su oreja y respiro fuerte; muevo la cintura hacia arriba y la oigo gemir y temblar debajo de mí.
—¿Lo que yo quiera?
—Lo que quieras.
—Eres muy tonta o muy valiente por decir eso. —Mordisqueo el lóbulo de su oreja—. Por eso eres la mujer adecuada para mí.
Dejo abierta la mano que la estaba masajeando.
—Expulsa el vibrador.
—Pero no tengo las manos libres.
—No necesitas las manos —le aseguro.
Ravena respira hondo. Su cuerpo parece bloquearse cuando intenta hacer un movimiento.
—No puedo...
—Empuja.
Ravena vuelve a apretar los ojos; su cuerpo se estremece cuando por fin consigue expulsar el vibrador. Una sonrisa de alivio se forma en sus labios, pero enseguida jadea de placer.
—Lo consegu...
—Lo conseguiste —digo por encima, entrando en su sexo mojado.
Me deslizo fácil hacia dentro; la punta llena rápidamente el espacio que dejó el vibrador de forma ovalada. Ahora, para meter el resto, necesito presionar un poquito.
—¿Estás respirando?
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando... —dice ella, tensa.