Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Príncipe Haakon III

No recuerdo haber presenciado un baile que uniera tanto a los asistentes como este.

Ya fuera comiendo o bailando, charlando en grupos o paseando por el resto del palacio, todos los presentes parecían tan entretenidos que apenas se dieron cuenta de que Ravena y yo estábamos saliendo del salón de fiestas.

Pasamos varios minutos saludando y atendiendo a todo el mundo, hasta que metí la mano dentro de la chaqueta, encontré el móvil y activé el sensor de su vibrador. Desde el otro lado del salón, Ravena me lanzó una mirada de desesperación e intentó contener el gesto, sin mucho éxito.

Salió de puntillas, muy despacio, intentando entender qué estaba haciendo yo.

Y cuanto más se acercaba, más avanzaba yo hacia fuera del salón; subí las escaleras hasta la primera planta y la vigilé mientras subía los peldaños y se agarraba con fuerza a la barandilla cuando mi dedo resbaló casi hasta el punto máximo del sensor y volvió al nivel medio.

—Huy. —Agité el móvil en el aire.

—¡Espérame! —Se ríe, justo detrás de mí, e intenta subir deprisa, pero las piernas no logran seguir mi ritmo.

Sobre todo porque la vibración se apodera de todos sus estímulos.

—¡Haakon!

—No te veo —digo en voz alta, a un pasillo de distancia.

Cuando Ravena me alcanza, intenta quitarme el móvil de las manos, pero fracasa estrepitosamente. Soy yo quien aprisiona su cuerpo contra la pared y mira fijamente el aparato mientras aumento sin piedad la presión dentro de ella.

—¡Casi grito delante de la gente! —Me da un manotazo en el hombro.

—Sería divertido verte gritar. —Recorro con los dedos el contorno de su barbilla y sus pómulos.

Después estiro el brazo hacia el gran espejo que cubre la pared y abro el pasadizo.

—Este sitio está lleno de secretitos, ¿eh?

—Las damas primero. —Hago un gesto.

Al cerrar el pasadizo secreto tras nosotros, se encienden las luces del pequeño vestíbulo circular. Los armarios que cubren la pared son muy discretos, completamente de madera, como si fuera una especie de zapatería.

—Estaba pensando a qué hora ibas a sacarme de allí para usar mi cuerpo...

—La sincronía de nuestros pensamientos es algo fascinante. —Le guiño un ojo, saco una llave del bolsillo y abro el armario más grande; extraigo de él un látigo de cuero—. Creo que recuerdas que me debes algo.

—Sí. —Deja escapar un soplido entre los labios; las pupilas se le dilatan.

—Sigue por el pasillo y espérame en la sala de los espejos.

—¿La sala de los espejos?

No le respondo. Espero a que recorra el camino y vuelvo al armario, donde cojo todo lo que necesito.

Camino muy despacio hasta llegar a una habitación de tamaño pequeño para los estándares del palacio, con las paredes, el techo y el suelo cubiertos de espejos. Ravena está observando su imagen multiplicada hasta el infinito en el reflejo.

La luz cálida y no demasiado clara reproduce el eterno instante en que el sol empieza a ponerse y la oscuridad avanza sobre la casa. No es tan clara como para herir los ojos, ni tan oscura como para que no podamos vernos con nitidez.

—Ponte de rodillas.

—El espejo del suelo...

—Está bajo un cristal irrompible, te lo garantizo.

Ravena se sujeta los laterales del vestido y se agacha. Me mira con sus ojos grandes, atenta a cualquier cosa que pueda ocurrir.

—No cuestiones nada cuando te diga que hagas algo. —Camino hasta un extremo de la sala y, del mismo modo que hice antes con la entrada, abro el espejo y saco de allí una silla.

—Perdóname.

—Yo siempre pienso en tu bienestar. Nunca te pondré en peligro.

—Sí, señor.

Coloco la silla a su lado, en el centro de la sala, y me siento. Poso la mano izquierda sobre su pelo y lo acaricio despacio mientras la observo.

Joder. ¿Cómo puede ser tan preciosa?

—Por eso voy a castigarte. —Sujeto la barbilla de Ravena y la acerco a mis rodillas; le indico que se tumbe en mi regazo—. Para que aprendas... a no cuestionarme...

Le levanto el vestido con calma hasta que sus braguitas quedan a la vista. Abro bien la mano y dejo caer la palma con una fuerza moderada, la justa para que su cuerpo se impulse hacia delante.

—Siempre puedes tener una palabra, un gesto, una señal de seguridad... salvo cuando te castigue por tus errores.

—Sí...

La palabra se convierte en un gemido alto, porque le azoto el trasero con fuerza.

—No hables sin permiso. Sigo siendo tu futuro rey, ¿recuerdas?

Ravena relaja el cuerpo y recibe un azote tras otro. Su trasero se pone rosado, luego rojo. Sus manos se aferran a mis muslos cuando bajo el rostro y deposito un beso sobre la piel caliente.

—¿Has pensado en algo para tu seguridad?

—Sí —dice, y se levanta, se queda de pie ante mí.

—Estoy deseando oírlo.

—«Porquinha».

Contengo la risa cuanto puedo. Tomo sus manos, las uno y empiezo a pasarles una cuerda negra hasta formar un nudo perfecto.

—Intenta escapar.

Ella forcejea, cierra los puños, luego los abre. No consigue moverse.

—Sabes que voy a cuidar de ti... —Examino su expresión y le digo que no se preocupe.

—Lo sé.

—Mi papel es respetar tus límites e intentar ir más allá de ellos... si no lo soportas, tienes que avisarme con tu palabra de seguridad.

—Porquinha —repite ella.

—Buena chica. —Me subo a la silla y presiono el techo; una abertura deja caer una plataforma de acero, rectangular y larga, del tamaño de mis brazos abiertos. La plataforma tiene cinco ganchos orientados hacia abajo.

—¿Qué prefieres, que te azote mientras estás suspendida o de rodillas ante mí?

Sus ojos se agrandan y encoge los labios rojos mientras observa mis múltiples reflejos en los espejos.

—Prefiero estar de rodillas ante ti.

—Es una buena decisión. —Vuelvo a sentarme en la silla y me saco el látigo de cuero negro de la cintura—. Ponte de rodillas, Ravena.

Ella se agacha con dificultad; como ahora no tiene las manos, debe prestar suma atención a sus movimientos.

—Pon la cabeza aquí. —Señalo entre mis piernas y ella obedece.

Le subo el vestido hasta la espalda y paso las tiras del látigo por su piel.

—Te prohibí correrte, aquella vez. Y, aun así, no me hiciste caso...

—No pude aguantarme, era tan delicioso...

—Y sigues respondiéndome... tsc, tsc...

—Aaay. —Hunde el rostro contra mi pantalón; siento el soplo caliente de su nariz y su boca calentarme los huevos.

Aparto el látigo tras el primer golpe y compruebo cómo está. Ravena alza el rostro, los ojos le brillan. No son lágrimas ni un principio de llanto. Solo está reconociendo que este momento será único. Se relame los labios y yo me contengo para no acariciarle la cara.

—Aaaah —gime una vez más y apoya el rostro en mi muslo cuando llega el segundo latigazo.

—¿Quién es tu señor?

—Tú.

—¿Quién es tu rey?

—Tú, Haakon. —Parpadea.

—Entonces, ¿por qué no consigues obedecerme?

Ella hunde el rostro con fuerza antes incluso de recibir el latigazo. Su cuerpo se estremece y yo la observo recomponerse poco a poco hasta que me mira.

—¿Crees que te ayudaría tener algo en la boca mientras te castigo?

—Sí, señor.

—¿Quieres una mordaza? —sugiero.

—No, señor.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ella sigue mirándome mientras restriega el rostro sobre el bulto de mi pantalón, como una gatita mimosa. Yo, sin dudarlo, bajo la cremallera y saco la polla; antes incluso de que pueda acomodarla, ella la atrapa con la boca y empieza a chupar.

—Aaaaarh. —Su sonido queda amortiguado y, aun así, sale alto.

Siento la succión tan fuerte que planto con firmeza los zapatos de vestir para mantenerme en el sitio.

—Mira lo que me obligas a hacer... tsc... tsc... —Continúo hasta la mitad de los latigazos, dándole tiempo suficiente para respirar y alternando entre las nalgas—. Estamos a la mitad de tu castigo. ¿Crees que aguantarás el resto?

—Sí, señor. Me lo merezco.

—¿Qué te mereces?

—Que me castigues —dice bajito, y me devora.

Abre la boca todo lo que puede e intenta hundirse hasta alcanzar mi ingle, pero está lejos de conseguirlo. Observo su vano intento, hipnotizado, mientras sus labios resbalan hacia fuera y su boca queda empapada de saliva.

—Aaaaaah, otra vez, por favor —implora al recibir el sexto latigazo.

—¿Así? —Golpeo de nuevo.

—¡Otra vez, Haakon!

Tengo la polla tan dura que parece que va a explotar. Verla en esa posición ya me saca de quicio; oír su voz es lo que acaba con mi cordura. Me dan ganas de interrumpir el castigo e ir a saciar mi deseo, pero no puedo ceder a esa debilidad.

Cuando termino, ella no parece nada satisfecha.

—Quiero más —dice apenada mientras me mira.

—No, ya has recibido suficiente castigo. —Le acaricio el rostro y siento cómo me lame el glande.

—Entonces seguiré desobedeciéndote...

—Por tu cuenta y riesgo. —Esbozo una media sonrisa.

Saco el móvil del bolsillo y compruebo que el vibrador ha estado funcionando todo este tiempo, con las pulsaciones más intensas y espaciadas, tal como yo quería.

—Dame las manos.

Ravena extiende los brazos y yo me levanto, tiro de ella para ponerla de pie. Engancho la cuerda en uno de los ganchos y empiezo a elevar la plataforma hasta que sus pies se despegan del suelo.

Mis ojos se encuentran con los suyos entre las decenas de reflejos que se forman por todos los rincones.

Ella sube hasta quedar a un metro del suelo.

Y yo le quito el vestido sin tirantes, lo dejo escurrirse por sus piernas y lo arrojo a un rincón de la sala de los espejos.

La dejo con sus tacones rojos; me divierte verlos agitarse en el aire.

—¿Te dan miedo las alturas?

—No, me he tomado mi dramin. —Se ríe.

Apoyo sus piernas sobre mis hombros y restriego el rostro contra sus braguitas mojadas. Paso la lengua por encima de la tela y siento el sabor de Ravena. Cada milímetro de mi cuerpo empieza a estallar, mucho más que antes.

—Agárrate bien —digo, y aparto sus braguitas del camino.

Mi lengua siente la pulsación del vibrador incluso tocando por encima de su clítoris. Empiezo a chupar y a succionar muy despacio; mis manos suben por la espalda sudada de Ravena y luego se detienen sobre sus nalgas marcadas.