Capítulo 16
Ravena Lessa
Un fenómeno curioso ocurre cuando nuestra madre dice: «a la vuelta te lo compro». La ansiedad mezclada con excitación se despliega en una euforia sin fin. Por volver... Por comprar... Por saciar ese deseo que crece cada vez más de tener lo que se anheló y se esperó.
Así me sentí durante la noche.
Haakon tuvo que atender algunas llamadas y tratar asuntos importantes en la biblioteca del palacio, y yo me vine a la habitación, me di una ducha y me preparé.
La inquietud se apoderó de mí; estuve dando vueltas en círculos por la espaciosa estancia hasta estar lo bastante cansada como para sentarme en la cama y quedarme mirando la puerta.
Las once, y ninguna señal de Haakon.
Medianoche, y nada.
Suspiré, insegura de lo que estaba sintiendo. Una parte de mí tenía mucho miedo: fui maltratada durante los últimos meses y no sabía si estaba lista para tener sexo con él.
Al mismo tiempo, una parte de mí ardía; a la menor señal de pasos fuera, en el pasillo, jadeaba y parpadeaba despacio, intentando contener mi respiración entrecortada.
Envuelta en una sábana suavísima y golpeando el colchón con los pies, de puro nerviosismo, me quedé angustiada mirando la puerta de la habitación.
No vino.
¿Se habrá olvidado, sin más, o habrá perdido el interés? ¿Se quedó tan cansado con las ocupaciones reales que se fue directo a su cuarto a dormir?
Hace un rato, el cosquilleo en la barriga era porque lo esperaba. Ahora es diferente: sigue siendo el mismo escalofrío, una sensación de aflicción y de pánico, porque no viene.
Parpadeé... parpadeé de nuevo... y, cuando me di cuenta, me había quedado dormida.
La cama gigantesca abrazó mi cuerpo y la almohada se encajó perfectamente bajo mi cabeza. Mi cuerpo se hundió suavemente en el colchón mullido, y solo desperté, con un sobresalto, porque oí un ruido.
—¿Qué ha sido eso?
¿O habrá sido solo un sueño?
El ruido se repitió; no conseguí identificar de dónde venía. Salí de la cama y, de puntillas, fui hasta la puerta; comprobé que no venía de allí. Tampoco parecía venir de la chimenea ni de ningún otro rincón del cuarto.
—Imagino que no conoces muchas historias de princesas. —Oigo reír la voz masculina.
Vuelvo la cara hacia la ventana, que veo entreabierta. Haakon atraviesa las cortinas y mantiene sus ojos fijos en los míos; los entorna suavemente mientras se acerca, lo que le da un aire felino.
—Si una princesa está en una torre, el príncipe sube. —Señala la ventana a su espalda.
—Pero yo no soy una princesa...
—Tienes razón. —Asiente, y se quita los guantes blancos, sucios en las palmas—. Solo eres la futura reina.
—¿Has escalado? —Corro hasta la ventana para comprobar que estamos a muchos metros del suelo.
—Mola, ¿eh? —Esboza una media sonrisa, con aire travieso.
Y pone las dos manos en mi cintura, empujándome por la habitación, en dirección a la cama.
A diferencia de como lo he visto todo el día, no lleva traje ni ropa de baño. Viste un atuendo parecido al del día del baile: luce varias medallas en el pecho, los botones del frac parecen de oro y sus botas negras son bien altas; hasta lleva una espada en la cintura.
—¿Hacía falta todo esto? —Me río bajito, con cuidado de no tropezar, porque camino de espaldas.
—¿Para mi futura reina? Quizá. —Arquea la ceja.
Contengo la respiración cuando siento que sus manos me empujan hacia abajo. Me siento en el diván negro de cuero frente a la cama y palpo el espacio, solo para asegurarme de que no voy a caerme.
Haakon debe de haber notado que estoy tensa, pero eso no cambia su rostro sereno. Me encojo al sentir el tacto suave de sus dedos bajar por mi cuello, apretar delicadamente la zona de los hombros y la clavícula.
—Si hubiera sabido que vendría así, Alteza, me habría vestido mejor... —Me hago la desentendida.
Sí que sabía que vendría. Y me puse la única lencería que traje, la mejor de mi armario. Regalada por Gustavo. Una sensación extraña se apodera de mí.
—Da igual, porque quiero verte desnuda —dice Haakon sin rodeos.
Sin apartar los ojos de los míos, se quita la espada de la cintura y la deja junto al mueble.
Con una sonrisa maliciosa de quien puede ser el rey de un país entero o un estríper en sus ratos libres, toma mis manos y las sube por su frac, haciéndome desabrochar y abrir la indumentaria; el olor delicioso de su pecho desnudo me golpea de lleno.
Mis dedos tiemblan; empiezo a perder el ritmo a medida que bajo hacia los botones inferiores. Cuando Haakon se libra de la prenda de una vez, apoya la rodilla sobre el diván, y mi muslo queda entre sus piernas.
Un escalofrío me recorre al sentir su barba en mi cara, sus labios en el lóbulo de mi oreja:
—¿Te ha gustado Drü?
—Sí. Es bien cálido y acogedor... Y tiene sol. —Me tiemblan los labios.
Mi cuerpo se tensa. Haakon deshace el lazo de mi lencería y desliza la prenda suavemente por mi cuerpo, dejándome desnuda.
—Nuestro hijo será el príncipe de este país. Y un día... rey.
Cuando dice «nuestro hijo», el frío de la ansiedad y el pánico empiezan a alejarse.
De repente todo se calienta en mi bajo vientre, mis manos empiezan a humedecerse; me las froto lentamente contra el muslo.
¿O me estaré sintiendo así porque me está besando el cuello?
¿Contorneando mi cuerpo con la firmeza de sus manos?
Haakon me sujeta la barbilla y me levanta del diván. Tengo que ponerme de puntillas para besarlo, y es una sensación arrebatadora. El frío de Koioskovo quedó atrás, mis miedos se dispersaron y mi cuerpo empieza a reaccionar.
Extiendo las manos y las paso por su cuello, y casi suelto un gritito cuando se agacha, me agarra por los muslos y me alza del suelo, mientras me besa y hace que el olor de su cuerpo musculoso se mezcle con el mío.
Su cuerpo es tan cálido e intenso que tengo que recordarme respirar. Sus labios succionan los míos entre sonrisas, y su lengua toma mi boca, dejándome sin fuerzas y con la sensación de estar flotando.
—¿Quieres ser mi reina?
—Quiero —respondo, sin titubear.
Mis piernas se aferran a su cintura. Siento sus manos subir por mi espalda, de una forma pausada e intensa que me aprieta contra su cuerpo, me hace sentir los latidos fuertes de su corazón y su respiración intensa en mi cara.
Haakon me tumba en el diván y se coloca encima de mí.
Lo primero que siento es su pene marcado en el pantalón, presionando con fuerza contra mis braguitas. Su abdomen definido me empuja hacia abajo y nuestros pechos se rozan.
Haakon me sujeta el cuello y vuelve a robarme el labio; lo succiona hacia su boca y me deja paralizada cuando se incorpora un poco y me examina debajo de él.
¿Qué estará pensando? ¿Por qué me mira así?
No lo sé.
Solo sé que sonríe de medio lado y vuelve a tumbarse sobre mí, con las dos manos en lo alto de mi cabeza, tirando de mi pelo, la boca bajando hacia mi cuello, depositando besos prolongados en mi piel y frotando su nariz por toda la zona.
Baja un poco más y captura uno de mis pezones con la boca. Lo besa, mientras me mira.
Estoy tan excitada y tan avergonzada que no consigo sostenerle la mirada. Cuando no parpadeo, cierro los ojos y me guardo los gemidos.
—¿Ravena?
—¿Sí?
—Mírame.
No sé dónde guardaba mi cuerpo este escalofrío, pero cuando sube por la espina dorsal, me quedo sin aire.
Froto la espalda contra el cuero, y eso me hace sentir su pene aún con más fuerza contra mis braguitas —ahora el príncipe está solo en calzoncillos, con el pantalón todo arrugado sobre la bota.
—Quiero que me mires. Quiero que disfrutes tanto como yo —dice.
Y sin ningún pudor vuelve a chuparme los pechos; su lengua pasa despacio y, aun así, con intensidad, por encima de mis pezones.
Sus manos contornean mi cintura, casi abrazándome, casi asfixiándome, porque no consigo respirar.
No puedo mirarlo. Siento vergüenza. No quiero mirar mi propio cuerpo.
—¿Va todo bien?
—Sí, por favor, no pares... —digo.
Haakon duda un único segundo; después continúa lo que hace con maestría. Me hace sentir como si me estuviera disolviendo en su boca, derritiéndome hacia su cuerpo, una sensación única que yo ya ni recordaba.
Su lengua recorre mi barriga hasta llegar a mis braguitas. Abro solo un ojo para espiar y ver que me está arrancando la prenda íntima con la boca; sostiene el peso de mi cuerpo en el aire para desnudarme por completo y coloca una almohada bajo mis nalgas, dejándome más alzada para él.
—¿Has decidido disfrutar del espectáculo? —Se ríe.
¿Cómo puede ser tan desenvuelto? ¿Por qué no siente vergüenza, como yo? ¿No se habrá fijado en que tengo algunas estrías? ¿O en que no estoy tan delgada como aquella princesa Jemima?
—Sé lo que estás pensando. —Me saca de mis pensamientos.
—¿Lo sabes?
—Lo sé. Y sí, la respuesta es sí.
—¿Qué? —Suelto un soplo caliente con los labios.
—Eres perfecta para mí. Y sé que nuestros cuerpos van a encajar muy bien —dice, y sube por mi cuerpo.
Aprieto los ojos al sentir su miembro presionar sobre mi ingle, casi llegando al ombligo. Pero no tengo tiempo de pensar en eso, porque Haakon me levanta, pasa sus brazos por debajo de mí y me sienta en su regazo.
Se sienta en el diván y me encaja sobre él; no me deja espacio para entender lo que está pasando.
Pierdo la concentración al sentir su boca carnosa en mi cuello; sus manos calientan mi cuerpo a medida que se deslizan, pero a cada instante se enciende una alerta en mí, solo de sentir la fricción fuerte de su miembro contra mi ingle.
—Me estás volviendo loco, apenas puedo contenerme. —Me mordisquea los labios con suavidad y respira fuerte contra mi cara.
Esta sensación en mi pecho y en mi cuerpo es inédita.
Un calor casi insoportable, la sensación de que yo también me estoy volviendo loca; lo necesito, lo quiero dentro de mí, aun con todo el miedo que siento.
Mis pensamientos se enredan cuando los dedos de Haakon rozan mi sexo. Primero es una sensación sorprendente, un tacto suave y acogedor, que me deja más ligera y lista. Sé que estoy lista. Necesito estar lista.
—Te deseo —susurro, y lo abrazo por el cuello.