Capítulo 15
Príncipe Haakon III
—Mira, los fiordos. —Señalo la ventanilla.
En la butaca, a mi lado, Ravena tiene la cabeza apoyada en el respaldo, durmiendo con la boca abierta. Debe de haberse quedado dormida enseguida, porque hace nada estábamos conversando.
Echo un vistazo rápido por la ventanilla: el avión sobrevuela un corredor montañoso, cuyo centro es un extenso y límpido azul que, más adelante, da forma a las playas de Drü.
—Debe de estar cansada de verdad —constato, al oírla roncar.
Apoyo su cabeza en mi hombro y sigo firmando algunos documentos, para no quedarme atado al trabajo durante el viaje.
Ravena se ha perdido el momento en que el cielo descorre la oscuridad y unos rayos anaranjados e incandescentes conquistan el horizonte como si fuera a amanecer. Minutos después, el sol está sobre nosotros, iluminándolo todo.
—Está bien, no se preocupe —le agradezco la ayuda al comandante cuando el avión aterriza en la pista aérea de los nobles y estamos listos para desembarcar.
—¿No prefiere esperar a que despierte, Alteza?
—Yo la llevo hasta el coche —digo.
Cojo a la dormilona en brazos y bajo con cuidado las escaleras móviles. Una decena de periodistas y fotógrafos, que no sé cómo se han enterado de que yo estaría aquí, saludan y hacen fotos.
—Alteza, ¿usted...?
—¡Shhhh! —Intento ponerme el índice delante de la nariz sin perder el equilibrio, con Ravena en brazos, y sigo hasta el coche.
Todos me observan, en silencio, entrar en el blindado. La acomodo en el asiento de atrás y después me siento, apoyando su cabeza en mi muslo.
Ella abre los ojos una o dos veces, comenta algo incomprensible, pero después vuelve a dormirse.
Paso el dedo por encima de sus labios resecos y le acaricio la frente con una mano; con la otra saludo, en señal de agradecimiento, a los periodistas y a todos los que pasan junto a nosotros durante el trayecto.
*
—¿Tienes idea de las fotos que están circulando? En los programas de televisión, en internet, por todas partes. Mañana todos los periódicos estarán empapelados con esas imágenes —dice la Reina Madre, exasperada, al teléfono.
Ya en el despacho del Palacio de Verano, después de dejar a Ravena en sus aposentos, la atiendo de inmediato. Tras quince llamadas perdidas.
—Sí, las vi cuando las hicieron.
—Haakon, no pongas a prueba la paciencia del consejo. —Suelta un suspiro prolongado.
—No estoy poniendo a prueba a nadie.
—¿Sabes por qué funciona nuestra monarquía? —resopla, al fin—. ¿Sabes por qué esta institución milenaria sigue en pie, después de tantos golpes, contragolpes y conspiraciones?
—Estoy seguro de que usted me lo dirá. —Miro la playa por el gran ventanal.
—¡Porque somos un modelo sólido, previsible y que sigue las tradiciones! —Llena el pecho de aire para enumerar las cosas, como si estuviera contando con los dedos.
—Ajá.
—En tiempos tan difíciles, en la era moderna, ¡necesitarás una reina capacitada para contrarrestar tus rebeldías!
—Ya.
—Y el consejo tiene buenas sugerencias. Si no es una de las princesas... tenemos una lista de nobles que...
—De acuerdo. Abuela, tengo que colgar.
—Pero el consejo votó y...
—Estupendo. —Cuelgo el teléfono.