Capítulo 14 #2
No me importa. En cuanto lo ponen en la mesa, cojo uno y me lo voy pasando de una mano a otra, de lo caliente que está.
—Te lo advertí.
Y, aun así, le doy un mordisco; la lengua me arde en el acto y empiezo a soplar como una loca. Dos auxiliares vienen a socorrerme y me abanican.
—Está caliente —digo, y parto el bollito por la mitad. El queso forma un hilo espeso y largo que no se rompe.
—¿Qué te dije? Cabezota.
Soplo bastante y como. No podía ser de otra manera: ¡es un pan de queso hecho por un príncipe!
—Madre mía... no escatimaste en queso...
Haakon estira el cuello y aguarda, ansioso, mi veredicto.
—¿Es la primera vez que lo haces?
—La primera —confirma.
Sí. Leon debe de ser realmente un buen profesor. Es digno de un pan de queso casero; no es excepcional como los que yo sé hacer, pero después de una semana sin sol, sin aire cálido y sin mi comida de Minas, solo puedo pensar que este es el mejor pan de queso del mundo.
—¿Adónde vas? —Se levanta, al verme salir de la mesa.
—¡Todo el mundo tiene que probar esto!
Salgo repartiéndolos entre las auxiliares, que se quedan pasándose la bolita de una mano a otra, imitando mi gesto, como si fuera algún tipo de ceremonia antes de comer.
También les ofrezco al comandante y a los copilotos.
—Lo hizo Su Alteza —digo en un susurro, y salgo de la cabina.
El príncipe me acompaña, atónito; solo se sienta cuando me tranquilizo. Vuelvo a comerme otro y cierro los ojos, soltando un mmmmmm prolongado.
—¿Está tan malo que has tenido que tirarlo por ahí, disimuladamente?
—Al contrario. Está tan bueno que todo el mundo aquí debería probarlo. Estoy segura de que nunca han comido pan de queso.
Los auxiliares niegan con la cabeza, mostrando que ni siquiera conocían la delicia.
—No es como el de mi tierra. Pero es una versión digna de haber sido hecha por un príncipe. —Vuelvo a comer.
Haakon, al otro lado de la mesa, me examina con atención. Cierra la boca en forma de corazón y coge un bollito para probarlo, algo desconfiado de que me esté burlando de él.
—Está bueno. De verdad.
—Ajá. —Sigue desconfiado.
Termino el desayuno con la sensación de que voy a explotar. El avión no despega hasta que pasan unos minutos; me tomo la biodramina, y el príncipe me lleva de vuelta a la sala principal. Me siento en una butaca en la que cabrían fácilmente tres como yo. Mejor dicho, dos, porque estoy hasta arriba.
—Esto es lo que vamos a hacer hoy en Drü —dice el príncipe, como quien repasa el programa de un congreso universitario—. En cuanto lleguemos, te enseñaré por la ventanilla del avión los fiordos montañosos y verdes, el agua límpida y cristalina...
—Ajá —me divierto.
—¿Te gustan los jardines?
—Creo que solo con que no haya nieve ya me emociono —me entusiasmo.
—Podemos ir a los jardines, almorzar. Por desgracia hoy no podremos ver amanecer, pero podemos ver la puesta de sol en la playa. ¿Has visto algo así alguna vez?
—No...
Su forma de hablar es medio hipnotizante.
No es como un profesor leyendo su artículo sobre por qué Freud está desfasado.
Está lejos de eso. Es como sentarse a la mesa de la casa de la abuela, en el campo, viendo los pastos y los animales por la ventana.
Y escuchar sus historias y experiencias de vida, tan llenas de color y de sensaciones únicas.
—... playa. También hay una discoteca estupenda; no es como en Brasil, pero si quieres bailar de verdad...
—¿Haakon?
—Sí, Ravena.
Suspiro alto, mirando sus labios.
—¿Tú no deberías estar hoy en el baile?
—Debería.
—¿Qué sentido tiene un baile real sin príncipe? —pregunto.
—¿Qué sentido tiene un baile real para encontrar a la mujer perfecta, si la tengo delante de mí?
Jaque. Y mate.
Y lo dice con una suavidad, con una tranquilidad, como si un huracán estuviera arrancando el tejado de una casa y él estuviera sentado a la mesa, tomándose su té, impasible ante la situación.
—Estás disponible para ser conquistada, ¿verdad?
—Sí... —murmuro. Creo que, después del desayuno, ya no necesita esforzarse mucho más.
—Yo estoy disponible para conquistarte. —Pone su mano sobre la mía.
Su mano es tan cálida y suave, además de acogedora, que sonrío sin darme cuenta.
—No necesito un baile para encontrar a alguien, si la tengo delante de mí —dice, dando el asunto por zanjado.
—Leon dijo algo de que el Consejo Real tendría que aprobar la boda, si no elegías a una princesa o a la hija de un noble...
—Ajá.
—¿Y el Consejo ya ha dicho algo? Al fin y al cabo, casi mil millones de personas en todo el mundo siguieron el baile.
—Sí que ha dicho.
Su suspense casi me mata.
—6 votos contra 2. No lo aceptaron.
Un amargor me baja por la garganta, o a lo mejor son restos del medicamento. Sobre su mano, que sujeta mi izquierda, pongo la derecha.
—Ellos saben que no soy buena para ti, ni para tu país.
—Deja que eso lo decida yo. —Su voz firme me sacude—. Solo necesito convencer a dos, para que haya empate. Y entonces, yo desempato, con mi voto.
—¿Y si no lo consigues?
—¿Te importa tener un hijo que no sea príncipe?
No sé por qué, pero siento un calor en el bajo vientre. Y va subiendo, apoderándose de mí, pasando por mis pechos, mi cuello, y me quema hasta las orejas.
—Ah... ya sabes... mi sueño era ser madre de un príncipe —ironizo, y contengo la risa.
—Pues eso es lo que voy a darte. Un príncipe —dice, decidido.