Capítulo 14
Ravena Lessa
Después de aquel momento con el príncipe, encontré a Leon y nos fuimos a casa.
—Esto no está pasando, ¿verdad? No es posible. —Me mantuve en negación.
—Aparentemente sí —dice él en tono divertido—. Casi mil millones de personas vieron el baile real.
—¡¿Qué?! —La desesperación llamó a mi puerta y yo abrí, señoras y señores; ahora sí que estoy por los suelos.
—No te desesperes. La mayoría de los comentarios hablan bien de t...
—¿Y los que hablan mal?
De repente, el foco de todo el asunto cambia de «debería aceptar la invitación del príncipe» a «¿qué están diciendo de mí?».
—Un ala más conservadora, monárquica. Criticaron que aceptaras bailar con el príncipe en el baile y te encontraron... demasiado morena.
¿Por qué no me sorprende? Con la ceja arqueada y la boca entreabierta, intento argumentar. Pero las palabras se pierden, de tan disparatada que es la situación.
—Pero enhorabuena: los republicanos se han quedado callados, y es difícil mantenerlos así —se divierte Leon—. Mañana madrugamos, ¿vale? Para llevarte al aeropuerto.
—Tú vienes conmigo, ¿verdad?
—No puedo, por desgracia. El baile continúa, y mis obligaciones también.
—¿El baile continúa sin el príncipe? —Muestro todo mi asombro.
—No se lo cuentes a nadie hasta que estéis juntos en Drü —me guiña un ojo—; ahora, a dormir.
No dormí.
No conseguí cerrar los ojos; me quedé inquieta en la cama, viendo cómo la oscuridad de la ciudad, ahí fuera, se embellecía con los colores vibrantes del cielo.
Hace una semana, más o menos, yo vivía el periodo más crítico de mi vida. Como un pájaro encerrado en una jaula y con las alas cortadas, solo podía contemplar, impotente, el gigantesco mundo más allá de los barrotes.
Creo que una parte de mí no quería dormir para no tener pesadillas. Gustavo sondeaba los recovecos de mi mente, se deslizaba sigiloso por los recuerdos infelices de los últimos meses y seguía haciéndome daño, aun sin estar presente.
«No mereces ser madre. Te daré un hijo cuando lo merezcas».
Y al otro lado del tono de su voz, la fotografía de una niñita sonriente, con los mismos ojos azules del hombre al que un día amé.
¿Por qué ella lo mereció y yo no?
—¡¿Ravena?! —Leon da unos golpecitos en la puerta de la habitación.
—Hola. Ya me iba a dormir.
—¿A dormir? —se divierte mi primo—. ¡Venga! ¡Nos vamos a Drü!
Para mi total espanto, al comprobar la hora, veo que me he pasado la noche entera en vela.
Hay un motivo serio —y ético— por el que un psicólogo necesita a otro psicólogo para evaluar sus situaciones.
Es fácil perderse al recordar los traumas y acontecimientos de la propia vida.
La divagación y la repetición de escenas, casi como un autoflagelo, necesitan ser guiadas por otra persona que intente conducir el hilo.
Mi hilo es un gran ovillo de lana, enredado y lleno de nudos dobles.
—Antes de que te asustes o me preguntes algo: me llamaron tus padres. —Leon me roba la atención cuando estamos bajando a la confitería.
Preparé rápidamente una maleta con ropa y me vestí de chándal, sin más, para aguantar el frío matinal de Koioskovo.
—¿Mis padres?
—Querían saber si de verdad estabas conmigo y si estabas bien.
—¡Ah! —Se me pone la piel de gallina.
Hago una mueca cuando, al pasar junto a mí, los empleados de la tienda hacen una leve reverencia. Es tan raro que me quedo distraída en mis propios pensamientos.
—Me preguntaron si no podía llevarte de vuelta, a Minas.
—¿Y qué les dijiste?
—Les dije que no podía, por desgracia; que estaba muy ocupado con el mayor pedido de mi vida. El mayor no: el mayor será el de la boda real, claro.
—Boda. —Parpadeo, boba.
—La tía soltó un resoplido; le tiene pavor a viajar en avión, y más aún a cruzar un océano.
—Ajá...
—Bueno, eso es todo. Si tus padres te llaman es porque les di tu número nuevo —concluye.
En medio de todo esto, subo a la furgoneta, me pongo la maleta en el regazo y recorro las calles observando a la gente que me saluda, como si yo fuera una celebridad.
No sé si sentirme una bloguera de éxito o una youtuber que acabó en la televisión haciendo telenovelas.
Sé que siempre quise ser famosa y relevante como psicóloga, no como... persona.
El resto del trayecto hasta la pista de vuelo de los nobles transcurre en cuarenta minutos de un largo silencio. Estoy demasiado anestesiada para conversar, y Leon está respondiendo a decenas de llamadas de la tienda, del palacio, de Svar.
—Hemos llegado.
El aeropuerto privado no es distinto del de una ciudad de provincias, salvo que hay un cuartel lleno de guardias y todo parece más refinado y caro, desde los largos cristales relucientes hasta las gruesas columnas que sostienen el edificio, que parecen ser todas de mármol negro y oro.
El coche que venía a una distancia considerable, detrás de nosotros, aparca a nuestro lado. Veo que dentro hay unos hombres de negro.
—Buenos días, Vuestra Gracia. Buenos días, señorita Ravena. —Nos recibe un hombre con el pecho lleno de medallas—. Soy Yannis, el comandante del vuelo de hoy. Su Alteza ya la está esperando dentro del avión. Si es tan amable de acompañarme...
Estaba a punto de sacar los documentos del bolsillo; me asusto y casi le suelto un manotazo a un chico más joven cuando me quita la maleta de la mano y echa a andar delante.
El avión es un Boeing blanco con líneas horizontales en azul cobalto. Es enorme y parece que fácilmente transportaría a 500 personas.
Al entrar me sorprendo, porque me topo con lo que parece la recepción de un hotel de lujo o una estancia del palacio.
Veo diez butacas y dos sofás del mismo tono de azul que la aeronave, el suelo impecablemente perlado con la bandera del Septentrión en el centro, y una escalera ancha que solo Dios sabe adónde lleva.
Haakon, que estaba de espaldas revisando el espacioso bar con tres neveras, se gira cuando llego.
—Ah, has venido —dice en un tono que intenta imitar sorpresa.
—¿Tenía opción de negarme? —Esbozo una sonrisa tímida y entro, con la mano apoyada en un auxiliar de vuelo.
—Quién sabe, ¿verdad? —El príncipe se encoge de hombros y viene hacia mí.
Me besa la mejilla, muy cerca de los labios.
Estamos en el extremo norte, un lugar de mucho frío, donde la gente fácilmente debe de pasar días sin ducharse, ya que no hay posibilidad de sudar.
Yo misma no me ducho desde ayer por la mañana.
Haakon, en cambio, parece recién salido de la ducha: está perfumado, la piel le brilla de lo bien cuidada que la lleva, y el pelo sigue despeinado.
—¿Ya has desayunado?
—No.
—Estupendo, porque he pedido que lo sirvieran en el comedor.
—¿El... comedor? —Me atraganto y miro alrededor.
Estoy de verdad en una extensión del palacio, ¿¡no!?
—A no ser que prefieras comer en el cine, claro.
—¿Cine? —Abro los ojos de par en par.
—¿Estás bien?
—Sí. —Le echo otro vistazo al lugar y veo mi reflejo en un espejo de bordes dorados. ¡Mis ojeras están gritando!—. No he podido dormir.
—Es un viaje de casi 3 horas; si quieres descansar...
—No, creo que voy a aceptar el desayuno.
El príncipe me enseña el comedor, que queda arriba, antes de la cabina del piloto. La mesa es grande, las butacas parecen esas reclinables de cine y siete auxiliares están en sus puestos para servirnos.
—Entonces, ¿me estás diciendo que...? —Cojo la servilleta y me la pongo en el regazo; después me lanzo a por un bizcocho amarillo y sencillo, mientras un chico simpático me sirve café—. ¿Renunciaste a viajar en este avión para coger un asiento en clase ejecutiva?
—Ajá. —Se sienta, coge la taza de café y empieza a beber.
—Qué persona más rara eres. —Miro alrededor.
¿En qué mundo alguien renunciaría a viajar dentro de una mansión de lujo para irse a la business de un vuelo comercial?
—También he traído tu biodramina —dice, y veo a una mujer acercarse con una bandeja; levanta la campana y veo el medicamento, solitario, en el centro.
—Gracias. —Lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.
¡Se acordó de que me da pavor viajar en avión!
—¿Por qué no has dormido?
—Ya estoy acostumbrada a no dormir... tengo pesadillas que me cansan mucho más que quedarme despierta... ¿eso es un bizcocho de maíz?
—Sí.
—¿Cómo es posible?
—Lo hizo mi cuñado —dice el príncipe, espiando la comida—. ¿Está bueno?
—Madre mía... sabe a Minas. —Me chupo hasta los dedos después de probarlo.
—También importamos queso y... goia... goiabada, ¿se dice así?
—Sí —me divierto.
—Ya está todo en Drü.
No sé por qué, ¡pero me dan ganas de darle un beso en la boca a este desgraciado!
El café y el bizcocho me transportan de vuelta a mi tierra. Leon tiene tanto talento que consigue imitar el mismo sabor casero y fresco del café y el bizcocho de mi madre y de nuestra abuela. Hasta Haakon se rinde y acepta un trozo; me levanto y le tiendo el tenedor para ponérselo en la boca.
Él mastica despacio, sin apartar los ojos de mí.
—Es algo granuloso y... esponjoso —dice sorprendido.
—Madre mía, imagínate ahora un pan de queso. Recién hecho, saladito para dar contraste...
Haakon mira alrededor, y la auxiliar detrás de mí dice:
—Perdóneme, Alteza, todavía están en el horno.
—¿Hay pan de queso? —ya me exalto.
—Ese lo preparé yo —dice él, y se me cae la mandíbula al suelo.
—¿Tú? No. ¿Tú sabes hacer pan de queso?
—No sé —dice.
Y yo lo apunto con el dedo índice, como quien pilla a alguien en una mentira.
—Pero el duque es un buen profesor y vigiló cada paso. Garantizó que estaba bueno.
—¿Tú... cocinaste?
Cada cosa es más absurda que la anterior. Que viaje en un vuelo comercial en lugar de esta novena maravilla del mundo y... ¡¿que cocine?! ¿Por qué iba a cocinar un príncipe, si tiene a un centenar de personas para hacerlo por él?
—Tengo algunos talentos escondidos. —Levanta la nariz.
—¿Escondidos?
—Puedo mostrártelos todos.
Y con la sonrisa pícara que me dedica, yo levanto la taza de café y bebo muy despacio. Cuando el olor a pan de queso inunda el ambiente, inmediatamente me pongo nerviosa en la silla.
—¡Dios mío, qué ganas!
—Cuidado, está caliente.