Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Príncipe Haakon III

Cuando Ravena sale del comedor, yo sigo su rastro.

Camina sin rumbo, indecisa. Atraviesa dos pasillos y se detiene. Se queda mirando los cuadros, prácticamente de su tamaño, de todas las reinas que el Septentrión ha visto alguna vez.

—Son hermosas, ¿verdad? —anuncio mi presencia, porque no se ha dado cuenta.

Ravena se cruza de brazos y vuelve la cara de golpe hacia el lado opuesto; está frente al cuadro de mi abuela, de cuando aún era joven.

—Sabes que no puedo hacerlo. —Agacha la cara y se mira los pies.

—Yo no solo sé que puedes hacerlo: tú también sabes que puedes.

—Creído. —Hace un mohín con los labios gruesos.

—¿Ravena?

—¡¿Sí?!

—Sé la madre de mi bebé, el futuro rey del norte.

—¿No te das cuenta de lo absurdo que es esto? —Me mira, incrédula—. Apenas nos conocemos. Y todas las veces que nos hemos encontrado, hemos causado problemas.

—¿Necesitas algún argumento más de por qué somos perfectos juntos?

Verla protestar en silencio me divierte. De la nada, arquea las cejas y refunfuña:

—¡Es exactamente como en los cuentos de hadas! Vine al baile, bailamos juntos y me pediste matrimonio... quiero decir, tener un bebé.

—Ajá.

—¡Pero está mal! ¡No es así! Necesito conocerte, que me gustes, enamorarme de ti, ¡y solo entonces encontraremos el «felices para siempre»!

—¿Quieres enamorarte de mí? —propongo.

Sus mejillas se ponen rojas e intenta ocultármelo agachando la cara.

—Tengo 89 días para hacer que te enamores.

El tiempo empezó a contar desde ayer. Si al final del plazo no tengo un bebé en el horno, no seré coronado rey —ni siquiera uno figurativo—. Y Stephan se hará con el control de todo, para siempre.

Claro que mi última opción sería elegir a otra princesa y dejarla embarazada, solo para asegurar el trono. Pero ¿por qué haría eso, si ya he encontrado a la mujer adecuada?

—Tienes tantas opciones, Haakon.

—Ravena, yo ya te he elegido. —La agarro de los hombros—. Ahora necesito que tú me elijas a mí.

Aprovecho el momento para caminar a su alrededor, pero ella me evita con los ojos.

—¿No ves que es perfecto? Yo dejo de huir. Tú dejas de huir. Nuestro hijo será rey algún día y tú podrás vivir aquí para siempre.

—¿De qué estás huyendo realmente, Haakon?

Confieso que no esperaba esa pregunta.

—De la responsabilidad, ya lo sé. Pero en serio. ¿De qué estás huyendo?

—Creo que no entenderías la respuesta.

—Ah, estoy deseando oírla... —provoca, con mirada feroz.

—Ya lo he dicho: huyo de la responsabilidad. Me gusta vivir libre, como un pájaro.

—Ah. —Ravena se muestra sorprendida—. ¿Crees que ser padre no traerá responsabilidad? ¿Crees que yo quiero ser madre soltera?

—No lo has entendido. Necesito un hijo para poder ser rey. Y entonces renunciar al trono y poder ser libre... de la corona. No de mi hijo. Yo seguiré estando ahí para enseñarle todo lo que sé, cuidarlo, ayudarlo a crecer.

—Si no quieres ser rey, ¿por qué quieres tener un hijo para que asuma el trono?

—Porque no puedo permitir que ese usurpador de mierda arruine a mi familia y destruya el Septentrión.

—¿De quién hablas?

—De Stephan.

—No me parece ese tipo de persona. —Chasquea la lengua.

—Engaña bien, ¿verdad? No puedes imaginarte las cosas horribles que es capaz de hacer cuando nadie está mirando.

Ravena alza los hombros en un largo suspiro.

—Haakon, yo quiero ser madre. Quiero decir, quería...

desde niña... alimenté ese deseo infantil, esa ilusión tonta, y desde los 15 años hasta hace unos meses creí que había encontrado al hombre adecuado para formar una familia.

Son casi 10 años creyendo en un final feliz con un hombre que no era lo que yo pensaba.

—¿Y...?

—Nosotros dos apenas nos conocemos. Yo sí siento algo por ti. Solo una mujer ciega no lo sentiría: eres perfecto. Pero ¿cómo puedes pedirme que lleve un hijo tuyo?

—¿Ravena?

—¿Sí, Alteza?

—Cuando te vi por primera vez, en el aeropuerto, podría no haber hecho nada y quedarme sentado. Podría fácilmente haber dejado que la vida siguiera; nada en mi vida cambiaría si aquel hombre te llevaba de vuelta a tu ciudad. Yo iba a regresar a mi país e iba a elegir a otra mujer.

Ella gime bajito, solo de imaginarlo, y parece asustarse.

—Pero algo dentro de mí tomó el control, y eso que estaba medicado —necesito sonreír—. Soy impulsivo, hiperactivo, tomo decisiones en el calor del momento, pero en aquel instante tenía el control total de mis emociones... hasta que te vi. Y sentí que necesitaba ir y sujetar tu mano.

Respiro hondo. No aguanto más. Necesito tocarla.

Acerco mi cuerpo y me pego a su espalda. Mis manos, que reposan en sus hombros, van bajando, contorneando su cintura.

—Cada célula dentro de mí hirvió, porque sentí la necesidad de verte libre, igual que tu cuerpo siente la necesidad de dormir, de beber o de comer. Es algo que no se entiende: se siente y se sacia.

—¿Qué quiere decir eso? —suspira.

Ella va encogiéndose lentamente. No puedo parar. No puedo dejar de tocarla, aunque sea por encima del vestido; ya he resistido demasiado.

Mi cuerpo desea entrar en su campo magnético; mis ojos no consiguen apartarse de su mirada atemorizada, que sin embargo esconde a una mujer soñadora y fuerte.

La coloco entre mi cuerpo y la pared.

—Necesito que seas mi mujer y la madre de un príncipe.