Capítulo 12 #2
Todos los presentes se levantan de inmediato y le sonríen al hombre; yo estoy tan pegada a la mesa que no consigo ponerme en pie. La reina Melissa e Irinna me espían desde su lado; ellas también se han quedado sentadas, aunque creo que es porque no necesitan levantarse.
En mi caso, es que estoy atrapada, sin más.
—No tiene ninguna etiqueta —comenta una princesa.
—Ni siquiera sabe comportarse —responde otra.
—Siéntense, por favor —agradece Haakon, y va hacia su madre—. No voy a poder quedarme, estoy intentando convencer a lord Markus...
—Creo que deberías quedarte —dice Irinna; recibe un beso en la mejilla de su nieto y se aparta un poco.
Eso me despeja el campo visual para ver al príncipe con un traje azul marino que realza bien sus hombros anchos y sus brazos fuertes. Él, que estaba a punto de decir algo y marcharse, me mira y se calla; veo dilatarse sus pupilas.
El príncipe acaricia el hombro de su abuela, da una vuelta gigantesca alrededor de la mesa y se sienta frente a mí, al otro lado.
—Un té negro frío, por favor —le dice al sirviente—. Y convenza a la mujer más guapa de la mesa de que sea mi futura reina. ¿Puede conseguirlo?
—El té sí puedo, Alteza —dice el hombre, azorado, y sale a toda prisa.
—Me pareció insólito que ayer salieras corriendo sin dejar nada. Un zapatito de cristal, por lo menos... —dice Haakon, mirándome al fondo de los ojos.
—No soy una princesa para ir dejando cosas atrás... —respondo.
Él arquea la ceja, con aire muy divertido.
Se abre el traje y saca del bolsillo interior unas braguitas beis. Inmediatamente abro los ojos de par en par y hasta aparto la silla para levantarme y recuperar mi prenda íntima.
—¡Devuélveme eso! —Siento arder mis mejillas.
—¿Quieres que pase por encima de la mesa? ¿Delante de la reina? —provoca.
Guarda la prenda en el bolsillo interior y le da unas palmaditas por encima.
Una breve mirada de reojo y veo a Irinna pendiente de mí. Cuando percibe mi mirada, intenta disimular: deja la copa sobre la mesa y empieza a cortar la comida de su plato, distraída.
—También quiero mi maleta de vuelta, Alteza.
—No vas a sacarla del palacio.
—Estoy sin mis braguitas y sin mis sujetadores. —Muevo la boca, sin emitir ningún sonido.
—Qué delicia —dice él de la misma manera.
—¡Necesito mi maleta!
—Lamentablemente, alguien se equivocó y la envió a nuestro Palacio de Verano, en Drü. —Su lengua rosada recorre los labios—. ¿Estás dispuesta a ir a buscarla?
—¿Aquí no hay servicio de correos? —gruño.
—Le pusieron un aviso a la maleta, para que nadie la toque salvo su dueña... Pero hablando de Drü, es un lugar precioso. Tiene sol, playa, nuestros mejores jardines.
—¿Sol? —Es lo primero que me viene a la cabeza.
Si hay algo que necesito en este momento es vitamina D. Estoy cansada de tragar pastillas y de estar pálida.
—Y playa. ¿Te gusta?
—Me... gusta... aunque nunca he ido.
—¿Eres de Brasil y nunca has ido a una playa? —Irinna escupe el champán, escandalizada.
—Es que... yo era de Minas... allí no hay playa...
—¡Haakon! —La mujer golpea la mesa con la mano.
—Está decidido. Nos vamos a la playa.
Apenas tengo tiempo de discutirlo. La jefa de cocina regresa con tres carritos llenos de proteína, arroz, baguettes, ostras, guisos. Hay tanta comida que fácilmente me duraría un mes.
—Espero que sea de su agrado. —Asiente con la cabeza y se aleja.
¿Qué está pasando?
¿Por qué esta gente se comporta así?
Las princesas a mi alrededor parecen muy simpáticas y conversan sobre la revalorización del euro y las inversiones financieras para el próximo trimestre.
Otras hablan de Virginia Woolf, otra de cuánto le gustan las novelas de Julia Quinn, y una recita los versos de una poetisa llamada Florbela Espanca.
—Amélia, de Dinamarca. —Miro a la mujer sentada a mi izquierda, una princesa rubia que bailó ayer con el príncipe—. ¿Y tú eres la princesa...?
—No. No soy princesa. —Trago saliva.
—Lo sé, Ravena. —Se ríe.
—¿Sabes mi nombre?
—¿Quién no sabe tu nombre, a estas alturas? —Apoya su hombro en el mío y vuelve a comer.
—¿Cómo que quién no? —me pregunto.
Busco a Jemima en la mesa y está bien al otro lado, a buenos metros de distancia. La reina se ha sentado exactamente en la silla del medio, su madre a su lado y yo al lado de ella. Jemima, en cambio, está en un rincón, casi en la punta de la mesa.
—¿No has leído el periódico de hoy? ¿Ni has visto los informativos? —pregunta la princesa de Dinamarca.
—Es que ando muy distraída...
Saca el móvil del bolsillo y me enseña los vídeos que son tendencia en YouTube. Hay una canción nueva de Lady Gaga, el lanzamiento de un móvil nuevo y un reportaje sobre mí.
¿Sobre mí?
«Elegida por el Príncipe», dice.
Cuando le da al play, el corazón se me detiene. La grabación muestra el momento exacto en que Haakon me sacó a bailar ayer. E intercalados con la escena en la que intento seguir sus pasos, los periodistas van comentando —no consigo oír sus voces, pero leo los subtítulos en inglés.
Sobre la grabación de ayer aparecen otros vídeos. De chicas que vieron la escena y se pusieron a gritar, desesperadas. O a llorar, a aplaudir. Y no eran solo chicas.
Madres con sus delantales se detuvieron frente al televisor, boquiabiertas. Y abuelas que estaban casi dormitando en sus mecedoras, de repente, inclinaron el cuerpo ante la escena en que una mujer corriente —y vestida de sirvienta— baila con el Príncipe del Norte.
«Cualquiera puede ser una princesa», dice emocionada una niñita con gafas de culo de vaso en un vídeo —lo leo en los subtítulos.
Las imágenes continúan dentro del metro, en Koioskovo. Los periodistas entrevistan a algunas personas; la princesa Amélia sube el volumen y de repente se hace un silencio en la mesa: todas se quedan atentas para escuchar, aunque parece que ya conocen ese reportaje.
—¿Qué opina del príncipe Haakon? —le pregunta la periodista a una mujer de camisa negra y vaqueros.
—Nunca me importó mucho la monarquía, excepto por Haakon: él parece una persona de verdad —se encoge de hombros—, y creo que, de todas las princesas, debería elegir a Ravena.
El príncipe perdió al amor de su vida y desde entonces siempre estuvo rodeado de muchas mujeres.
Pero ahora ha encontrado a la persona adecuada.
Fue un encuentro arrebatador... y en un aeropuerto. —Se ríe.
Al levantar los ojos, veo que las princesas me sonríen de una forma muy simpática.
La reina, a mi lado, que también estaba sonriendo, contiene sus expresiones y vuelve a conversar con un príncipe árabe.
—Ravena, todas nosotras ya nos hemos rendido —dice Amélia—. Él ha encontrado a la mujer de su vida; contra eso no se puede luchar...
—Bueno... no todas —dice una princesa de 70 años; espía el otro lado de la mesa y me guiña un ojo.
Jemima no parece nada contenta. Insatisfecha, lejos del príncipe y de los focos, parece otra persona, ya que no necesita fingir su semblante calmado ni puede usar sus palabras serenas.
Creo que el día ha valido la pena solo por eso.
—Si me disculpan, necesito respirar un poco. —Me levanto.
Irinna y el príncipe Haakon son los primeros en ponerse de pie; a continuación, todas las sillas se apartan de la mesa y veo a todos los presentes levantados, incluida la reina Melissa.
Hasta Gaius se pone de pie al otro lado de la mesa, con la cabeza subiendo y bajando; debe de ser porque está intentando ponerse de puntillas.
Jemima evita mirarme, pero se pone de pie.
—Con permiso —digo de nuevo, y me dirijo a la salida.