Capítulo 12
Ravena Lessa
Era un día oscuro y frío a las ocho y media de la mañana, como cualquier otro amanecer en el Septentrión.
La Confitería Lessa tenía una cola colosal fuera, lo cual tampoco se salía de la rutina.
Y yo me encerré en la habitación, con el corazón queriendo salírseme por la boca, la garganta seca de pura desesperación.
—¡Me ha citado la reina! —suelto un lamento.
La desesperación me consume; empiezo a sacar toda la poca ropa que traje conmigo y la pongo sobre la cama, en busca de algo presentable que ponerme.
Esta vez creo que no puedo usar la ropa negra de sirvienta, el delantal y el pañuelo.
¿Debería llevar un vestido de color o negro? ¿Zapatillas o tacones? ¿Me estoy preparando para la ejecución o para la deportación?
Cuando voy a la cocina a beber agua y respirar hondo, miro la caja blanca. La tarjeta dice «Póntelo», y me quedo contemplándola unos minutos.
Deshago el lazo con cuidado, lista para rehacerlo si hace falta, y abro la caja. Saco de allí un vestido blanco precioso y delicado, con la cintura marcada como si lo hubieran hecho para mí, y un collar de perlas.
El reloj de la cocina me observa. Las manecillas se apresuran, y la palabra «citada» vuelve a circular por mi mente.
Si es un vestido, debe de haber sido hecho para mí. Voy a la habitación y me lo pongo delante del cuerpo.
—¿Debería?
Reaparezco en la tienda con el vestido impecablemente blanco que estaba en la caja y un collar con un colgante de cruz que me regaló mi abuela; llevo una chaqueta para cubrirme los hombros y los brazos, porque sé que fuera hace mucho frío.
Los pocos clientes que han podido entrar en la confitería abandonan la cola o sus asientos y vienen hacia mí.
—¿Te haces una foto conmigo?
—¿Ravena? ¿Podrías mandarle un beso a mi madre? —Otra pulsa el botón de grabar audio en WhatsApp.
—¿Me firmas la camiseta?
—Sin autógrafos, por favor —protesta Laios, desde donde está.
El hombre luce un semblante serio y un aire de superioridad que me incomoda. No parece contento de verme; en realidad, desde ayer quedó claro que no le gustó que el príncipe me sacara a bailar, y no lo culpo.
Los dos guardias que antes estaban a su alrededor vienen ahora a colocarse a mi lado. Solo dejan que se acerque una persona a la vez.
Hasta que consigo salir de la tienda, pasa por lo menos media hora. Y para caminar entre la multitud y subir al coche, casi una hora.
La gente extiende los brazos, no sé por qué lloran, gritan mi nombre como si yo fuera alguien importante.
E incluso cuando subo al vehículo y el ruido cesa, veo a la gente corriendo detrás, agitando la bandera del Septentrión, con los móviles en alto, cantando una canción preciosa que nunca había oído antes, pero que me pone la piel de gallina.
—¿Siempre son así? —le pregunto al conductor, mirando a los lados.
El hombre da un respingo en su asiento, parpadea y empieza a tartamudear.
—S-s-sí, quiero decir, no... es que no están acostumbrados...
—¿Acostumbrados a ver mujeres de Brasil? —Me cierro la chaqueta alrededor de los hombros. ¡Tendría que haberme puesto una sudadera!
—¿Tiene mucho frío? Puedo encender la calefacción. ¿Le apetece beber algo? ¿Va cómoda ahí atrás?
—Sí, gracias. ¿Cómo te llamas?
—George... —Se traga las palabras, como si fuera a decir algo más, pero se perdiera a mitad de camino.
—Yo soy Ravena.
—Lo sé.
—¿Crees que estoy muy metida en líos? La reina me ha llamado al palacio...
Puedo ver por el espejo retrovisor que estoy más pálida que en los días anteriores, y ni siquiera me molesté en arreglarme el pelo: lo dejé recogido en un moño.
¿Qué podía hacer? ¿Perder el tiempo domando la melena, cuando puedo perder la cabeza en unas horas? Por lo menos me puse el vestido más bonito que he visto en mi vida, para al menos morir guapa.
El coche se detiene ante la puerta del palacio. Laios, que iba en el coche de detrás del mío, me abre la puerta y me ayuda a bajar.
—El comedor del rey queda...
—Lo sé, Laios, ya he estado allí. —Le doy una palmadita en el hombro, agradeciéndole la ayuda; mi tono es casi melancólico.
Lleno el pecho de aire y subo las escaleras, algo asustada de que me sigan no solo algunos guardias, o Laios, sino también algunas empleadas del palacio.
—¡Ravena Lessa! —grita el heraldo cuando me acerco a la puerta del comedor; doy unos pasos hacia atrás y me tapo los oídos.
—Entre. —Laios señala con la nariz.
Respiro bien hondo. Cuento hasta tres y doy un paso adelante.
El comedor estaba adornado con flores azules y violetas. Por lo menos treinta empleados permanecían atentos, dando abasto con tanta demanda, ya que todas las princesas y príncipes —he dicho todos— estaban a la mesa.
Menos Haakon y la abuela.
Ahora entiendo el motivo de una mesa tan grande, con al menos cien sitios.
Mis ojos recaen enseguida sobre la mujer de pelo castaño y ojos verdes.
Lleva un vestido beis que enmarca su cuerpo, el pelo delicadamente peinado hacia atrás con pasadores de diamantes.
Junto a la reina está Irinna, su madre. Una mujer mayor, de pelo cobrizo, con un vestido rosa vibrante, pomposo, lleno de plumas.
Laios se queda a mi lado y me acompaña hasta que estoy ante Melissa, la madre de Haakon. Sé que debo saludarla cruzando las piernas y agachándome un poco.
—Qué educada. —La mujer mira a las princesas que tiene delante y después me mira a mí.
Sigo muda, porque no sé si ya debo pedir disculpas. Teniendo en cuenta mis conversaciones con Haakon, creo que solo debo abrir la boca si ella me hace una pregunta.
—Te hemos reservado un sitio. —Irinna sacude los hombros con sus plumas y señala la silla vacía a su lado—. Siéntate y disfruta del desayuno.
Al primer amago que hago de retirar la silla para sentarme, Laios la sujeta y la aparta él.
—Gracias —digo bajito.
Él empuja la silla y yo pierdo el aliento cuando quedo tan pegada a la mesa.
No sé qué hacer ni qué decir: estoy rodeada de princesas y al lado de la reina y de su madre. No lo he leído en ninguna parte y no tengo ni idea de cómo proceder ante una situación así.
—¿Hay algo de su preferencia para comer? —La jefa de la cocina real aparece a mi lado con una libretita.
¿Me está hablando a mí?
Un vistazo rápido a la mesa y me imagino que no necesitaré pedir nada. Hay servido todo tipo de pan imaginable, quesos de los más diversos colores y asados dispuestos sobre la mesa. Por todas partes, sirvientes cargan jarras de cristal con zumos, agua, té y refrescos.
—No, gracias...
—Podemos hacer carré de cordero, si quiere. U ostras. ¿O prefiere algo dulce? ¿Qué se desayuna en Brasil?
—Ah, estoy satisfecha con lo que hay aquí. —Espío un pernil caramelizado que me hace la boca agua.
—Pero, sobre su desayuno... ¿quiere huevos con la yema blanda? ¿Bebe champán? ¿Algún tipo de pasta, una trufa, o...?
—Estoy bien, gracias.
Me siento mal por haber frustrado a la mujer. Baja los hombros y suelta un fino suspiro; se aleja sin darme la espalda, y su mirada parece decir que su carrera ha terminado ahí mismo.
—¿Cómo se siente esta mañana, Ravena? —La reina se vuelve hacia mí.
Llevo un vestido tan bello como el de las otras princesas, pero enseguida me doy cuenta de que somos de mundos diferentes. De nada sirve cambiarme de ropa: ellas se sientan, conversan y se comportan con un aire altivo.
Corrijo mi postura; es lo mínimo que puedo hacer, porque estoy sentada de cualquier manera.
—Todavía no sé qué hago aquí, majestad. Me dijeron que había sido citada... —murmuro.
—Citada —confirma Irinna—. Para desayunar. Con todas nosotras. —La mujer sacude los hombros, coge una copa de champán y se la lleva a la boca.
—... todavía estoy intentando asimilarlo... me siento como si ayer me hubiera atropellado un camión —murmuro.
—Un camión bien grande. —La anciana se ríe y se agarra al brazo de su hija, que sonríe de forma más contenida—. ¡Un príncipe te sacó a bailar!
—Sí...
—¡Estás en todos los periódicos, en todos los informativos, y saldrás en la portada de todas las revistas durante al menos un semestre! —dice la mujer, jubilosa—. Una bofetada con guante blanco al pueblo de Koioskovo. —Se ríe y bebe un poco más.
—Mamá —la reprende la reina con dulzura.
—Un pueblo hortera. Carca. ¡Cursi! Que se esconde detrás de la tradición como excusa por haberse quedado parado en el tiempo.
—Hace una mueca—. El pueblo de Drü no...
Es un pueblo cálido, alegre, que sabe conservar en la vida lo que es esencial y funciona.
¡No se aferra a métodos del pasado que ni siquiera sabe por qué siguen existiendo!
Me ha caído bien. Ese estilo aparatoso, con humor y sin pelos en la lengua.
Creo que Haakon heredó muy bien la rebeldía de esta abuela, porque de la otra heredó el tono agrio y seco con que me trató los días anteriores.
—¿De qué parte de Brasil eras, querida?
—De Minas Gerais —digo.
—No la conocí. ¡Conocí Recife, Pará, Bahía y Río de Janeiro! No te asustes por el carácter amargo y frío de Koioskovo: no se corresponde con el pueblo del Septentrión. ¡Tienes que ir al sur y descubrirás quiénes son los norteños de verdad! —Sacude las plumas y levanta la copa para que se la llenen.
—¿El príncipe no viene? —le pregunto a la reina, temerosa de no poder hablar con ella.
—Está reunido desde temprano. Pero vendrá, sí.
—¡Está convenciendo a los miembros del Consejo Real de que permitan la boda... contigo!
Siento un escalofrío subirme por la espalda. Irinna parece radiante, como si le hubiera tocado la lotería. La madre de Haakon es más recatada y no expresa muchas emociones; no sé si es porque no le caigo bien o porque está rodeada de las otras princesas.
—La Reina Madre no parece nada contenta —comenta Melissa.
—¿Y cuándo está contenta esa mujer? Te hizo la vida imposible —dice Irinna, agitada, sin pudor—. ¿Crees que voy a permitir que lo repita todo otra vez?
De repente se hace un silencio y la puerta del lugar se abre.
—¡Su Alteza Real, el príncipe de Drü, Haakon Tercero! —grita el heraldo, y yo me agarro a mi sitio.