Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Príncipe Haakon III

—En el avión me preguntaste si estaba huyendo... Y la respuesta fue que huía de la responsabilidad —revelo; hablo cuando nuestros rostros están pegados durante el baile—. De esta responsabilidad.

Ella permanece muda. Su cuerpo se mueve al ritmo del baile porque yo la guío. Siento temblar sus manos, aun con los dedos entrelazados a los míos.

—Pero yo ya no necesito huir, y tú tampoco.

Ella alza los ojos hacia mí. Cuando las puntas de nuestras narices se rozan y siento su respiración desacompasada en mi cara, niega con la cabeza.

—Alteza. —Laios intenta seguir nuestros pasos y llamar mi atención—. Alteza, ya han pasado 20 minutos —advierte.

—¿Veinte minutos? —Ravena se exaspera—. ¡Tengo que volver a la cocina!

—No tienes que volver a ningún sitio, escúchame. —Miro por encima de su cabeza y veo el shock estampado en la cara de la gente—. Si eres la madre del futuro rey, nunca tendrás que salir del país. Y tendrás una vida plena, sin necesidad de huir. Sin miedos.

—Alteza, no puedo. —Se suelta de mis manos y mira a la gente—. Me siento honrada, pero no puedo.

—Ravena, mírame —digo entre dientes.

Ella no escucha. Se queda perdida, sin saber si atravesar el salón hasta la puerta que lleva a la cocina o hasta la que lleva a la salida.

Independientemente de su decisión, está emboscada por dos docenas de cámaras y reporteros, hambrientos de espectáculo, que quieren algo fresco con lo que degollar mi imagen.

—Señorita, ¿cómo se llama?

—¿Es usted de verdad la mujer del aeropuerto?

—¿Era suyo el abrigo que llevaba el príncipe aquel día?

Ravena intenta seguir adelante, después da media vuelta. Por donde quiera que intente pasar, no la dejan, así que intervengo y me pongo delante, abriéndole espacio para que salga.

Aunque quiera que se quede aquí, respeto su voluntad.

La veo salir corriendo a toda prisa, puerta afuera.

Y una parte de mí se arrepiente de haberla ayudado a pasar entre los hombres. Otra parte se siente satisfecha.

—Te quiero a ti —le digo al viento, con la mano extendida, las palabras flotando hasta desvanecerse en el vacío.

—Su Alteza va a descansar unos minutos y regresa enseguida. —Laios me indica que debo acompañarlo.

—Alteza, ¿ya ha elegido entonces a la futura reina del Septentrión?

—¿Se llama Ravena, Príncipe de Drü?

—¿La joven tiene ascendencia real?

Ignoro todas las preguntas y salgo de en medio de ellos.