Capítulo 10
Príncipe Haakon III
Cuando pongo los pies en el salón de fiestas, la multitud guarda un silencio solemne.
Camino sin mucha prisa; primero observo el techo de cúpula transparente que permite ver el fondo oscuro del cielo, con millones de puntitos adornando la vista superior.
Más hacia el horizonte, por los largos ventanales abiertos, se puede ver la aurora boreal bailando delante y por encima de las montañas de hielo.
—Buenas noches, Alteza. —Oigo los saludos por donde paso.
La primera persona a la que saludo es mi madre. Con su pelo corto adornado con una tiara real llena de diamantes que demuestra su poder, ella sonríe con los ojos y me acaricia la cara.
—Deseo que seas feliz, hijo mío. Y que encuentres a tu reina —me murmura.
—Honra a la Casa Iranovichk con una buena elección —es lo que dice mi abuela; su vestido brillante y plateado llama más la atención que la araña del techo.
Dos docenas de cámaras y focos me siguen. Hasta parece que estuvieran grabando una escena de película o de serie aquí dentro. Los periodistas y cámaras siguen mis pasos y dirigen el micrófono en la punta del pedestal para intentar captar hasta mi respiración.
—Un, dos, tres. —Oigo al maestro golpear con la batuta sobre su atril.
Una fina melodía suena por el lugar y yo termino de saludar a algunas personas.
En la fila de delante están las princesas invitadas por el palacio; todas parecen animadas y ansiosas.
Detrás de ellas, autoridades de otros países, sus hermanos, padres, representantes.
Un poco más al fondo, pero con el aire esnob y altivo de mi tierra, los nobles del Septentrión y sus hijas, que pronto ocuparán la fila de detrás de las princesas.
—Jemima. —La cojo de la mano y la saco a bailar.
El público vuelve a conversar en voz baja y nosotros vamos al centro del salón a bailar. Mi reloj mental empieza a hacer tictac mientras nos miramos.
—Mi familia te adora. Y estamos prometidos desde pequeños para casarnos el uno con el otro. No entiendo por qué necesitarías otras opciones. —Sus ojos finos se cierran y sus labios se expanden.
—Si algún día fueras reina del Septentrión, ¿por qué serías conocida?
Ella no titubea, ni se lo piensa mucho.
Su voz sale suave y con un aire de que será, sin sombra de duda, la reina.
—Seré conocida como una reina llena de virtudes y que honra la corona.
El baile es más largo de lo que espero, y cuento cada segundo para que termine.
No es ella.
Las montañas siguen heladas, el volcán sigue en erupción.
Los reyes dentro de mí la observan con mucho respeto, y yo la veo como un minuto sin fin.