Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Ravena Lessa

Me pasé dos días sin salir de casa.

No podía ni aparecer por la cocina de paredes de cristal, que enseguida llamaba la atención de todos los clientes, que sacaban los móviles y me señalaban:

—¡Es ella! ¡La mujer liada con el príncipe!

Los rumores debieron de propagarse sin control, porque ahora era así como se referían a mí: «la mujer liada con el príncipe».

De madrugada, el día del baile, Leon, los empleados y yo cargamos la furgoneta con todos los dulces y fuimos al palacio.

Mi primo tuvo que hacer dos viajes más para llevarlo todo y colocarlo en la despensa de la cocina del palacio; mientras tanto, yo fui ayudando a los empleados de la reina en el salón de fiestas.

—Dios mío, ¡qué preciosidad!

Un vistazo rápido al salón de fiestas y pienso inmediatamente en mi fiesta de quince años en un club social de Brasil, o en la graduación de la universidad. Aquello, comparado con esto, era solo una imitación barata y sin glamur.

En el espacio cabrían fácilmente dos pistas de fútbol sala. Y por todos los rincones, estatuas de hielo sostenían los símbolos del Septentrión: una liebre, una espada, una cruz y una preciosa flor azul violeta.

En la sección elegida para exhibir los dulces más vistosos, apilé palos de chocolate, berlinas de dulce de leche espolvoreadas con azúcar glas y delicias turcas.

De vuelta a la cocina, empecé a preparar la mesa para los trabajos finales, ya que muchas cosas todavía iban a elaborarse allí mismo.

Y di gracias a Dios de que Leon fuera controlador y obsesivo con la perfección: no me dejó cocinar nada, solo me pedía separar ingredientes, cortarlos o pasarlos por el tamiz; como mucho, espolvorear por encima de los dulces y las tartas.

El silencio repentino que invade el lugar me llama la atención. Hay casi cien empleados, y el ruido es un ingrediente que acompaña semejante bullicio, pero de pronto todos se callan; hasta las cacerolas dejan de tintinear.

—Buenas noches. —Una voz potente me llama la atención.

Compruebo que es el mismo hombre que vi en el gabinete real antes de salir huyendo.

Como si me reconociera de allí, el hombre que fue investido por el príncipe como regente viene en mi dirección y se detiene a mi lado.

—¿Mucho trabajo? —Sus ojos vigilan mis manos, después mis ojos.

—Sí. Estamos intentando dejarlo todo impecable, porque pronto abrirán las puertas del salón.

—¿No nos hemos visto antes?

Seguro que se acuerda de mí. Llevaba una ropa parecida a esta en nuestro primer encuentro: el pelo recogido bajo un pañuelo, un vestido negro modesto debajo del delantal de servicio; en fin, vestida como una empleada.

—¿No eres tú la famosa joven que ha robado la atención de todos?

Su mirada y sus labios son indescifrables. No sé si está sonriendo o completamente serio.

—Mientras todos deberían estar hablando del nuevo regente, solo hablan de la mujer a la que el príncipe salvó...

Siento un escalofrío recorrerme la espalda cuando de verdad demuestra que sabe quién soy.

—Stephan. —Extiende la mano.

—Ravena... —digo en tono de incertidumbre.

—Sin duda, alguien que merece tanta atención del futuro rey merece toda la atención de su regente.

—Stephan lleva mi mano a sus labios, y mi cuerpo se aproxima suavemente, hasta el punto de sentir su olor—.

¿Cómo conoció a Su Alteza? ¿Vino en el mismo vuelo, invitada por él?

¿Le gustaría terminar esta conversación en mi despacho, más tarde?

Es diferente del olor de Haakon.

Stephan huele a un día húmedo frente al arroyo, a los árboles soltando sus hojas, al viento fresco que sigue a una estación sofocante. Haakon, en cambio, tiene el olor de una bebida caliente que se toma frente a la chimenea, viendo caer la nieve ahí fuera.

Curiosamente, sus personalidades son opuestas. Stephan parece acogedor; Haakon también lo fue, en nuestro primer contacto, pero ahora aparentaba estar indiferente y frío.

Aunque, con semejante golpe, no me sorprende que me trate tan diferente.

—¿Qué estás haciendo? —La voz del príncipe me eriza la piel.

Ahora entiendo por qué su olor vino a mis pensamientos.

Siento su mano cerrarse en torno a mi muñeca y apartarme de Stephan.

Me quedo callada al observar su ropa: un frac blanco perfecto, con bordados en hilos plateados y diamantes en los dibujos de olivos de su pecho.

Parece de verdad un príncipe salido de los cuentos de hadas, justo en el momento en que elige a su amada y baila con ella para vivir el felices para siempre.

Pero sus ojos furiosos y su cara de disgusto me traen de vuelta a la realidad.

—Alteza. —Stephan hace una reverencia prolongada.

—¿Qué haces aquí? —Haakon no me suelta; vuelve la cara hacia el otro.

—He venido a comprobar que todo estuviera a su gusto, por supuesto.

—Puedo juzgar yo mismo lo que es de mi gusto. —Con un arqueo de cejas, le dice al otro que desaparezca de su vista.

—Por supuesto que sí, Alteza. —Stephan ladea la cabeza y, antes de darnos la espalda, me mira—. Piense en mi invitación, tengo muchas preguntas. —Guiña un ojo y se dirige a la salida de la cocina; durante largos metros, no le da la espalda al príncipe.

—¿Qué invitación? —gruñe Haakon.

—Solo estaba siendo amable...

—¿Qué te dije sobre mantenerte alejada de los problemas?

¿A qué se estará refiriendo? ¿A que todos me paren en el supermercado o a la visita inesperada del regente?

—Me estoy manteniendo alejada de los problemas, Alteza.

—¿Ah, sí? —Su mano tira de mí sutilmente; no me hace daño, pero su mirada me asusta—. ¿Tendré que encerrarte en una torre para vigilarte?

—No es necesario. Está todo bien.

—Mantente alejada de ese hombre. No es quien crees que es.

—¿Quién es, entonces?

—Un tipo sucio. Que se aprovecha de la debilidad de los demás para destruirlos. No vuelvas a verlo.

—Pero estoy aquí para servir al palacio...

—Estás aquí para servirme a mí —dice con firmeza—. Y me servirás bien si te quedas al alcance de mis ojos y lejos de sus manos.

Parpadeo, intentando descifrar qué significa todo esto.

No veía a Haakon tan furioso desde la patada que le dio a Gustavo y me ayudó a huir.

¿Debería confiar en él en esta situación de ahora?

—No aceptes ninguna de las invitaciones de ese hombre.

Los músculos de su cara se tensan mientras intenta soltarme la muñeca. Parece que necesita una fuerza sobrenatural para hacerlo, y también para apartarse.

El príncipe y yo miramos alrededor: están todos parados en su sitio, como estatuas vivientes, observándonos en silencio.

Hasta el fuego dentro de los hornos crepita bajito para no llamar la atención.

—Es una orden de vuestro futuro rey —dice más calmado, y hace un gesto con la cabeza a todos los presentes, que rápidamente bajan la vista al suelo.

Yo hago lo mismo.

—No quiero que él te toque —añade; extiende la mano hacia mí, pero la cierra de golpe y la recoge junto al cuerpo.

En un suspiro, la mano vuelve a levantarse y llega hasta mí.

Siento sus dedos suaves tocarme la barbilla, subir casi vacilantes hacia mis mejillas. Me levanta el rostro y me mira fijamente, con las dos manos a los lados de mi cara.

—No puedo permitir que te haga daño. No me lo perdonaría. —El príncipe baja el rostro suavemente y después me da la espalda y se va.

Todos siguen con la mirada clavada en el suelo hasta que sus zapatos resuenan en la escalinata. Y entonces, todos empiezan a mirarme a mí.

—¡Volved al trabajo! —ordena la jefa de cocina con voz grave.