Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Ravena Lessa

Cuando termina la degustación y todos los presentes colman a mi primo de elogios, las mujeres mayores son las primeras en levantarse y salir.

Intento quedarme inmóvil, como si fuera parte del mobiliario, cuando pasan junto a mí y fingen inspeccionar la cortina y luego el jardín a través del largo ventanal.

—¿Podría acompañarme a los jardines colgantes, Alteza? —Jemima se dirige a Haakon.

—Sería un honor —dice Haakon.

Los dedos me hormiguean y una sensación amarga me circula por el estómago.

—Pero tengo deberes reales que cumplir. Gaius puede acompañarla.

—¡Puedo enseñarte los conejitos que viven allí! —El pequeño estalla de entusiasmo, agarra la mano de la mujer y sale tirando de ella hacia la puerta.

Me entretengo con la escena. Ordeno algunas bandejas sobre el carrito y, cuando levanto la cara para buscar al príncipe, ya no está en mi campo de visión.

—Uf, por lo menos ya se ha ido —murmuro.

—¿Qué has dicho? —Su voz surge a mi derecha.

El estrépito de las bandejas chocando entre sí llama la atención de todos, y yo me azoro; intentando no tirar nada, me caigo.

Me salva en el último segundo la mano del príncipe, que tira de mí despacio hasta la altura de su rostro. Siento su respiración cálida rozarme la piel, como la brisa de la mañana en Minas.

—Yo... pensé en voz alta.

—Sí, demasiado alta. Ven conmigo —da la orden y sigue adelante.

Cuando se detiene en mitad de la puerta y mira hacia atrás, al darse cuenta de que no lo he seguido, vuelve hacia mí con pasos lentos, sus ojos afilados entornándose a medida que se acerca.

—¿No me has oído?

—La verdad es que sí, pero...

Con un gesto de cabeza me indica que debo ir delante.

—Está bien, ya voy.

Regresamos al gran vestíbulo de entrada del palacio, que no sé por qué me recuerda a algo del Titanic. Es ostentoso, todos visten formalmente y las arañas brillan más que el sol en esta época del año por aquí.

Subo las escaleras hasta la primera planta, paso junto a parejas de guardias en cada pasillo y llego a una sala con una placa metalizada en dorado que dice: «Gabinete Real».

—¿Va a detenerme? —Espío las estatuas vikingas, más grandes que yo.

—¿Debería? ¿Te gustaría? —Lo oigo junto a mi oído.

El escalofrío es tan natural como mis ganas de huir de él. Ya no sé si en mi estómago viven mariposas o gorriones, por el ruido que hacen al levantar el vuelo.

Evito el contacto visual y miro un cuadro pintado al óleo de la familia de Haakon. Él está más joven y con el pelo largo, Gaius es apenas un bebé en el regazo de su madre, y el antiguo rey parece el dueño del mundo junto a ellos, su otra hija y su madre.

—Tu maleta. —Pone el objeto sobre la mesa.

—¡Ah, gracias! —Me abalanzo sobre ella, la abro y compruebo mis cosas.

Me pongo colorada, porque lo primero que veo son mis braguitas encima de todo, cuando en realidad estaban en el fondo.

—Y tu abrigo. —Lanza la prenda también sobre la mesa—. Debe de valer un buen dinero, solo porque lo llevé puesto aquel día.

—¿Te lo pusiste? —Arqueo la ceja.

—Por lo visto no ves los informativos de aquí...

—La verdad es que, nada más llegar, caí en un sueño profundo... creo que hiberné.

Y, todo hay que decirlo, yo nunca miraba el móvil porque temía los mensajes de Gustavo. Y antes de eso, solo encendía la televisión para ver telenovelas y anuncios de productos, para distraerme entre un paciente y otro.

—Gracias. ¡Muchísimas gracias! —Cierro la maleta sin comprobarlo todo y me dispongo a salir.

—¿Adónde crees que vas? —Se interpone en mi camino y me impide continuar.

—Mmm... ¡¿no habías dicho que tenías deberes reales?!

—¿Te lo dije a ti o estabas escuchando conversaciones ajenas? —Una fina sonrisa se forma en sus labios.

Se sienta majestuosamente en la silla que tiene detrás. Si no es un trono, se le parece mucho. Hasta parece que dos o tres como yo podrían sentarse ahí, pero, en realidad, con un solo Haakon basta.

Sus brazos fuertes ocupan todo el espacio de los reposabrazos, y él se sienta altivo, como si estuviera en la cima del mundo, observándome.

—¿En qué más puedo ser útil, Alteza?

—¿Qué idea fue esa de servir a la princesa Jemima antes que a mi madre o a mi abuela?

—Ah... eso... bueno, ella me lo pidió... —Me atraganto con cada palabra; no sé ni adónde mirar.

—¿Y tú haces todo lo que te piden?

—Bueno, es una princesa, así que...

—Ponte de rodillas. —Sus ojos ni parpadean. Se clavan en mí con una seriedad absurda; apenas parece que respire.

Asiento sutilmente con la cabeza y me dispongo a arrodillarme. Es difícil hacerlo con tacones y vestido, pero no tardo en estar arrodillada ante él.

El suspiro que suelta me deja muda.

Se levanta de la silla muy despacio y viene hacia mí. Alcanzo a ver sus zapatos de vestir relucientes y su pantalón de sastre que enmarca sus piernas gruesas, el cinturón negro y aparentemente sencillo cuya hebilla plateada brilla por detrás de la americana.

—Así que de verdad haces todo lo que te mandan —murmura en mi oído—. ¿Qué debería pedirte entonces, ya que no sabes negarte?

¿Qué?

Siento un escalofrío que no proviene del frío. La sala es cálida y su presencia me hace sudar, pero, de alguna manera, mi cuerpo está teniendo una reacción térmica que no encaja con nada de eso.

—¿Qué quiere decir eso?

—Escucha, Ravena. Mientras vivas en mi tierra, yo soy tu rey. —Se yergue y empieza a caminar a mi alrededor—. Y debes hacer lo que yo mande.

¿No es exactamente lo que acabo de hacer? ¿Lo que él mandó?

¿Cuándo, en toda mi vida, pensé que me pondría de rodillas ante un hombre? Y menos ante uno que lo pidiera.

Pero Haakon no dice las cosas en tono de petición. Tiene su encanto, se comporta de verdad como un príncipe; en el avión demostró bien que sabe tratar a una mujer. Lo dice todo en tono imperativo, y yo no consigo negarme a sus órdenes.

Y no se trata de deberle la vida ni de haberle dado una paliza ayer. Se trata del magnetismo que transmite cuando me mira o me habla.

—Me perteneces. —Desde el coxis hasta la nuca, un escalofrío sube certero y me hace temblar—. Como todas las cosas que van desde las montañas del horizonte de este castillo hasta las playas de la tierra del verano.

No sé qué debo decir; me quedo callada.

—Y como todas las cosas que me pertenecen, estás bajo mi protección. Estás bajo mi cuidado y mi amparo. Por eso tienes que entender que ser mía es la mejor opción.

¿Debería decir «gracias»?

—Mantente alejada de los problemas y, si ese hombre vuelve a atormentarte, si algún día se le ocurre soñar con aparecer en mi país, no dudes en informarme.

Su suspiro se hace más hondo; creo que estamos los dos nerviosos.

—¿Lo has entendido?

—Sí.

—Entrégame tu móvil. —Extiende la mano.

—No... no lo he traído...

—Muy bien. —Saca su móvil del bolsillo y lo pone delante de mí—. Teclea tu número.

—Todavía no tengo un número de aquí.

—Pues teclea tu número antiguo. Y cuando salgas de aquí, te compras una línea nueva y me llamas. Quiero tenerte vigilada.

—¿Quiere estar lejos de mí o vigilarme? —murmuro mientras tecleo.

—Quiero hacer lo que me dé la gana, cuando me apetezca. —Me quita el móvil de las manos, teclea algo y se lo guarda en el bolsillo.

—¿Puedo levantarme?

La risa que suelta me pone en tensión. ¿Va a dejarme aquí de rodillas todo el día?

Su respuesta es poner el dorso de la mano delante de mi cara. Su piel blanca desprende perfume incluso desde aquí, un olor a café que, al inhalarlo, parece calentarme la garganta y removerme el estómago otra vez.

—Levántate —dice en cuanto mis labios se apartan de su piel—. ¿Quién era aquel hombre?

—¿Qué hombre?

—El del aeropuerto.

—Ah... eso... era Gustavo, mi ex psicó...

—No —me corrige Haakon—. Él no era y nunca será nadie —dice con firmeza.

Aprieto los labios mientras lo observo.

—Ahora eres una mujer del norte. Eres fuerte, valiente, libre. No importa cuánto te hiciera daño: nadie podrá hacerte daño nunca más, o le reventaré los dientes a esa persona, como hice con un cierto don nadie.

Los ojos se me llenan de lágrimas solo de recordar todo lo que pasó. La escena está viva, los últimos ocho meses son recientes y todavía estoy tocada, aunque intente mantenerme firme en pie para reconstruir mi vida.

Me sentí tan frágil, vi la vida pender de un hilo, estaba desesperada y perdida.

Todavía no soy esa mujer de la que habla Haakon. Pero estoy caminando, a pasos lentos, hacia liberarme de todo lo que sufrí. Y hacia reaprender quién soy y cuáles son mis sueños.

—Me hizo tanto daño... —Trago saliva, la garganta me arde, una lágrima involuntaria me resbala por la cara.

Haakon apoya el cuerpo en la mesa y saca del bolsillo interior de la americana un pañuelo blanco. En lugar de tendérmelo con la mano, se acerca él mismo y me limpia la cara con cuidado, en silencio.

El perfume de este pañuelo es aún más intenso que el del otro, el del avión. El olor del príncipe está impregnado en él, igual que la suavidad de su piel parece tocarme.

No sé. Es como sentir sus labios descendiendo suavemente por mi cara. Y sus dedos tocándome despacio, atrayéndome hacia él, haciéndome sentir su cuerpo firme y musculoso y, aun así, suave y perfumado.

—Siento mucho todo el dolor que te causó. Y, como tu rey, hago el juramento de que nunca más volverá a ocurrirte en toda tu vida. Él nunca más te hará daño.

—Gracias. —Cojo el pañuelo de sus manos y, al rozar su mano, retiro la mía rápidamente. Creo que acabo de recibir una descarga.

Un silencio extraño se cierne sobre nosotros. Él no dice nada y yo me remuevo inquieta ante su presencia, intentando contener las lágrimas y no deshacerme otra vez.

—Tampoco he olvidado tu juramento de que me debías la vida. ¿Palabras lanzadas al viento, o tus palabras significan algo?

—Sí que significan —sorbo por la nariz.

—Muy bien. Puedes retirarte, Ravena.

Creo que solo ahora me doy cuenta de que, cada vez que dice mi nombre, me estremezco.

Los labios me tiemblan y la nariz me entrecorta la respiración durante una milésima de segundo.

Todas las sensaciones que fui recibiendo en cuentagotas durante nuestra conversación afloran de golpe, y yo, medio atolondrada y con ganas de huir, salgo lo más deprisa posible.

Al otro lado de la puerta choco contra el pecho de un hombre alto, de pelo largo, barba muy bien recortada y ojos castaños.

—Perdón —digo, y camino deprisa hacia la planta baja.