Capítulo 7
Ravena Lessa
El comedor del palacio es una sala larguísima en la que cabría con facilidad una piscina olímpica. En su lugar, una mesa rectangular que se extiende de punta a punta domina el espacio.
Arreglos de flores amarillas y azules en jarrones de cristal ocupan la mesa cada tres metros, y arañas que brillan como diamantes adornan el techo impecablemente claro.
Las gruesas cortinas de púrpura con cordones dorados, las sillas de madera sofisticada y pulida, los platos y cubiertos que deben de valer lo que mi antiguo piso, le dan al lugar el aire opulento que necesita.
Estoy de verdad dentro de la casa de un rey.
Algunos cuadros más grandes que yo cuelgan de la pared: pinturas de antiguos reyes o héroes, no lo sé. Solo sé que es precioso y de muy buen gusto.
—¡Su Majestad real, la Reina Madre, Antônia! —Me llevo un susto y doy un salto cuando un hombre entra y grita.
Entra una señora con un pesado vestido negro. Lleva brillantes en el anillo, en el collar y en una tiara casi imperceptible sobre el pelo plateado, perfectamente recogido en un moño. Su rostro es muy severo, y no parece estar de muy buen humor.
—¡Su Majestad real, la Reina, Melissa! —Ya preparada para el grito, me mantengo firme en el sitio y observo entrar a una mujer bastante más joven que la anterior.
Reconozco casi de inmediato que es la madre de Haakon: son muy parecidos y tienen los mismos rasgos. Sin duda heredó de ella el rostro blanco y sin manchas, además de la nariz fina y los labios en forma de corazón.
El hombre anuncia a tres personas más: Irinna, la madre de la reina; Jemima, una princesa oriental; y un pequeño de 10 años que es una monada, con las mejillas coloradas y los mismos ojos de Haakon: el príncipe Gaius.
—Siempre me sorprendo cuando entro aquí... Es un comedor formidable, majestad —le comenta la princesa a Melissa.
—Aquí es donde recibimos a los nobles y autoridades de otros países; tenemos que mantenerlo siempre impecable —explica, muy solícita y educada.
Todas se sientan, primero las mayores; el último en sentarse es el pequeño príncipe.
—¿Su Alteza no vendrá a acompañarnos? —pregunta Jemima.
Sus ojos castaño claro son muy bonitos. Y yo sigo sin poder creerme su cintura, tan apretada en aquel vestido minúsculo que me pregunto si no se habrá quitado unas cuantas costillas.
—Él tiene deberes reales —dice secamente la mujer mayor. Extiende la mano para que Leon se la bese; solo ahora me doy cuenta de que mi primo la acompañaba—. Por supuesto, nos hará el honor de sentarse y representar al Ducado de Mabük, duque.
—Majestad, yo me siento cómodo sirviendo...
—Sirve muy bien a esta casa real quien se sienta y disfruta de su propio trabajo —dice Melissa, la madre de Haakon, en un tono mucho más cariñoso que el que usó con la otra princesa.
—Una dama nunca pide dos veces, querido —advierte la Reina Madre.
«¿Y ahora qué?», le pregunto a mi primo con los ojos como platos.
«No lo sé. Pero tranquila, todo está bajo control», responde él, mirándome de la misma manera.
Me quedo tan en blanco que no sé ni qué hacer. Observo a los empleados del palacio acercarse a la mesa con jarras, sirviendo agua, vino, champán y un refresco para el pequeño.
—¿Por qué hay degustación? ¿No vamos a comer en el baile? —pregunta el joven príncipe.
—No, querido. Es como una boda: los novios dan la fiesta para la familia y los invitados, no para ellos mismos. Así que la oportunidad que tienes de disfrutar de la comida es en la degustación —dice su madre, y le señala que se ponga la servilleta de tela en el regazo.
—Harry debería estar aquí. —El niño sostiene la copa con las dos manos y bebe un poco.
¿Él también llama así a su hermano? ¡Ay, Dios mío, qué ternura! ¡Qué ganas de apretarle las mejillas a esa criatura!
—Debería —comenta en voz alta la Reina Madre—. Todos notaron su ausencia en el funeral del rey —se dirige a mi primo, sin mirarlo.
—Tuve una emergencia y...
Leon se calla cuando la puerta se abre y el hombre grita, para mi absoluto pavor:
—¡Su Alteza Real, el príncipe de Drü, Haakon Tercero! ¡Y el Duque de Mabük, Svar Iranovichk!
Los dos hombres entran deprisa; Svar sigue recto hacia la mesa, pero Haakon se detiene en el sitio en cuanto me ve.
Yo abro los ojos de par en par y repito mentalmente: no lo mires fijamente, no lo mires...
Y es exactamente lo que hago.
—¿Algún problema con la cortina que debamos saber? —gruñe la anciana.
Él no le responde.
La mujer se remueve en la silla y echa otro vistazo al lugar; creo que ahora repara en mi presencia. Aguza bien la vista, se saca de entre los pechos unas gafas sin patillas y se las apoya en la punta de la nariz.
—Haakon, tenemos a una princesa en la mesa. Jemima ha llegado antes —avisa su madre.
Y él sigue ignorándola.
Peor: sigue mirándome a mí.
Sabía que no debía haber venido. Ahora es cuando va a tener la oportunidad de llamar a la guardia real del palacio y mandar que me detengan.
—Harry, ¡ven a disfrutar de los dulces de tu boda! —El niño alza la voz.
Creo que el alma se me sale del cuerpo cuando él da una zancada con sus zapatos de vestir en mi dirección. Se ajusta el traje negro, que le sienta tan bien, y se va acercando con calma, en silencio, como un león que examina a su presa hasta encontrar el momento de destrozarla de un solo mordisco.
Y yo no puedo dejar de mirarlo.
Creo que son mis últimos minutos; rezo para que sea rápido y sin dolor, porque la presión y el miedo llegan a ser más voraces que el golpe en sí.
—Nada de malo con la cortina. —Se detiene ante mí, su cuerpo a menos de tres centímetros del mío.
Y yo sigo erguida, sin respirar, intentando mantener los zapatos firmes en el suelo pese a su aliento cálido, que parece un vendaval sacudiéndome desde las raíces hasta la copa de mi ser.
—Deja de mirarme —susurra ante mis labios.
—Perdón, yo...
—No era una pregunta, era una orden —dice secamente.
Trago saliva e intento mirar al frente, hacia la pared donde veo el cuadro de un hombre de pelo largo y barba gris montado a caballo, con un verdadero caos proyectándose a su espalda.
—Así está mejor —murmura justo en mi oído, y se me eriza toda la piel—. Mira qué obediente. —Se ríe bajito al final.
—¿Haakon? —lo llama su madre.
—Veo que han traído las flores del jardín colgante a la entrada del palacio. —Se gira, y su nariz roza mi mejilla; dura una milésima de segundo.
Me está tocando como si yo fuera parte del mobiliario, un objeto, un ser inanimado.
Y a nadie parece importarle.
—Lo pedí yo —dice enseguida la Reina Madre—. Vamos a recibir a ilustres mujeres del mundo entero; no quiero que el palacio parezca un hotel victoriano soso y sin color. Tenemos que impresionarlas... una de ellas será tu reina.
Su asentimiento de cabeza va acompañado de un soplo cálido en mi cara.
—Son preciosas.
No puedo. Estoy intentando mirar al frente, ignorar al príncipe, pero no puedo.
Freud llega de puntillas, se acomoda detrás de mis hombros y empieza a murmurar: ¡finge que es Gran Hermano y echa un vistacito, boba! Echa una miradita, venga. Míralo. Eso, mira. Mira ese cutis, mira ese narizón, imagínate el tamaño del...
Las piernas me tiemblan y el cuello empieza a arderme. La sensación baja hasta mis pechos y me golpea de lleno cuando sus ojos color miel descienden y contemplan los míos de cerca.
No puedo mirar otra cosa que no sea él.
—Gracias por los cumplidos, pero no soy yo quien debe ser cortejada —recuerda la mujer mayor, con un deje cómico y áspero en la voz.
—¿Cómo está su cabeza? —murmuro antes de que se gire y se aleje—. ¿Le duele?
La mirada fulminante que me lanza me hace contener la respiración de nuevo.
«No me hables si yo no te hablo» es lo que dicen sus ojos irritados.
Sí. Me odia. Y nunca me perdonará por comportarme como una loca.
—Buenos días, Alteza. —Nuestra conexión se interrumpe cuando la princesa de ojos rasgados reclama su atención.
Ella hace una reverencia y le entrega la mano para que se la bese.
Entorno los ojos, intentando concentrarme en la pintura que tengo delante, pero es imposible. Ahora es otra sensación la que se apodera de mí, aunque no identifico cuál. Una falta de aire mezclada con cierta rabia; pero me contengo, no quiero provocar un incidente diplomático.
—Puedo ver su tatuaje desde aquí. —Ella le guiña un ojo.
Haakon se ajusta el cuello de la camisa negra para cubrirse el cuello entero.
—¿Quiere sentarse a mi lado? —Vuelve a guiñarle el ojo.
—Puedo acompañarla, por supuesto. —Parece otra persona: completamente educado y nada feroz.
—¿Puedes traerme uno de cada uno de esos bombones? Parecen deliciosos —Jemima se dirige a mí y sonríe al final; se da la vuelta y le ofrece el brazo al príncipe.
—... ¿Por qué todavía no os habéis casado? Tenéis que aprovechar el permiso real antes de que llegue otro rey y lo revoque —la Reina Madre se dirige a Leon, provocando a su nieto.
—Nadie revocará las decisiones de mi padre. Y mucho menos el matrimonio de los duques —dice Haakon, con el mismo tono áspero que gasta su abuela. Creo que lo heredó de ella.
—Vaya, habla como el futuro rey. —La mujer se muestra orgullosa con una sonrisa—. Ahora tiene que actuar como tal. —Su mirada se vuelve severa al instante.
—Hijo mío, ¡tu vídeo del aeropuerto ha dado que hablar! ¡Laios dice que el palacio no para de recibir llamadas! —La reina Melissa intenta contener sus expresiones y lo dice todo en tono calmado—. Todos quieren saber tu verdadera relación con aquella joven.
—¿Qué vídeo? —Jemima se entromete en la conversación.
Sirvo los bombones que ha pedido y me aparto. Solo después me doy cuenta de que Leon sacude la cabeza frenéticamente, en un «no» interminable.
Todos se quedan en silencio, mirándome, sobre todo la mujer mayor.
Dios mío, ¿qué he hecho mal ahora?
—¿Los empleados se han olvidado de servirme? —La mujer parpadea—. Creía que yo era la primera en ser servida. ¿O es que ya han elegido a la futura reina y no me he enterado?
Rechino los dientes y cierro los ojos. ¡Ahora sí que voy a la horca!