Capítulo 6
Ravena Lessa
—¡Te estoy dando orden de arresto! ¡Siéntate aquí y no te muevas! —Iovius me lleva hasta el salón y me deja sentada a una mesa.
Ahora sé su nombre de verdad: es Haakon Tercero. También sé que es el futuro rey de este país, el príncipe del que todo el mundo habla.
Y yo acabo de agredirlo, porque pensaba que era un atracador, alguien que había entrado a robar en la tienda.
Freud, sentado en el diván del rinconcito de mi cerebro, garabatea frenéticamente en su bloc de notas. Al terminar, muestra el parte médico: chalada, loca el uniforme es azul cobalto, con varias medallas en el pecho, y llevan un sombrero parecido a esos tan extravagantes de Inglaterra.
Y dos hombres de negro y gafas de sol caminan ahí fuera, impidiendo que los transeúntes se acerquen al escaparate.
Bajo los hombros al ver volver al hombre alto y elegante, con el ojo aún marcado por los restos de un hematoma.
Lleva en la mano izquierda un trozo de tarta y con la otra se sujeta una bolsa de hielo en lo alto de la cabeza.
Se sienta en el banco justo enfrente del mío y empieza a comer, mientras sus ojos me examinan.
—Yo pensaba que era un atra...
—No hables sin mi permiso. —Levanta el índice y sigue comiendo.
No sé qué es más incómodo: no poder hablar o que me observe mientras come.
—¿Qué debería hacer contigo? ¿Arresto domiciliario o deportarte? —dice en tono rudo.
¿Puedo hablar ya?
El pecho me rebota sin parar; el aliento ya ni existe. De repente el hombre ha cambiado de la noche a la mañana, y con razón. Yo tampoco trataría con amabilidad a alguien que me hiciera daño.
Creo que he estropeado cualquier buena impresión que hubiera dejado —me río solo de pensarlo.
¿Qué impresión dejé? Huyendo de un ex abusivo y montando un alboroto en el aeropuerto. Menuda mierda de buena impresión, Ravena.
—No... voy a pensar en un castigo más adecuado para ti... —Se pasa la lengua por los labios y mueve las cejas.
Sus ojos ya no están rojos ni llorosos después de los golpes.
Y come exactamente igual que en el avión: la espalda apoyada en el acolchado del banco, la mano —bastante más grande que la mía— sujetando el tenedor con ligereza y la tarta llegando a su boca sin que mueva siquiera el cuello hacia delante. Y me guiña los ojos mientras mastica.
—¿A qué has venido a mi país?
—¿Ya puedo hablar? —murmuro.
—Te he hecho una pregunta.
—Ah, sí... bueno, he venido a visitar a mi primo Leon.
—¿El duque es tu primo?
—Sí... bueno, yo no sabía que era duque. Creo que, a estas alturas, ya habrás entendido que huí de un hombre malo, que me hacía daño y no me dejaba ser feliz. Mi primo me ofreció refugio... Majestad. —Hasta el tratamiento confundo, de puro nerviosismo.
Veo asomar una fina sonrisa en sus labios, pero su semblante recupera enseguida la rabia.
—¿Sabes lo del vídeo?
—¿Qué vídeo?
Haakon saca el móvil del bolsillo y lo deja sobre la mesa.
Veo, a través de una cámara de buena calidad, el momento exacto en que Gustavo recibe la patada en el pecho y yo me libro de sus manos.
Se me ve la cara durante unos cuatro segundos, es un fotograma rápido, pero Haakon es visible todo el tiempo.
Él me abraza y yo lo miro, desorientada, con la cara muy cerca de su pecho. La mirada de confusión y gratitud queda grabada en el vídeo, y yo suspiro solo de recordarlo.
—Gracias. Ya te lo dije una vez, ¿te acuerdas?
—También dijiste que me debías la vida —recuerda él, y se me eriza toda la piel.
¿Se acuerda de eso?
—Si le hubieras pegado así a él, quizá las cosas habrían sido diferentes —refunfuña—. ¿Llegas a mi país y ya te sientes una mujer vikinga? ¿Te crees que puedes pegar a los ciudadanos sin recibir castigo?
—Perdón, Majestad.
El príncipe vuelve a comer; parece importarle un comino mis disculpas.
—Y siento mucho que le hiciera daño en el ojo —digo nerviosa.
—No pasa nada, le arranqué todos los dientes —dice tranquilo—. Le habría arrancado los dedos, pero la policía de tu país intervino a tiempo. Y yo tenía que coger el vuelo.
Asiento. Una parte de mí quiere sonreír y darle las gracias una vez más; otra parte se encoge ante él.
—El Septentrión no es lugar para gente problemática —dice con severidad.
—Pensaba que descendíais de los vikingos... —comento bajito, para mí misma.
—No... —Arquea las cejas—. No hables mientras yo hablo.
—Vale...
—¡Lo estás haciendo otra vez!
—De acuerdo.
—¿Serás capaz de...?
—Sí, me quedaré callada.
—¡Ravena!
Ahora estamos los dos sacudiendo la pierna y golpeando el suelo con el pie. Me doy cuenta porque he pisado sin querer su bota militar. Una más para mi lista.
—Aprecio a mi cuñado, el duque. —Levanta el dedo índice—. A ti no te aprecio.
Sí. Lo he estropeado todo. Me reencontré con el guaperas, algo que parecía imposible, pero lo he echado todo a perder con mi costumbre insensata. Actué por impulso, lo admito. Quise proteger a Leon y a Svar, desorientar al intruso y llamar a la policía. Salió todo mal.
—Vale... —Aprieto los labios antes de terminar de hablar.
—La gente está comentando ese vídeo y quiere descubrir quién es esa mujer. —Señala el móvil—. No aparezcas en público, y mucho menos cerca de mí. O pensarán cosas equivocadas.
—De acu...
Él me lanza su mirada más contundente, dejándome claro que debo callarme y solo escuchar.
—¿No sabes comportarte delante de un futuro rey?
Sacudo los brazos.
—¡Te he hecho una pregunta!
—No. No sé comportarme. —Bajo la cara.
Siento su mano suave tocarme la barbilla, elevando mi mirada. Me mordisqueo el labio inferior y contemplo su rostro enrojecido. Por lo visto, a los guardias de ahí fuera les está gustando ver la reprimenda que estoy recibiendo.
—Pues tendrás que aprender, si quieres pisar mi casa —gruñe—. ¿Tienes alguna pregunta?
—Sí.
—¿Dime?
—¿Por qué mentiste con tu nombre? Príncipe Haakon.
—Mi nombre es Haakon Iovius Erick Harry Tercero —dice, sin pestañear.
¿Harry? ¿Ha dicho Harry? ¿He oído Harry?
Empiezo a zarandear al Freud de dentro de mi mente y a sufrir un ataque.
—Por cierto, quiero mi maleta de vuelta.
—¡Ah! —Tamborileo los dedos sobre la mesa—. ¡La maleta! ¡Yo también quiero la mía de vuelta! ¡Y fuiste tú! —Lo señalo con el dedo, en tono acusador—. ¡Tú fuiste quien la cogió mal!
Un vistazo rápido hacia fuera y los diez hombres me están mirando como si fuera camino de la silla eléctrica en cuestión de segundos. La desaprobación hasta me hace encogerme.
Haakon cierra la mano sobre mi dedo y lo baja muy despacio, sin apartar los ojos de mí. Aprieta mi mano contra la mesa; siento la palma de su mano bien caliente y suave, casi acariciando el dorso de la mía.
—Y si falta un solo diamante dentro de mi maleta, decreto cadena perpetua —gruñe—. Y encima te deporto.
—Ni siquiera conseguí abrir tu maleta —me defiendo.
—¿Dónde están tu pasaporte y tu visado? ¿Cuántos días tienes derecho a quedarte en mi país?
—90 días —murmuro.
Los músculos de la cara de Haakon se contraen y me examina minuciosamente; creo que está intentando averiguar si he mentido en algún momento.
—¿Y después? ¿Qué vas a hacer? ¿Volver a tu país? ¿Convertirte en estadística? ¿Vas a ver a ese hombre otra vez?
—No lo sé, señor... majesteza... —Bajo la cabeza—. Espero que no.
—¡Trae mi maleta!
Me levanto, confundida, y casi me siento a su lado y le doy un apretón al bulto del pantalón. Leon usa «paquete» como sinónimo de pene, y estoy tan aturdida que casi cometo otra estupidez.
—¿Qué estás a punto de hacer? —Me mira, tan confundido como yo por haberme acercado.
—Voy a por su paquete. Digo, no ese paquete. La maleta... la otra maleta, majesteza ...
—¡Y que no falte nada, ni un diamante!
—Espero que tampoco falte nada de la mía —comento.
Quería haber dicho «que no falten diamantes», pero, la verdad, nunca los he visto ni catado, solo he oído hablar de ellos.
—Pues en tu maleta faltan unas braguitas beis y un abrigo —es él quien comenta bajito ahora.
—¿Qué?
—¡No puedes hablar conmigo si no te he hecho una pregunta!