Capítulo 4 #2
—Era muy alto, tenía el pelo tipo oro envejecido y despeinado. Ojos color miel; cuando la luz del sol le tocaba la cara, se le ponían bien verdes. Y parecía que nunca hubiera montado en avión, porque lo miraba todo a su alrededor como si fuera un alienígena.
—¿Y qué hay en la maleta?
—No conseguí abrirla. Normalmente vienen con un código estándar, pero él debió de cambiarlo. —Echo un buen vistazo por la ventanilla; ahora ya se ve la ciudad.
—Entiendo. ¿Y trataste de hablar con alguien en el aeropuerto?
—Lo intenté, claro. Pero no me hicieron caso.
La arquitectura de este lugar es muy bonita. Las casas son de colores, algunas están pegaditas unas a otras, hay muchos pinos altos y lagos por todas partes. Durante la mayor parte del trayecto, la carretera está cubierta de niebla, y por eso Leon conduce con muchísimo cuidado.
—Dios mío, ¿qué es aquello? ¿Una iglesia? —Estiro el cuello y señalo un castillo tan grande que llama la atención incluso desde lejos.
Se distinguen sutilmente los colores vibrantes de la aurora boreal detrás de él y a su alrededor.
—Es el palacio de Skarsgard, donde vive la familia real —dice—. Es una vista preciosa, sobre todo de noche, por la aurora boreal.
—Ya lo veo...
—Has llegado en una época muy bonita; aunque no haya luz de sol, la nieve caerá y lo cubrirá todo. Y nosotros somos unos privilegiados: como esta ciudad está en el extremo norte del país, la aurora boreal aquí es muy común.
—¿Y cómo es vivir sin sol? No puedo ni imaginármelo.
—Te acostumbras con el tiempo... aunque es raro; en Brasil nos despertamos a las 6 con el amanecer... aquí la gente suele levantarse a las 8 o las 9.
—Qué diferente... —Hago una mueca.
Aunque, bien pensado, debe de ser una gozada despertarse más tarde, sobre todo con lluvia o nieve ahí fuera.
—Pero si lo echas mucho de menos, te llevo a Drü.
—¿Drü? ¿Qué es eso?
—Si Koioskovo es el extremo norte del Septentrión, Drü es el extremo sur. Se lo conoce como el país del eterno verano. Allí hay sol, playas bellísimas, y los habitantes son diferentes de los de Koioskovo: son más cálidos.
—Mmm...
—El Septentrión es un reino formado por 4 países: Koioskovichk, el país en el que estamos, Drü, Pelmuria y Qäpak.
También tiene más de cien islotes alrededor de los 4 países.
Juntos forman la Vieja Escandinavia o las Islas de Diamante.
Es como Brasil: imagínate que tienen culturas, climas, comidas y hasta lenguas diferentes...
Pero no te preocupes, aquí todo el mundo habla inglés.
—Madre mía...
—El Septentrión es un reino muy antiguo y respetado en toda Europa. Si consigues un visado de residencia aquí, podrás moverte por toda Europa sin problemas.
—Anda, es verdad... necesito ese visado. ¿Es fácil de conseguir?
—Siendo sincero, no.
Freud le cede el sitio a Maysa para que me cante bajito al oído: se me cayó el mundo encima.
—Pero tú no vas a volver a Brasil de ninguna manera. ¡Tendrán que detenerme y deportarme contigo!
—Ay, primo, no hace falta que te sacrifiques por mí...
—Claro que hace falta. Y voy a hacer todo lo posible para que consigas un visado.
—¿Cuándo conseguiste el tuyo? ¿Fue difícil? —Me abrazo al bolso en mi regazo.
—Svar lo consiguió por mí. No te preocupes, ya nos las arreglaremos.
—Parece ser bien importante, tu prometido... —Sigo mirando las construcciones; ahora son edificios muy altos y modernos, la mayoría con fachadas de espejo.
—Digamos que lo es, sí —suspira—. Y solo una cosita más, prima.
—Dime.
—Cuando Svar nos visite dentro de poco, ¿podrías vestir de negro?
—Claro, he traído algo de ropa de ese color. ¿No le gusta la ropa de colores?
—Es que el rey del Septentrión ha muerto —dice Leon con mucho respeto—. Y Svar, digamos que trabaja para la familia real.
—Ajá.
—Y quiero ser respetuoso con sus sentimientos, así que si pudieras guardar luto...
—¡Ah, claro que sí! Si me hubieras avisado antes, ya iría así. Ahora caigo en que todo el mundo en el aeropuerto y en la calle va vestido de negro... —Miro a los transeúntes por la ventanilla: todos van de negro.
—Pues sí. El rey Gullivar era un hombre muy bueno y el pueblo lo amaba. Le encantaban mis dulces... insistía en que fuera a trabajar al palacio real como su maestro pastelero, pero yo tenía miedo de que, viviendo allí, acabara sin hacer bien las cosas...
—¿El rey de este país ha comido tus dulces? —Me quedo estupefacta.
—Sí, Svar le llevó una vez una caja a Su Majestad y él pidió verme. Era un hombre muy amable... Y autorizó nuestra boda...
Me quedo sin palabras. Ahora sí que siento que estoy metida en un buen lío, porque si Leon me pide que haga una tarta para llevar al palacio, ¿qué voy a hacer? Caerme redonda al suelo.
—Y ese gran pedido que ha recibido tu tienda, Leon... —Saco el tema para prepararme—. No tendrá nada que ver con el palacio, ¿verdad?
—Pues la verdad es que sí —dice, y me quedo petrificada—. La reina va a dar un baile; ha invitado a varias princesas del mundo entero a venir aquí. Y también a las mujeres solteras de la nobleza... Ya puedes ir bajándote de la nube: nosotros vamos al baile real, ¡pero estaremos en la cocina!
—Mmm...
—El hijo del rey Gullivar es, digamos... un príncipe rebelde y que no acepta las reglas con facilidad, bien diferente de su padre.
—Ajá. —Ya me veo camino de la guillotina por haberle hecho un brigadeiro de sal a la reina.
—En el pasado se lio con una plebeya; dicen que ella hasta se quedó embarazada, pero la encontraron muerta en el mar.
El príncipe nunca volvió a ser el mismo.
Primero cayó en una depresión y se alejó de todo...
dicen incluso que estuvo ingresado en una clínica de rehabilitación... —Se detiene en el semáforo en rojo.
Lo que me da tiempo para tener una visión panorámica de las casas, las tiendas y los edificios altísimos.
—Y esta vez desapareció porque no aceptó las órdenes de su padre de casarse con una princesa de Japón. Pero lo han encontrado hace poco y, cuando llegue, descubrirá que para asumir el trono tendrá que tener un heredero.
—¿No quería casarse y van y le ponen al chico a tener un hijo, así de entrada? —Me río.
—Pues sí. Svar está furioso, pero muy feliz, porque estaba preocupado por su primo y...
—¡¿Primo?! —suelto un grito—. ¿Estás saliendo con un príncipe?
—Con un duque. —Leon se da diez golpecitos en la boca. Antes de arrancar el coche, se da varios cabezazos contra el volante mientras empieza a soltar maldiciones—. ¡Burra! ¡Marica burra! ¡Ay, qué rabia, no me puedo creer que lo haya dicho, no podía!
—¿Por qué? ¡Si suena fenomenal! Mi primo va a formar parte de la realeza —lo provoco.
—No puedes contárselo a nadie —implora.
—¿Y a quién se lo iba a contar yo, uai?
—¡Madre mía, qué burro soy! Le prometí a Svar que solo lo contaría cuando os conocierais...
—Vale, vale... yo hago como que no sé nada.
—Vale —respira hondo, pero se le queda una mirada tristona, como si hubiera cometido una traición imperdonable.
Leon se detiene delante de una tienda de tres plantas y me la enseña: es la suya.
—¿Todo esto es tuyo? —Abro los ojos como platos. Es un lugar bien grande.
La fachada es toda de ladrillo, sin pintar, y tiene un cartel del mismo color que la furgoneta, con el nombre: Confitería Lessa. Hay una cola considerable de gente fuera, comiéndose con los ojos el escaparate lleno de palos de chocolate, tartas de varios pisos, berlinas y trufas.
—Sí, regalo de boda del rey. —Mueve las cejas arriba y abajo—. Vamos a entrar por la parte de atrás —avisa, y da la vuelta.
—Tu tienda parece de lo más concurrida, ¡¿eh?!
—Pues sí. Desde que el rey Gullivar descubrió mis dulces, todo el mundo aquí también los conoció.
Estamos siempre a rebosar, gracias a Dios.
—Entramos por el garaje del fondo, lo que parece el almacén de la tienda: una nave abarrotada de estanterías altísimas, llena de cajas—.
Svar apareció en el momento justo, allá en París; yo ya estaba sin dinero...
—Y entonces apareció tu príncipe y empezaste a vivir tu cuento de hadas —digo animada—. ¡Me alegro de que al menos uno de nosotros lo haya conseguido!
—Es solo cuestión de tiempo que tú vivas el tuyo —me consuela con un beso en la frente—. No te preocupes por el trabajo; sube arriba, date una ducha, descansa del viaje y más tarde me pones al día del resto, ¿vale?
—Vale. —Le beso las mejillas sonrosadas—. Primo, no tengo ni cómo agradecértelo. De verdad, ¡muchísimas gracias!
—Dilo con un «uai».
—Muchísimas gracias, uai.
Me abraza con tanta fuerza y apoya la cabeza en mi hombro que nos quedamos así los dos, dentro del coche, acurrucados.
—Es tan bueno tener a alguien de la familia aquí. ¡Espero de verdad que te guste este lugar!
—Yo también espero que me guste.
No hacía falta irme tan lejos. Pero Gustavo se volvió tan posesivo, y sus celos lo cegaron hasta el punto de dejarme encerrada en casa, que imagino que habría ido a por mí a cualquier parte: São Paulo, Paraná, Recife... entonces, ¿qué le impediría ir a Argentina, Canadá o Estados Unidos?
He venido a un lugar desconocido para reconstruir mi vida y, con el apoyo de un primo al que quiero tanto, siento que lo conseguiré muy rápido.
De hecho, ya siento el alivio, la libertad, la sensación de paz de estar lejos de toda la pesadilla que viví en Brasil.
Hasta en el momento de bajar del avión tuve miedo de que me obligaran a volver, pero ahora, aquí en casa de Leon, sana y salva, siento que ha llegado la hora de dejar el pasado atrás y empezar una nueva historia.
¿Quién sabe si algún día viviré un cuento de hadas, como Leon?
Estoy deseando que llegue.