Capítulo 4
Ravena Lessa
Al llegar a Koioskovo al final de la tarde, tengo una vista aérea privilegiada de una cordillera de montañas cubierta de nieve. Entre ellas, bajo la luz de la luna llena, luces violetas y de un verde neón bailaban en el cielo en una danza silenciosa y lenta.
No podía creerlo. Era tan bonito y tan fascinante de ver que fui una de las últimas en salir del avión, hipnotizada por semejante fenómeno de la naturaleza.
Enseguida me doy cuenta de que esta ciudad es bastante más fría que Londres. Tardo un buen rato en pasar por inmigración, recoger mis maletas y llamar a mi primo, que dice estar esperándome en el aeropuerto.
En cuanto cruzo el vestíbulo, la primera persona que veo es Leon. Suelto el carrito con las maletas y salgo desesperada a su encuentro. Lo abrazo fuerte y me pongo a gritar como una loca, hasta el punto de que todo el mundo a nuestro alrededor se nos queda mirando.
—¡Bienvenida a Koioskovo! ¡Estoy tan feliz de verte! ¿Cómo estás? ¿Has llegado bien? ¿Qué tal el viaje, hubo turbulencias?
Me acribilla a preguntas, pero no consigo responder ninguna. Solo sigo abrazada a él.
—Tranquila, Nena, no tienes que ponerte nerviosa, lo peor ya ha pasado... —Leon me acaricia la espalda e intenta cubrirme con su abrazo.
Dos tapones de 1,68 y 1,70 de estatura agarrados el uno al otro, balanceándose y dando saltos sin parar. Esa es la escena que todos espían, curiosos.
—Dios mío, qué frío hace aquí, ¿seguro que no estamos en Rusia? —Lo suelto y empiezo a frotarme los brazos con las manos—. ¡Llevo un jersey de abrigo y una sudadera y aun así estoy temblando!
—Ya, has venido en una época bien fría, pero verás que en verano es agradable, hace unos 23 grados...
Después de darme sus guantes y ponerme un gorro en la cabeza, Leon empieza a hacer poses con el cartel que ha traído: «la más buenorra de Brasil», en letras enormes. Un poco más abajo pone: «la mejor prima del mundo – Ravena Lessa».
—¡Ay, primo, cuánto te he echado de menos! ¿Cuánto hacía que no nos veíamos?
—¿En persona? Por lo menos unos 5 años —dice.
—Madre mía, ¡y qué lugar tan diferente! Y tú estás tan pálido, parece que hace tiempo que no tomas el sol.
Leon se pone las dos manos delante de la boca y empieza a mover los dedos, fingiendo ser una odalisca o cualquier cosa graciosa que esté intentando imitar.
—Sí, es un lugar diferente, ¡pero muy bonito! Y estamos en la época de la noche polar, así que olvídate de ver amanecer... Tú también pareces bastante pálida...
—Cárcel privada, que le dicen, ¿sabes? —Intento reírme de mi propia desgracia.
Vamos juntos a por mi carrito, que lleva una maleta grande, una maleta de mano que no me pertenece y mi bolso.
—¿No falta alguien? Pensaba que por fin ibas a presentarme a tu dignísimo prometido, ¿dónde está? ¡No aguanto más tanto misterio!
Leon me entrega el cartel que ha hecho, lleno de purpurina y colores metalizados, y empieza a empujar el carrito.
—Ha tenido una emergencia y ha ido a socorrer a su primo.
—Jolín, no me dejaste ver ni una foto suya ¿y ahora tampoco lo conozco? ¡Estoy ansiosa!
—Es majo, ya verás...
—¿Puedo al menos saber ya su nombre?
—Svar. —Se le ve la felicidad irradiando de los ojos.
Lo abrazo de nuevo y le beso la frente.
—¿Y te trata bien? ¿Eres feliz? Por favor, sé el lado sensato de la familia y no te metas en los líos en los que se metió tu prima...
—Es maravilloso. Quería estar aquí, pero le surgió una urgencia y tuvo que viajar; vendrá a visitarnos dentro de 3 o 4 días.
—¿3 o 4 días? ¡No sé si aguantaré tanta curiosidad!
—Claro que aguantarás; hasta entonces te instalarás, descansarás y te irás habituando a esta ciudad preciosa y fría.
En el aparcamiento, busco el coche de Leon y me sorprendo al ver una furgoneta monísima en tonos azul bebé y rosa.
—Pensé que vendrías con más maletas, por eso cogí el coche de la tienda para ayudarte con la mudanza. —Se ríe.
—Bueno... me fugué en plena madrugada, ¿no, primo? Así que solo cogí algo de ropa, mi diploma, documentos... ah, y está esta maleta de aquí. Un desconocido del avión se llevó la mía, en la escala que hicimos en el Reino Unido.
—¿Cómo que se la llevó? ¿Robando maletas ajenas, loca?
—¡No! ¡A mí me robaron! Ay, es una historia tan larga... te la cuento cuando lleguemos a tu casa.
—Vale. Cuando llegues, descansa mucho; ya te aviso de que en las próximas semanas tendremos un pedido gigante en la tienda.
—¿En serio? —Me animo, porque eso significa que a mi primo le va bien en la vida.
Pero me pongo nerviosa, porque mentí y dije que me había graduado en gastronomía cuando, en realidad, fue en Psicología. Pero necesitaba una coartada para retomar el contacto con él.
—Muy en serio. Tuve que contratar a 5 empleadas más; menos mal que has venido a ayudarme. —Hace un puchero.
—Ajá. —Esbozo una sonrisa forzada.
—Pero dejemos eso para el fin de semana. Cuéntame, ¿cómo llegó hasta ti esa maleta misteriosa? No habrá ninguna bomba ahí dentro, ¿verdad?
—Mira, yo creo que conocí a un hombre de otro mundo.
Era educado, amable, se comportaba como un lord inglés...
—De inmediato me viene el recuerdo del avión—.
Fue mi héroe, me salvó en el último momento para que pudiera coger el avión, y ahora me siento estúpida por no haberle pedido el número.
¿Te imaginas un tipo alto, bien fuerte y educado?
—Me estoy imaginando a todos los hombres de Koioskovo. —Leon se ríe—. Tú ya sabes, la mejor polla de Brasil es la del nordeste. Recife y Bahía... mmm... parece que hasta tiene miel.
Me echo a reír a carcajadadas como una loca por lo que acaba de decir.
—Pero la mejor polla de Europa, hija mía, no tiene igual. Es la del Septentrión. Parece que suelta leche condensada. —Hace un ruidito con la lengua en el paladar y se ríe conmigo—. Mmm, una cremita rica. —Y ahora se pone a imitar a los Teletubbies.
Como diría Freud en sus famosas anotaciones: la mejor persona del mundo, y si no estás de acuerdo, pues no lo estés ahí en tu casa.
He echado tanto de menos a Leon y su sentido del humor que ya me siento en casa.
—Los hombres del Septentrión son extremadamente educados, como los británicos, altos y musculosos. Un poco esnobs, claro. Svar mide dos metros.
—¿En serio?
—En serio, parezco un muñequito a su lado.
Koioskovo es un antiguo país vikingo; son casi todos así, muy altos, callados y con cara feroz.
No se abren fácilmente y no son sentimentales; es un pueblo muy de estilo europeo clásico, no están acostumbrados a las demostraciones de cariño ni nada de eso... Pero tienen un corazón de oro.
Ahora tengo una visión distinta de la aurora boreal. Sigue un rastro en el cielo como si fuera un río en un movimiento sutil, guiando o llevando algo hacia su destino final.
¿O será que solo estoy medio confusa por el viaje?
—¿Y cómo es para ti?
—¿Cómo que cómo es?
—Ser gay aquí.
—Ah, no es un país con prejuicios, aunque cualquier demostración de cariño en público siempre se mira con sorpresa... señal de mucha intimidad.
Aunque Leon sea una persona toda delicadeza, actúa con firmeza cuando conduce; da gusto verlo. No lo recordaba tan decidido. Creo que ha madurado mucho.
Le acaricio el hombro y sonrío.
—Como nosotros dos abrazándonos y gritando en el aeropuerto... —comento.
—Algo así —dice Leon—. En general, recuerda a cualquier gran reino europeo...
—¡Anda, ya se me había olvidado que aquí hay una monarquía! —digo animada—. ¿Encontraré aquí a mi príncipe Harry?
Leon se encoge de hombros y sigue conduciendo.
—¿Cómo es la familia real de aquí?
—¿No lo buscaste? —Se queda pasmado.
—No...
—¿Cómo que no lo buscaste? Es lo primero que mira todo el mundo cuando viene al país de los diamantes.
—Yo estaba más preocupada por el clima y la comida. Minas era tan rico, uai. Y no voy a comer un buen queso ni un requeijão en una buena temporada.
—¡Ay, me derrito! Qué ganas tenía de oír un «uai».
—Leon tamborilea los dedos en el volante—.
¡Lo mismo que oír un «oxe»! ¡Cuánto echo de menos mi tierra!
Me encantaba todo, menos la gente prejuiciosa y de mente estrecha del pueblecito donde vivía.
Pero ahora tengo un pedacito más de mi tierra aquí, porque yo soy medio bahiano y medio mineiro. —Su mano me agarra el brazo.
La sonrisa que esboza transmite una paz y una tranquilidad que solo me dan ganas de abrazarlo y darle las gracias.
Leon y yo siempre fuimos muy unidos de pequeños; él pasaba las vacaciones en mi casa. Las cosas en la familia se pusieron un poco raras cuando salió del armario y se fue a estudiar gastronomía fuera.
—Todavía no me has contado lo de la maleta —recuerda.
—Pues eso. Entró un tío guapísimo, un dios griego, con unos guardaespaldas privados, pero como ya no quedaba sitio, ellos se marcharon.
Estuvo hablando conmigo... ¡hasta me dio un pañuelo para secarme las lágrimas!
—suspiro—. Pobre, tenía un ojo morado...
se peleó con Gustavo para que yo pudiera estar aquí y ahora.
—Como un príncipe salvando a una princesa —sugiere.
—Sí... —digo con la voz débil, insegura de la comparación.
A Iovius seguro que lo confundirían con un príncipe; a mí, en cambio, jamás me confundirían con una princesa.
Y por mucho que quisiera tener mi maleta, no culpo a Iovius.
—¿No le pediste el teléfono? ¿Una dirección? Hablas de él de una manera que hasta me está entrando calor. —Se ríe—. ¿Por lo menos le diste un apretón a la maleta? Uy, perdona, se me ha resbalado la mano... y otro apretón.
—No... él se bajó en Londres; debe de trabajar en algo muy importante, tenía pinta de hombre responsable. Aunque decía que huía de la responsabilidad...
—¿Al menos sabes su nombre? ¿Le diste las gracias por librarte del impostor aquel?
—Iovius. Sí que se las di.
Leon me mira de reojo un momento y luego se ríe; sigue conduciendo con atención.