Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Fui a conocer los burdeles. —Me quito el abrigo femenino y se lo tiro a la cara.

Saco del bolsillo del abrigo las braguitas beis que guardé—.

Y el resto no es asunto suyo. Por cierto, hay una maleta dentro del avión real.

¿Cree que podría encontrar a la dueña de esto?

—Le restriego la prenda íntima por la cara—. Nos intercambiamos las maletas.

—He leído sobre encontrar mujeres por zapatos de cristal, no por braguitas beis, mi futuro soberano.

—Pues haga todo lo posible.

Estoy a punto de dirigirme a mi habitación para cambiarme de ropa cuando me quedo clavado en el sitio al ver a mi abuela, la Reina Madre, aparecer en lo alto de la escalinata.

—¡Mirad qué colorado viene este pillo! —dice la Reina Madre, y todos se inclinan de inmediato en cuanto aparece; baja amparada por cuatro empleadas del palacio.

—Abuela. —La espero con los brazos abiertos.

Ella viene tan rápido como puede, golpeando el suelo con su bastón. Me abraza la cabeza con ternura y me besa la coronilla; después hace lo mismo con su otro nieto, Svar.

—Estás bronceado. Guapo. Si llevaras el pelo largo y barba, serías la viva imagen de tu padre.

—Cosa que se puede disponer, majestad —se entromete Laios.

—No, me gusta como está. ¡Un guerrero vikingo joven, moderno, un rey del siglo XXI! —dice animada, y hace una pinza con los dedos índice y corazón al tocar mi chaqueta de cuero—. ¿No te parece un rey al que seguirías a cualquier parte, Svar?

—Sin sombra de duda, majestad: en un maremoto, en la guerra, en la tormenta o en el exilio, yo lo seguiría —dice mi primo con firmeza.

—¿Cómo es Brasil? —Ella cambia de tema, para no comentar mi vestimenta; la mueca de su cara no tiene precio.

—Cálido. Gente acogedora y amable. Incluso cuando la vida es difícil, son fuertes y nunca se rinden —respondo.

—Tu abuelo decía que nos vemos a nosotros mismos en los lugares adonde vamos. —Me da unas palmaditas en la cara y me llama con el índice—. ¡Laios, di en voz alta nuestro itinerario de hoy!

—Sí, majestad. Viajaremos a Drü, el príncipe velará al rey y después lanzará una flecha de fuego a su barco... —va diciendo detrás de nosotros.

—¿Por qué no lo enterramos aquí mismo, en Koioskovo, abuela?

—Es la tradición, querido: todos los reyes son colocados en un barco rumbo al país del eterno verano.

Viajan por el mar cálido y lleno de vida.

Y su travesía solo termina cuando el nuevo rey acierta con su flecha de fuego —dice, mientras despide a los empleados que traen bebidas y aperitivos en bandejas.

—Sobre lo de ser el nuevo rey... —suspiro.

—Serás coronado, pero no gobernarás —dice, para mi completo estupor.

—¿Cómo que no?

—Tu padre convenció al consejo de que solo te convertirías en soberano cuando tuvieras un heredero y garantizaras tu linaje. Svar ya te habrá contado lo del baile y las princesas...

—Sí. Completamente innecesario...

—Al pueblo le gustan las distracciones. Y quiere ver, fotografiar y contemplar a su futuro rey bailando.

—¿Y quién va a gobernar mientras tanto?

—Un regente —dice con sencillez, como si fuera obvio.

—... Regresaremos dentro de cuatro días para anunciar al regente, elegido por el parlamento. Es menester recordar que el príncipe tendrá que anunciar a su esposa en un plazo de 15 días, para cumplir el plazo de engendrar al bebé y tenerlo en un año —continúa Laios.

—¡¿Tener al heredero en un año?! —me exaspero.

Mi abuela le tiende la mano a Laios y él le besa el dorso. Con la mirada, ella me recuerda: «solo así se queda callado».

—No hay de qué preocuparse. Tengo la absoluta certeza de que encontrarás en una princesa, o en una de las ilustres invitadas aristócratas, una buena esposa, una buena mujer y una buena madre para el bebé real. —Asiente con firmeza.

—Los miembros de la Cámara de los Lores están ansiosos por presentar a sus hijas a Vuestra Alte... —Laios se calla porque Svar levanta la mano para que se la bese.

—No le hagas caso: la abuela y yo nos encargaremos de que tú, y solo tú, elijas a la mujer que quieras —garantiza mi primo.

—¿Aunque no sea una princesa? —Arqueo la ceja.

—Eso ya sería pedir demasiado. —Svar aprieta los labios.

—¡Tiene que ser alguien con perfil de reina, de soberana, de Augusta! —dice animada la Reina Madre—. Una mujer que sea ejemplo para todas las demás.

—No sé si me gusta la idea. Quiero enamorarme...

—Eres el futuro rey, querido. Solo puedes estar enamorado de la corona y de tu país. Y si no fuera una princesa... —Mi abuela sonríe, como si esa hipótesis fuera imposible—. Tendría que ser aprobada por el consejo y el parlamento.

—¿Y por qué iba yo a hacer eso?

—Porque, después de que nazca tu heredero, convenceremos al consejo de que acepte tu renuncia.

—¡Pero eso llevará un año!

—Un año pasa muy rápido...

—Conozco a la mayoría de las princesas y no trago a ninguna.

—Entonces encuentra a una buena mujer, de buen linaje y buen historial, e intentaremos convertirla en tu consorte —dice mi abuela, aunque sea reacia a la idea—.

Al fin y al cabo, toda mujer lleva una reina escondida dentro de sí.

Hasta esas de los burdeles a los que sueles ir.

—Hace una mueca agria y espanta a los empleados con la mano enguantada, llena de anillos—.

Mira a qué nivel de desesperación hemos llegado para salvar esta dinastía y la monarquía... —Apoya la mano en el pecho de Svar.

—Ya lo veo —digo, estupefacto.