Capítulo 3 #2
—No es autista; tiene déficit de atención e hiperactividad. Tiene TDAH —aclara el otro—. Y sí, me siento extremadamente cómodo siendo gobernado por el ahora almirante de la marina, ingeniero y diplomático. Por encima de todo, un rey humano, que piensa antes en su pueblo que en sí mismo.
—... y cocinero... y pintor... y economista... y una docena más de cosas que intentó hacer y nunca terminó.
—Madre mía, esa mujer debe de odiarte. —Svar hace una mueca.
—Es republicana —respondo de inmediato.
Svar baja el volumen, pero yo sigo leyendo los subtítulos en la pantalla. Su voz queda en segundo plano, casi como un susurro:
—El jefe de gabinete del Palacio ya ha preparado tu discurso para el velatorio de Su Majestad.
Partiremos hacia Drü en dos horas. La abuela ha escogido a 12 princesas para que elijas a una y tengas un heredero; empiezan a llegar el fin de semana.
—La voz de mi primo se va haciendo cada vez más lejana.
Contemplo los prados congelados y, a lo lejos, las últimas montañas que anuncian el extremo norte. Parpadeo y vuelvo a escuchar su voz:
—Tendrás 15 días para elegir a tu consorte, y después 75 para engendrar al bebé real. Tu padre puso como condición que solo asumas el trono y el control de todo cuando tengas un heredero. —Al callarse, me mira en busca de respuestas.
—Voy a renunciar —digo.
—No puedes. El país no lo soportaría. Ya tuvimos un monarca que renunció, y su hijo también.
Tu padre era amado, un ejemplo para el Septentrión.
La gente necesita un nuevo líder, uno fuerte, firme, que unifique a todos, Haakon.
Y a ti te quieren. No deberías hacer caso de lo que dicen esos periodistas...
—Soy demasiado rebelde para seguir el guion de la realeza... E hiperactivo hasta el punto de que nunca saben qué esperar de mí. ¿Hay algo peor que un rey impredecible? La gente quiere confianza y estabilidad... justo lo que no tengo para ofrecer.
—Y eso es lo que les gusta de ti. Hablas el idioma de los más jóvenes, eres travieso y estás lleno de bromas...
—Me agarra el hombro y me dedica una mirada amable—.
Lo vives todo a flor de piel, eres justo y pones a las personas en primer lugar.
Vamos a pensar en una cosa cada vez, Haks.
Primero el baile, después el heredero, y luego, quién sabe, quizá puedas renunciar cuando tu linaje esté asegurado...
—No voy a casarme a la fuerza.
—Haakon... el futuro del país está en tus manos...
—Estamos hablando de la vida de más de 50 millones de personas.
—Y el 87 % de ellas te adora.
—No lo has entendido, primo —suspiro.
Svar es una de las pocas personas con las que puedo hablar informalmente, lo que para la gente común no significa nada, pero para mí lo es todo.
Todos me tratan siempre con extrema formalidad y nunca pueden acercarse demasiado.
—No quiero vivir esa vida planificada, donde estoy bajo las miradas de todos y tengo que seguir reglas a cada instante. Y esas princesas... a todas les han enseñado desde niñas cómo complacer a su futuro rey...
—Sí.
—No es lo que espero de una mujer. No de mi mujer.
Quiero que me respete, no porque sea su rey, sino porque soy digno y me lo he ganado.
—Respiro largamente para recobrar el aliento—.
¿Sabes qué fue lo más increíble de estar en Brasil?
Que no me conocieran. Que no supieran que era yo.
¡Me trataban como a una persona cualquiera! ¿Has probado eso alguna vez?
—Es un lujo que pocos de nosotros conocemos, Haks.
—Es increíble, tío. —Le agarro el hombro—. La gente que te aprecia, te aprecia de verdad. No tienen que fingir solo porque eres un noble...
Por las calles que recorremos, la gente se aglomera y corre detrás del coche, llamándome por mi nombre. Aquí, en mi país, rara vez tengo privacidad, y jamás podría llevar la vida que he llevado estos últimos meses.
Eso significa que no puedo ser yo mismo, y eso es tan cruel como meter a un animal salvaje en una jaula.
—¡Príncipe Haakon! —gritan al unísono cuando bajo del coche, ya en el patio del palacio, a metros de distancia de las largas verjas.
—¡Príncipe! —Saludan y lanzan flores—. ¡Alteza!
—¿Lo ves? Te quieren —murmura Svar.
—Esta gente se merece un rey mejor.
A la menor señal de mi saludo, la multitud estalla de alegría: aplauden, cantan el himno de nuestro país y lanzan flores y regalos por entre las verjas.
Los guardias se limitan a mantener la seguridad y dejan que se queden en el umbral de la entrada de los jardines del palacio.
La última vez que vi a uno de ellos empujar a una persona, le di un golpe en la cara que salió en todos los periódicos. Ahora ya no ponen a prueba mis límites.
—Su Alteza Real, el Príncipe de Drü, de la Casa Iranovichk, Haakon III —me anuncia la voz alta y grave del heraldo apostado en la entrada, cuando entro en el palacio.
—Vuestra Alteza. —Me recibe de inmediato Laios, el secretario de la familia, jefe del gabinete del Palacio, el tipo al que le encanta recordarme todas las tradiciones y reglas; o, como me gusta llamarlo, el papagayo del rey.
—¿Me has echado de menos, Laios? —Lo observo besar el dorso de mi mano.
—Por supuesto, Alteza. —Esboza una media sonrisa—. Todo su pueblo lo ha echado de menos y ha aguardado su regreso. Anunciamos que estaba en misión secreta en un país de Oriente...
—Qué bien.
—Y entonces apareció usted en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos. —Me muestra un vídeo en su tableta—. Con gorra y gafas. Dándole una patada en el pecho a un ciudadano brasileño. ¡Mejor aún! ¡A un policía federal!
—Mira lo que le pasó al otro tipo. —Se lo enseño a mi primo.
—Sí, te acertó de lleno. —Observa el momento exacto en que se produjo mi hematoma—. Espera, ¿eso son dientes volando? —Sujeta el aparato electrónico e intenta mirarlo de cerca.
—¿Salgo bueno en el vídeo, Laios?
Él se queda callado y arquea la ceja, haciéndose el desentendido.
—Di que salgo bueno; ese vídeo me ha revalorizado mucho.
—Por supuesto, Vuestra Alteza. —Parpadea, medio furioso, y yo me divierto—. Espero que haya una explicación excepcional para semejante actitud, sobre todo viniendo de un príncipe heredero.
—Estaba haciéndole daño a una mujer y haciéndola llorar... coartando su derecho a la libre circulación.
—Que ella acudiera a las autoridades, entonces. ¿La mejor solución era de verdad que usted llegara con una patada en el pecho del ciudadano y le arrancara los dientes de la boca? —Laios mira el vídeo.
—También hubo un cabezazo. —Señalo con el índice—. Mira cómo se desmaya.
—¿Y la historia de la joven indefensa viene incluida en el vídeo? Porque yo solo veo al futuro soberano de este país cogiendo de las manos a una desconocida, apartándola de otro hombre, abrazándola, y una pelea salvaje. Que no se corresponde con el perfil de un futuro monarca.
—Yo creo que el vídeo cuenta toda la historia —analizo.
—Piden dos millones de euros por mantener el vídeo en secreto y no enviarlo a los periódicos de todo el mundo.
—Ah, que lo envíen. —Me encojo de hombros—. Salgo bueno; me gustó el ángulo desde el que grabaron.
—Veo que Vuestra Alteza sigue siendo un juerguista.
—Y sigo discrepando efusivamente de la violencia contra la mujer. —Lo apunto con el índice y le guiño un ojo.
Extiendo de nuevo mi mano y él la besa. Solo así se queda callado.
—Qué hacía Vuestra Alteza Real en Brasil, o por qué viajó hasta aquí en un avión comercial, lleno de plebeyos, sigue siendo un misterio para mí.
—La policía secreta me encontró y me contó la muerte de Su Majestad —asiento con la cabeza—; cogí el primer avión que pude.
—¿No podía esperar al avión real, mi señor?
—No, no podía. Me desperté agitado de madrugada, compré el primer billete de vuelta, en el último asiento disponible, y me vine.
Puede llamarme insensato, rebelde y juerguista, Laios.
—Esbozo una media sonrisa para provocarlo—.
Lo que no puede decir es que sea infiel a mi país y a mi rey.
En cuanto lo supe, vine de inmediato. No podía esperar ni un segundo.
—Entiendo. ¿Y qué tipo de visita educativa hacía en ese país tercermundista?