Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Príncipe Haakon III

El avión real que fue a buscarme a Londres aterriza en una pista privada destinada a los nobles.

Koioskovo, la capital del Septentrión, está en el extremo norte del país, y por eso en esta época del año el sol no sale: tenemos días oscuros, fríos y melancólicos.

Durante el viaje de vuelta aproveché cuanto pude para recibir los últimos rayos de sol, porque era consciente de que aquí serían un lujo del que no dispondría.

Por la ventanilla ovalada del avión de la familia, veo una multitud ya congregada fuera, contenida por el ejército. Los periodistas se empujan, los fotógrafos se posicionan y los gritos de la población son tan fuertes que los oigo desde dentro del avión cerrado.

Mi atención queda secuestrada casi al instante cuando entra un hombre de mi estatura, vestido de negro y con insignias en el pecho. La pupila negra se dilata en sus ojos verde esmeralda y una sonrisa le llena la cara.

—Alteza... —Svar, mi primo, me saluda con una reverencia prolongada y después me abraza por el hombro—. Primo... lo siento mucho...

—No sé si estoy triste o furioso —resoplo—. Desde que nací oigo que un día seré rey, pero para eso mi padre tendría que morir... —miro al techo—; no parece un día feliz. Yo no quería perder a mi padre, por mucho que discrepáramos...

Svar sacude la cabeza repetidamente mientras me mira de arriba abajo, hasta que su gesto se vuelve de negación.

—¿Por qué vas vestido como una estrella del rock?

—Ya, lo sé, no puedo salir así. —Me paso las manos por la chaqueta de cuero negra. Ni siquiera debería llevar vaqueros.

—Desde luego que no. No parecen ropas apropiadas para un futuro rey, y menos para uno que está de luto. —Cierra las ventanillas que me dan visión del exterior—. ¿Dónde están tus vestiduras reales?

—Es una historia graciosa...

—Me lo imagino.

—Están dentro de mi maleta. —La señalo, encima de la mesa.

—Pues póntelas.

—Verás, es que esta no es mi maleta. —La abro y le muestro lo que hay dentro: cinco conjuntos de sujetador y braguitas, guantes, un abrigo femenino y productos de higiene.

—¿De dónde ha salido esto? —se exalta—. Mejor ni me lo cuentes... ¡No puedes salir así, no es adecuado! Si bajas de este avión con pinta de estrella del rock and roll, saldrás en todas las portadas de los periódicos del mundo con titulares diciendo que desdeñas la muerte de tu propio padre.

Le doy la razón. Voy sacando cada prenda de la maleta, examinándola con calma e intentando pensar en una solución.

—Fue exactamente lo que me pregunté. «¿De dónde ha salido esto?» —Sostengo unas braguitas beis en las manos—. ¿Quién usa este tipo de cosas?

—¡Suelta eso! —Svar me las arranca de las manos, tenso solo de imaginar que, por algún resquicio o rendija de las ventanillas, los fotógrafos capturen el momento.

Saco el abrigo negro y algo mullido; parece hecho para una niña o una adolescente, no para un hombre de casi dos metros, y Svar sacude la cabeza en señal de negación.

—Tengo tantas preguntas... ¿Por qué no esperaste al avión real en Brasil? ¿Y por qué embarcaste así?

—Porque tenía prisa y no quería que me reconocieran —respondo con sencillez, y observo su aire de desaprobación, aunque no lo exprese con palabras.

—Tú necesitas montar un escándalo por donde pasas, ¿verdad? Apenas has vuelto a tu tierra natal y ya quieres reaparecer en todos los periódicos... —se divierte—. Tu padre estaría loco de remate...

—Conocía bien al hijo que engendró. —Le guiño un ojo—. Y creo que tendré que ponerme esto, o habrá que esperar a que alguien venga con ropa negra, en respeto por la muerte del rey. ¿O te sobra alguna sábana por ahí?

Él contiene la risa mientras sigue mi odisea para intentar meterme en la prenda tan ajustada; mis brazos parecen el doble de grandes dentro de las mangas.

—¿Cuánto va a tardar alguien en venir a traernos ropa adecuada? —Empiezo a dar golpecitos con el pie.

—Una hora, quizá hora y media... Eso, claro, solo para que vayas al palacio y te reúnas con la abuela; después partiréis juntos hacia Drü. ¿Haakon? ¡¿HAAKON?! —dice mi nombre más alto al final, al darse cuenta de que ya estoy en la puerta del avión, vestido con el abrigo.

La multitud entra en delirio y empieza a gritar mi nombre.

Como no puede tirar de mí hacia dentro, Svar murmura:

—Quítate las gafas y la gorra. Mantén el rostro erguido y no sonrías; puedes levantar la mano a modo de saludo, pero no la agites. —Me dicta todo el procedimiento y yo actúo en consecuencia.

Intento contenerme y no reírme de su mirada de desesperación al verme con el abrigo femenino. Y el grito de asombro de los súbditos al ver el morado de mi ojo deja a Svar paralizado: no se había dado cuenta.

—Alteza, ¿podría decirnos unas palabras?

—Príncipe, ¿asumirá el trono de inmediato?

—Mi señor, ¿qué le ha pasado en el ojo?

Los miembros del ejército mantienen el rostro erguido, aunque sus ojos me siguen cuando paso ante ellos. Los reporteros no dejan de hacer preguntas, y son tantas las luces y los flashes en mi cara que cuesta mantener la postura y no cubrírmela con la palma de la mano.

Camino con paso firme y levanto la mano hacia el pueblo de mi país, que me recibe con aplausos.

No tardo en subir al coche blindado; Svar entra después, se sienta a mi lado y se queda en alerta, exasperado, con la vista clavada en el hematoma.

—¿En serio? No me puedo creer que hayas hecho eso. ¡La Reina Madre nos va a matar!

—Tonterías —le quito importancia—. La gente está ahí de pie, pasando frío; no podía dejar que esperaran ni un segundo más, habría sido una crueldad.

—Al Palacio de Skarsgard —le dice al conductor—. Y ponga el principal informativo del país, por favor.

—Allá vamos...

—Y, por el amor de Dios, ¿qué te ha pasado en el ojo?

—Te quedarías de piedra si vieras cómo acabó el otro tipo. —Me cruzo de brazos.

Cuando las ventanillas del blindado se cierran por completo, el estruendo de fuera se apaga.

Y yo me sumerjo en mi propio ruido interno.

Contengo el pulso sobre la rodilla; la mano empieza a moverse involuntariamente, con espasmos extraños. Me asaltan flashbacks y gritos, discusiones, ofensas y reproches cruzados con mi padre, él resistiéndose a concederme la renuncia, y mi huida.

Todo pasa rápido por mi mente y ya siento el maldito peso de la corona, ese que se nota incluso cuando no la llevas en la cabeza.

Nací para ser un día responsable de millones de personas. Precisamente yo... conocido como el príncipe insensato e irresponsable...

—El Príncipe de Drü ha llegado al país con un atuendo insólito. —La voz de la pantalla mediana del interior del coche me llama la atención—. ¿Será la última moda? —ironiza.

—Pero era negro, en respeto por el luto nacional —dice el otro comentarista acto seguido—. Su Alteza es conocido por no seguir las normas, las costumbres ni las tradiciones. Siempre está envuelto en pequeños escándalos...

—Como cuando fue el detonante del divorcio de lord Ulisses y lady Pâmela —dice la comentarista mordaz—. O cuando salió a escondidas con una plebeya que misteriosamente apareció embarazada y muerta, en el mar...

Se llamaba Dianna, digo mentalmente, furioso. El recuerdo me hace doler el pecho, como si me hubieran clavado un cuchillo.

—O cuando, de niño, se quitó sus propios zapatos y se los dio a un huérfano descalzo que miraba pasar la carroza real —defiende el otro, rápido, intentando apagar el incendio del comentario anterior—. O cuando cocinó para una multitud en el aniversario del país.

—Blanco, ¿no te molesta tener un futuro rey que no lleva el pelo largo?

—La mujer se ríe—. Es la primera vez en mil, quién sabe si dos mil años, que un rey del Septentrión está casi calvo.

En nuestra tradición, los hombres que pertenecen a la realeza y que un día asumirán el trono jamás se cortan el pelo, pues es señal de su poder y de su ancestralidad.

—Por si no lo recuerdas, Yanca, el Príncipe de Drü se cortó el pelo en una visita al hospital oncológico de la capital, hace tres años. El cabello se donó para hacer pelucas para los niños del hospital.

La periodista pone los ojos en blanco y le resta importancia, pero su colega prosigue:

—Su Alteza Haakon Tercero es un hombre moderno, que se preocupa por los súbditos y que pone a su pueblo en primer lugar. Incluso por delante de la tradición.

Contengo la sonrisa, pero a Svar no se le escapa.

—Da igual lo loco que estés y lo mucho que desafíes las normas establecidas: te quieren. —Asiente con la cabeza.

—La mayoría de ellos —digo con una mirada de tristeza; miro por la ventanilla y saludo con la mano a las personas de la carretera que intentan llamar mi atención.

—El príncipe tiene que aprovechar esa buena fama suya para unificar el país y alejar cualquier fantasma de una República. Con suerte, quizá consiga que solo se instaure una monarquía parlamentaria, donde la figura del rey sea meramente simbólica...

Mi país no es una monarquía absolutista; tenemos una constitución que guía las acciones del rey.

Tenemos un parlamento con dos cámaras: una de los Lores —los que están ahí por linaje de sangre— y otra de los Comunes —los elegidos por el pueblo—. Lo que no tenemos es primer ministro: el rey ocupa el poder ejecutivo y, por debajo de él, están los dos líderes de las cámaras.

Durante el reinado de mi padre, la cuestión de fundar una República quedó descartada, pero siempre existió el rumor de elegir a un primer ministro y reducir los poderes del rey.

Sin embargo, el carisma de mi padre y de mi abuelo, y su firmeza al gobernar y dirigir el país, impidieron que eso llegara a debatirse.

Ahora las cosas pueden ser diferentes...

Yo intenté hacer mi parte, intenté renunciar. Habría sido lo mejor para mí, para mi país y para mi pueblo.

Pero mi padre no lo aceptó.

—Blanco, sé sincero: ¿te sientes cómodo siendo gobernado por un rey autista? —provoca la periodista.