Capítulo 2
Ravena Lessa
Intenté ocultar mi nerviosismo mientras pasaba por inmigración y me dirigí lo más rápido que pude a coger el avión. La cola de primera clase ya estaba vacía y en la ejecutiva aún quedaban dos personas; me puse justo detrás de la última y saqué el pasaporte y el billete para embarcar.
La sensación de que en cualquier momento Gustavo entraría en el avión y me sacaría de allí a la fuerza me tenía asfixiada.
Recorrí el pasillo con las piernas temblorosas, guardé la maleta de mano en el compartimento superior y me encogí en el asiento de la última fila de la ejecutiva, como si con ese simple gesto pudiera volverme invisible.
Tardaron unos siete minutos en entrar todos los pasajeros mientras las azafatas, amabilísimas, los ayudaban a guardar sus maletas. Pero el suspiro de alivio no llegó hasta que oí:
—Señoras y señores, bienvenidos al vuelo número 1736, con salida del Aeropuerto Internacional de Guarulhos y destino al Aeropuerto de Londres-Heathrow. Nuestro tiempo de vuelo será de aproximadamente 11 horas y 30 minutos...
Solté el bolso que tenía en el regazo y empecé a examinar frenéticamente mi espacio, de tamaño mediano: otro asiento justo a mi lado —vacío—, entradas USB disponibles, un compartimento con periódicos y revistas y, por supuesto, un pequeño televisor en el respaldo del asiento de delante, además de un espacio generoso para estirar las piernas...
aunque, como soy bajita, me conformo con quedarme encogida.
Ya me estaba preparando para el inicio del viaje, algo que siempre me pone ansiosa, cuando el avión se detuvo y empezó a retroceder hacia la pista de pasajeros.
—Disculpe —llamo a la azafata—. ¿Por qué se ha parado el avión?
—Todo está en orden —intenta tranquilizarme—. Solo tenemos que subir a un pasajero de última hora y reiniciar los procedimientos. Permanezca en su sitio.
Las manos empiezan a sudarme y me remuevo inquieta en el asiento.
¿Será que al final lo ha conseguido? ¿Esa va a ser mi sentencia? ¿Volver a Belo Horizonte y seguir cautiva de Gustavo? No puedo aceptarlo.
Tardé mucho en despertar de la pesadilla y decidir salir de ella. Lo planeé todo minuciosamente y reuní el valor para irme a un lugar desconocido, un país nórdico del que no había oído hablar hasta hace unos meses.
—Por favor, Dios, nunca te he pedido nada: ¡deja que tu hija huya de este infierno! —rezo bajito.
De repente, el avión parece hacerse pequeño cuando entran dos hombres vestidos de negro.
La he cagado. Es la policía federal, ¡estoy perdida!
Me debato entre espiar el largo pasillo por encima de los asientos y las cabezas de los pasajeros o ponerme a rezar.
Los dos hombres de uniforme llevan insignias militares en el pecho y caminan con ese aire robótico y altivo de la gente del ejército. La azafata viene solícita justo detrás de ellos, intentando calmar a los pasajeros con las manos.
Cuando los tres se detienen delante de mí, me debato entre calcular un nuevo plan de fuga o sonreír con decencia para que no sospechen que estoy a punto de romper la ventanilla y saltar fuera. En cualquier caso, evito el contacto visual.
Como diría Freud en sus famosas sesiones de terapia: esto va a acabar como el rosario de la aurora.
—Disculpe, señorita. —La voz simpática y cordial de la azafata no me tranquiliza.
—¿S-sí? —tartamudeo.
Solo puedo pensar en una cosa: ¡de aquí no salgo, de aquí no me saca nadie! ¡Ni la policía federal ni el ejército!
—¿Puedo ver su billete?
Lo saco del bolsillo, no sin antes palparme el pantalón entero y agitar el papel en el aire con un temblor frenético.
—La señorita está en el asiento correcto —señala.
Hasta ahora, ninguna señal de que vayan a detenerme.
—¿Consideraría ceder su sitio a uno de estos dos caballeros y coger el próximo vuelo?
—¿Qué? ¿Coger el próximo vuelo? No. ¡De ninguna manera!
—Además, se alojaría en un hotel costeado por nuestra compañía y recibiría una cantidad de dinero para cubrir cualquier gasto que tenga. —Mira de reojo a los hombres de mala cara que tiene detrás.
—No, cielo. Ayúdame a ayudarte —digo nerviosa—. Necesito salir de este aeropuerto lo antes posible, y no para quedarme en un hotel. Necesito estar en este vuelo.
De repente me callo y me preparo para encogerme en el asiento.
Un nuevo pasajero aparece por el pasillo, tirando de su maleta de mano.
¡Es él! ¡Lo reconozco de inmediato!
El hombre que le dio la patada a Gustavo y me sostuvo en sus brazos para que no cayera al suelo.
Contengo la respiración mientras lo examino: va vestido de manera más informal que sus guardaespaldas, lleva una llamativa chaqueta de cuero negra, botas militares altas, gafas de sol Ray-Ban y una gorra que oculta su identidad.
También noto que mi héroe desconocido tiene un hematoma justo debajo del ojo izquierdo; distingo el enrojecimiento, casi morado, bajo sus gafas.
Su piel clarísima hace que el hematoma parezca grave, y me mordisqueo el labio inferior como si pudiera pedirle perdón por lo ocurrido, porque imagino que eso fue cosa de Gustavo.
Sin apartar los ojos de mí, le tiende su billete a la azafata, que lo comprueba:
—Sí, ese es su asiento, el del pasillo —asiente ella—. Señorita... piénselo bien. ¿Consideraría entonces vender su sitio por... 10 000 reales? —Mira a los hombres que entraron antes, casi buscando su aprobación.
No voy a mentir.
Suena extremadamente tentador: pagaría el precio entero del billete y aún me sobraría dinero para empezar mi vida en Europa con unos ahorrillos.
Pero antes de que ceda a la oferta y hable de mi ex psicópata que me espera ahí fuera, me doy cuenta de que el hombre alto y fuerte de la gorra, justo delante de mí, está moviendo sutilmente los labios y negando con la cabeza.
Creo que quiere que me quede en mi sitio.
—Lamentablemente, no puedo.
—Dejad de molestarla. —Su voz grave me hace estremecer—. La bella joven solo quiere viajar, ¿no veis que la estáis poniendo tensa? —suspira.
—Pero Al... —oigo decir a uno de ellos en inglés.
—¡Basta! —gruñe el hombre, zanjando la conversación—. Ha dicho que se queda.
La mujer aprieta los labios al mirar a los extranjeros y se encoge de hombros.
—Señores, estamos completos; puedo ver si otros pasajeros ceden sus asientos —dice, solícita, y se aleja por el pasillo.
Siento un alivio sobrenatural cuando todos se marchan, menos el que tiene pinta de estrella del rock. Se quita las gafas de sol y veo con nitidez la herida justo debajo de su ojo color miel.
Viéndolo tan de cerca, pienso que no debe de haber tomado el sol en su vida, igual que tampoco debe de haber tenido nunca granos. ¿Será una versión vikinga de Edward Cullen?
Me agarro al asiento, incapaz de despegarme de su mirada penetrante.
Y me agarro aún más fuerte cuando levanta la maleta para encajarla en el compartimento: la camisa blanca que lleva bajo la chaqueta se le sube, mostrándome la línea en V de su abdomen, además del contorno de su cuerpo y un tatuaje que parece continuar por la espalda, los muslos y hasta dentro de los calzoncillos rojos.
El hombre se quita la gorra, revela su pelo castaño, casi dorado, perfectamente despeinado, y se queda sonriendo a la nada; estira bien las largas piernas bajo el asiento de delante y se instala del todo.
No sé qué decir. Creo que debería empezar por un gracias.
Sin su intervención, cuando nadie parecía preocuparse, creo que ahora estaría en otro avión, de vuelta a Minas.
—No tienes ni idea de que acabas de salvarme la vida. ¡Muchas, muchísimas gracias! ¡Te debo la vida!
Me pongo hasta temblorosa y me emociono al hacer esa declaración. Solo yo sé el dolor que he cargado en el pecho y en el alma durante los últimos años, y apenas puedo creer que haya escapado de todo.
Una lágrima involuntaria me resbala por la cara y empiezo a sorber por la nariz. Me siento boba, idiota: voy a llorar delante de un desconocido.
—Toma. —Se saca un pañuelo blanco del interior de la chaqueta.
Me lo acerco a la cara y su perfume me noquea de tal manera que las mariposas que llevaban toda la vida dormidas dentro de mí empiezan a despertar de la nada. El tacto suave del pañuelo es una novedad para mi piel: nunca he sentido nada tan agradable ni con tan buen olor en toda mi vida.
—Gracias. —Intento tragarme mis sentimientos y empiezo a hablar en inglés, para practicar y ver cómo me defiendo.
—No llores. Lo peor ya ha pasado. —Aprieta sus labios en forma de corazón, de un tono cereza madura.
—¿Tú también estás huyendo? —pregunto bajito, e intento espiar si los guardias, escoltas, gente del ejército o lo que sean... se han ido.
—Siempre. —Se encoge de hombros.
La risa que suelto parece un estornudo.
—Estás mucho más guapa así. No llores.
—Gracias. —Le devuelvo el pañuelo.
—Quédatelo. Lo necesitas más que yo —dice de buen humor; sus ojos parecen recorrer el contorno de mi cara, observan mis pequeños gestos, y me siento un poco rara y robótica.
—Ravena. —Le tiendo la mano.
El ilustre desconocido me mira, admirado. Se queda unos segundos inmóvil, como si no supiera exactamente qué hacer o qué decir.
—Iovius. —Su mano toma la mía por debajo, besa el dorso de mi palma y siento un escalofrío al notar sus labios en mi piel.
Todo hay que decirlo: nombre y costumbre extraños. ¿Quién besa la mano de los demás hoy en día, en pleno siglo XXI?
—¿Iovius? —pregunto, asombrada.
—¿Ravena? —me devuelve, con el mismo tono de extrañeza.
Me echo a reír, no tengo ni idea de por qué. Y en mitad de la risa suelto un ronquido ridículo que me obliga a hundir el pañuelo en plena cara para contener la carcajada boba.
—¿De qué huyes, «Iovius»?
—De la responsabilidad.
Ah, el típico hombre que llevo atendiendo toda mi vida. Sus matrimonios nunca funcionan, se quedan en el mismo trabajo para siempre, no consiguen prosperar porque no se comprometen, no se responsabilizan...
Antes de que termine mi análisis mental —y algo no encaja, porque todo en Iovius parece exhalar responsabilidad—, me devuelve la pregunta:
—¿Y tú? ¿De qué huyes?
Bajo la cara y doblo el pañuelo, como si fuera un origami. Suelto un suspiro lento y bajo; los ojos vuelven a escocerme.
—Creo que ya te has dado cuenta. De hecho, has sido el único en ocho meses que se dio cuenta e hizo algo... gracias.
—No me des las gracias por hacer lo correcto —dice en tono formal.
—Es que... esa era mi última oportunidad. Si no embarcaba... ¿qué habría sido de mí? —Vuelvo a sorber por la nariz y aprieto la tela suave contra mi cara, contengo el grito que me sube por la garganta y lloro en silencio; empiezo a temblar.
Al menor amago que hace Iovius de levantar la mano hacia mí, me protejo la cara, como si esperara que el golpe llegara de una vez.
Cuando espío por una rendija entre los dedos, compruebo que solo ha descorrido la pequeña cortina de la ventanilla ovalada que hay a mi lado y está echando un vistazo fuera; sus ojos brillan como dos esmeraldas en contacto con la luz.
—¿Te gusta el sol?
Esa pregunta me intriga y me saca del rincón sombrío de mi mente en el que estoy metida.
Siento el calor que irradia por la ventanilla calentándome la cara.
—Me gusta. Vengo de Minas... en esta época solemos decir que allí hay un sol para cada uno.
Su risa es agradable de oír; la manera en que su boca en forma de corazón se expande y muestra sus dientes blancos y alineados me deja medio perdida en mis propios pensamientos.
—Me gusta el sol —dice él.
—Disculpen —regresa la azafata—, lamentablemente nadie ha cedido su sitio a sus acompañantes, así que han tenido que desembarcar. Tampoco hemos conseguido un asiento en primera clase para usted... Y como no ha querido ir en la cabina con el piloto y el copiloto, me temo que este es su sitio.
—Me parece perfecto. —Me mira fijamente, como si esperara algún comentario por mi parte.
—A mí también. —Aprieto el pañuelo entre los dedos, hundiéndolo en el regazo.
La voz de Iovius es muy grave y está cargada de un acento que no es exactamente el inglés británico; recuerda al sueco o al danés.
—Si necesitan algo más, no duden en llamarme... —La azafata se despide con un gesto y se va.
Cuando el avión empieza a moverse y repiten una vez más los avisos de seguridad, doy gracias a Dios.
Agradezco el milagro que se ha obrado hoy y me muero de ganas de llegar al Reino Unido, hacer la escala de tres horas y después reunirme con mi primo en el Septentrión.
—Madre mía del amor hermoso en bicicleta sin ruedines y sin frenos. —Meto la mano en el bolso, desesperada.
¡Se me olvidó tomarme la biodramina! Y en este momento decisivo en que el avión despega, lo único que querría es estar sedada.
—¡No! ¡No! ¡No me lo puedo creer!
Me distraje con Gustavo intentando frustrar mis planes, y después con este hombretón que apareció de la nada, ¡y me olvidé de mi medicamento!
Lo busco dentro del bolso, lo revuelvo todo y no lo encuentro por ninguna parte. Cierro los ojos con fuerza y apenas respiro al sentir que el avión recorre la pista a una velocidad aterradora. En el tirón hacia arriba, cuando se me taponan los oídos, abro los ojos y casi salto del asiento.
Iovius tiene el cuello estirado hacia la ventanilla que hay a mi lado; su cara está iluminada por los rayos de sol y sus ojos verdes parecen cobrar más vida cuando miran los míos tan de cerca.
Su olor cálido a café y avellana invade mis fosas nasales como un nocaut, y las mariposas de mi estómago se preparan para su primer vuelo tras una vida entera en el capullo.
—Por el amor de Dios, sube ya, sube ya... —Vuelvo a apretar los ojos al sentir que el avión se sacude.
Mis manos inquietas no paran de golpear el reposabrazos, hasta que siento una mano enorme cubrirlas y sujetarlas con fuerza. El escalofrío me obliga a abrir los ojos y mirar al sujeto.
—¡Ay, Dios mío! —Suelto un gemidito cuando el avión se sacude otra vez.
—Todo va a salir bien, respira.
Siento que su mano me aprieta con más firmeza. Y no se retira a su sitio: sigue con el cuello estirado hacia la luminosidad de la ventanilla, y su olor parece irradiar calor, igual que el sol.
Cuando el avión por fin se estabiliza en el aire, me insulto mentalmente con todas las palabrotas que conozco.
¿Por qué demonios se me ocurrió ir en avión, si me da tanto miedo?
¿No podía haber cogido un barco y tardar una semana en llegar?
¿No podía haberme tomado la biodramina antes de inmigración?
Me dio tanta vergüenza el numerito que monté que me quedé calladita mientras sobrevolábamos el océano Atlántico.
Pasé el día entero contemplando la inmensidad azul e intentando convencerme de que por fin estaba a salvo y ya no tenía que temer nada.
Nunca más nadie va a tenerme cautiva ni a obligarme a hacer cosas contra mi voluntad.
¡Por fin soy libre!