Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Prima, tengo dos cosas que contarte —respira hondo—: Ya no estoy en París.

Y no va a ser ninguna molestia. Fuiste una de las pocas personas de la familia que no me dio la espalda ni me trató diferente cuando salí del armario; te tengo muchísimo cariño...

Hagamos una cosa: si te mando el billete, ¿vienes?

Parecía un ángel caído del cielo que acudía en mi salvación.

O un hada madrina. Cubierta de purpurina. Y bailando axé. Con Ivete Sangalo, probablemente.

Lloré muchísimo al teléfono, porque vi allí una luz en el fondo del pozo en el que estaba. Y ni siquiera le pedí nada; solo quería desahogarme y llorar, porque dolía demasiado pasar por todo aquello y guardarme lo que estaba ocurriendo.

—¿Dónde vives ahora?

—En Koioskovo.

—¿Qué sitio es ese? ¿Está en Rusia? —Se me pone la piel de gallina.

—No, boba. Es la capital de un reino muy al norte de Suiza, llamado el Septentrión.

—Vaya... no lo había oído en mi vida, Leon.

—Prima, si no vienes, por favor, ¡prométeme que vas a salir de ahí y que no vas a convertirte en una estadística más de feminicidio!

—Claro que voy a salir de aquí.

—No merece la pena vivir con ese hombre, Nena, da igual que sea tu primer amor. Si me quieres y te quieres, ¡lárgate de ahí, chica!

—¿Puedo pensarme tu propuesta, Leo?

—Claro que sí. Pero, por favor, piénsatelo rápido; no quiero que ocurra lo peor...

—Pero ¿cómo voy a pagarte? —Me pongo nerviosa.

Busco en internet el precio del billete solo de ida a Koioskovo y casi me caigo redonda al suelo.

—Puedes trabajar en mi pastelería, ¿qué te parece? ¿No me habías dicho que encontraste mi tarjeta ahí entre tus cosas y que te habías graduado en gastronomía? Tú vente, Nena, ¡vamos a hacer que la Confitería Lessa sea todo un éxito aquí!

Sí. Le mentí a Leon.

Estaba desesperada, necesitaba que alguien me escuchara y no quería reaparecer de la nada después de años sin hablar con él solo para pedirle un favor.

Le dije que me había graduado en gastronomía, que había montado una cocina de autor mineira aquí, en BH, y le pedí unas recetas para iniciar la conversación. Pero avanzamos muy rápido y me desahogué del todo antes de tiempo.

Tenía tantas cosas atragantadas, tanta frustración, tantas noches sin dormir... que me derramé como un río.

Y el mayor spoiler llega ahora: no sé hacer un brigadeiro sin que se me queme, ¡imagínate decorar una tarta!

—Vente, Nena, por favor... si no puedes quedarte con tus padres ni tienes otro sitio adonde ir...

—No... no... ellos adoran a Gustavo y van a la iglesia donde los padres de él son pastores...

—Entonces, prima, sal de ahí. Puedo pagarte un billete a cualquier parte del mundo, pero aquí puedo cuidar de ti. Piensa que no tendrás que pagar facturas, tendrás un techo, comida calentita, la ropa lavada...

—Está bien. —Me doy por vencida.

No quería darle la lata, pero la propuesta es tentadora y necesito salir de este infierno.

—¿Me lo prometes? ¿Puedo comprar el billete ahora?

—Sí... pero espera, necesitamos una fecha y yo tengo que planear la huida.

*

Mi increíble plan de fuga fue el siguiente: lo dejé todo atrás.

La nevera, la cocina, el televisor gigantesco del salón... el piso del que pagué más de la mitad y el coche que Gustavo ya no me dejaba conducir.

Mi clínica, los libros raros y las enciclopedias, mi despacho y el cuadro —ahora vacío— que lucía mi diploma en la pared.

Todo se quedó atrás.

De madrugada, un jueves en que Gustavo salió a trabajar —o se fue con su esposa—, metí ropa (di preferencia a la de abrigo), el diploma y el portátil en una maleta grande; en la de mano puse ropa interior, productos de higiene y un abrigo mullido.

Usé la aplicación de Uber con la cuenta de Leon, salí hacia el aeropuerto y viajé a Guarulhos, donde iba a coger el vuelo internacional, primero al Reino Unido y después al Septentrión.

Para mi total sorpresa, el viaje fue un éxito... hasta Guarulhos.

Todavía tenía que esperar una hora hasta volver a embarcar, así que me senté en un banco apartado de toda la gente para comerme el bocadillo que había traído de casa; solo había otros tres hombres sentados a una distancia considerable.

—Tranquila y no grites. —Oigo la voz de Gustavo en mi oído.

En ese momento sentí que la comida se me atragantaba; tosí fuerte y casi eché el bocadillo fuera. El día era frío, pero no fue eso lo que me hizo temblar: fue su presencia.

—¿Creías que no me daría cuenta? —Gustavo se relame y mira alrededor.

—Gustavo, déjame ir...

—Ya te lo dije, Ravena. —Me agarra el brazo con tanta fuerza que siento que la sangre deja de circular—. O eres mía o no serás de nadie más.

—Gustavo, delante de la gente no —gimoteo.

—Voy armado —susurra—. Levántate. Y volvamos a casa.

—No quiero ir... —Hago un puchero.

—¿Adónde ibas, eh, zorra? ¿Ibas corriendo a abrirte de piernas para otro, verdad? —Me agarra la barbilla con agresividad, pero su semblante permanece impasible.

—Gustavo, déjame ser feliz, por favor —me desespero y rompo a llorar.

Él me abraza contra su cuerpo para amortiguar el ruido y montar la escena de cara a los transeúntes.

—Tú solo vas a ser feliz conmigo. —Me aparta las lágrimas—. Te perdono, ¿vale? —Sella nuestros labios sin prisa, y siento el sabor salado invadir mi boca—. Vamos a volver a casa, les diremos a todos que sufriste un colapso nervioso y todo irá bien.

—¿Vas a cambiar? —pregunto; las manos, temblorosas, apenas consiguen quedarse quietas en mi regazo.

—Voy a cambiar, mi amor. Por ti. Te quiero. —Me levanta consigo y me hace sentir su pistola bajo el uniforme—. Ahora vamos, de vuelta a nuestro nidito de amor.

La gente de alrededor sigue distraída, pendiente de los paneles que anuncian los próximos vuelos; el mío, de hecho, sale en 45 minutos y ya ha empezado la llamada de embarque.

—Ven, mi amor. Confía en mí. Te quiero —susurra, y sus ojos azules brillan.

Gustavo me cierra la mano en torno a la muñeca con muchísima fuerza y arrastra mi maleta con la otra. No sé qué parecerá a ojos de la gente: un hombre de uniforme con pinta de buen policía llevándose a rastras a una criminal o un esposo protector intentando llevar a su mujer a casa.

—No quiero ir —digo bajito, tan atemorizada solo de pensar en revivir los últimos seis meses de mi vida que apenas consigo llorar.

—Sí que quieres, sabes que quieres venir conmigo. Tu vida entera está conmigo, mi amor. ¿Estás así porque no hemos tenido un hijo? Vuelve conmigo. Eso demostrará que lo mereces. Aún estamos a tiempo, vamos a arreglarlo...

—Por favor, Gustavo, suéltame...

—Lo hago por tu propio bien.

—¡Si no me sueltas, voy a gritar!

—¿Ah, sí? —Por fin deja de hacerse el bueno y se vuelve hacia mí, mostrando su verdadera cara—. Grita. Grita, puta histérica, monta tu numerito, venga. Solo les confirmarás a todos que has perdido el juicio. Y que yo estoy intentando ayudarte.

—Gustavo... —gimoteo, intentando soltarme.

Nadie a nuestro alrededor parece prestar atención a la situación, aun viendo que me llevan a rastras contra mi voluntad. Igual que ningún vecino llamó nunca a la policía, igual que la gente se apartaba discretamente en el garaje cuando veía a Gustavo explotar conmigo.

—¡Ven, joder!

—¡Ha dicho que la sueltes! —Se me eriza toda la piel al oír una voz muy fuerte y cargada de acento a mi espalda.

Acto seguido, todo lo que veo es una bota militar yendo directa al pecho de Gustavo, derribándolo al suelo. Con la misma fuerza con la que él cae y tira de mí hacia abajo, el desconocido tira de mí también y me pone en pie, me estrecha entre sus brazos y me aleja de Gustavo.

Recoge mi maleta del suelo, me la pone en los brazos y me empuja con delicadeza por los hombros.

—¡Huye! —gruñe bien alto.

—Pero yo... —No sé ni qué decir; me debato entre ver a Gustavo levantándose y al hombre echándome de allí. No tengo ni tiempo de darle las gracias.

—Vete de aquí —insiste.

Y echo a correr, sin mirar atrás.