Capítulo 1
Ravena Lessa
—Vas a ser mía o no serás de nadie más.
—El concepto de la microhistoria es que a nosotros nos suceden hechos mientras en el mundo ocurren grandes cosas. Así que haced una línea del tiempo contando todos los acontecimientos importantes que han marcado vuestras vidas en el pasado y lo que imagináis que puede pasar de aquí en adelante.
El ejercicio era creativo y me entusiasmó muchísimo.
En una cartulina de gramaje grueso, mi cronología empezaba así:
Nací el 19 de noviembre de 1999, muy cerquita del cambio de siglo.
A los 4 años, mis padres y yo nos mudamos de Guarulhos a Poços de Caldas, en Minas Gerais.
No cursé la etapa de alfabetización en el colegio; soy hija de una maestra, así que aprendí a leer y a escribir desde muy pronto y salté directamente a primero de primaria, por lo que siempre conviví con niños uno o dos años mayores que yo.
A los 9 años, en quinto curso, conocí a Gustavo Borges.
Y eso cambió por completo mis planes de futuro.
La línea de mi cuento de hadas que predecía el porvenir seguía así: a los 15 me graduaré en el instituto; a los 16 Gustavo y yo nos daremos nuestro primer beso y entraré en la facultad de Inglés.
A los 17 quiero empezar a trabajar, para conocer Inglaterra a los 18 con mi novio (me guardé para mí que perdería la virginidad en esa ocasión).
A los 19 nos casaremos; a los 20, ya graduada, nos mudaremos a la capital de Minas, y a los 25 quiero ser madre de un príncipe.
Expectativa: una niña soñadora y enamorada del chico más interesante del colegio, convencida de que viviría una vida de princesa Disney.
Realidad: tengo que huir del país. A un lugar muy, muy lejano.
—Vas a ser mía o no serás de nadie más —repite Gustavo, pegado a mi oído.
Presiona el cañón frío de su pistola contra mi nuca y me abraza por detrás; su cintura se mueve con muchísima violencia y yo permanezco quieta, con las lágrimas cayendo en silencio, tragándome el llanto y la desesperación para complacer sus deseos.
—Dime quién es tu dueño.
Ante la ausencia de mi respuesta, me aparta de la cara el pelo oscuro y voluminoso, me aprieta la pistola contra la mejilla y me levanta el rostro para mirarme fijamente.
—Di que soy tu dueño —gruñe, más agresivo.
—Lo eres... —digo, no sin soltar un gritito de desesperación.
—Di que me quieres.
—Yo... yo te quiero...
—¡Di que nunca vas a dejarme!
Mi silencio, que dura medio segundo, y mis ojos dilatados hacen que me cruce la cara con fuerza. Gustavo apunta con la pistola al techo y dispara, solo para demostrarme que está cargada y que él está dispuesto a acabar con toda esta mierda.
—¡Di que nunca vas a dejarme! —ordena, y siento la delgada línea entre la vida y la muerte en el calor del cañón contra mi frente.
—Nunca... NUNCA voy a dejarte, Gustavo. —Me trago el llanto. Igual que hice con mi orgullo y mis sueños de futuro.
La verdad es que sí voy a dejarlo.
Y va a ser esta noche.
A estas alturas de la película, con 24 años, imaginaba que estaría viviendo el famoso «felices para siempre» de mis fantasías preadolescentes con el chico al que amaba.
En realidad, sé muy bien que estoy al principio de la historia, en esa parte en la que las hermanastras de Cenicienta la ponen a recoger guisantes del suelo o el padre de Bella acaba preso en una torre por haber robado una rosa de la Bestia...
aunque quizá, viendo los últimos meses, creo que mi situación encaja más dentro de una película de terror.
—Tú no existes sin mí. —Gustavo empuja mi cuerpo lejos de él y se limpia con la sábana, que después me tira a la cara—. Recuérdalo.
Y sale dando un portazo.
Yo no sabía que, de niña, al desear a aquel guapo chico de ojos azules, hice de profetisa de mi propia historia.
Y de verduga también.
Todo lo que escribí en aquella cartulina de una clase de historia a los 12 años se cumplió, de hecho. Mi primer beso (y la pérdida de mi virginidad) fue con Gustavo. Y no solo fuimos novios: nos vinimos a vivir juntos a Belo Horizonte, la capital de Minas Gerais, lejos de nuestras familias.
Lo único que difiere de mi plan original es que me licencié en Psicología, no en Inglés (aunque llegué a hablarlo con fluidez). Y mi príncipe azul, en realidad, era un sapo... de esos bien venenosos.
Empecé a trabajar a los 17, como becaria en una clínica privada, en un edificio de oficinas en pleno centro de la ciudad. Gustavo aprobó las oposiciones a la Policía Federal, nos mudamos a un piso más grande y yo ya veía cómo se hacían realidad mis planes de ser madre a los 25.
—No, ella todavía no merece ser madre. Le queda mucho por aprender —decía él en tono de broma delante de mis amigos.
Y a mí solía decirme:
—Claro que vas a darme un hijo. Cuando te lo merezcas.
Todo en nuestra relación giraba en torno a eso. «Merecer».
Vale que siempre era en tono de broma para suavizar el peso de las palabras, pero Gustavo se fue transformando en otra persona, poco a poco.
Siempre fue celoso, nada tan exagerado, hasta el día en que donó mi ropa porque le parecía demasiado corta o demasiado escotada. No tardé mucho en pillarlo usando mi móvil a escondidas... y en una de esas discusiones me convenció para borrar todas mis redes sociales.
Pasó el tiempo... y un día me entró la curiosidad de leer novelas románticas como Cincuenta sombras de Grey; Amazon era un filón y yo disfruté de lo lindo aprendiendo cosas nuevas y sintiéndome cada vez más interesada en temas como la dominación y la sumisión.
Así fue como me di cuenta de que el campo de la psicología en el que quería trabajar estaba ligado al sexo, y me hice sexóloga y terapeuta de parejas. Mira tú qué ironía: empecé a salvar los matrimonios de los demás.
Como si todo aquello no fuera ya lo bastante raro, mi novio iba a recogerme al trabajo, no me permitía volver sola a casa...
mi fama creció, gente de la alta sociedad empezó a acudir a la clínica que monté en el mismo edificio donde había sido becaria...
y entonces, de la noche a la mañana, Gustavo decidió que sería bueno que trabajara desde casa.
Según él, yo podía atender perfectamente a mis pacientes por webcam. Porque no quedaba bien que me quedara a solas con otro hombre en una sala con la puerta cerrada con llave durante 45 minutos... y menos aún siendo el sexo mi especialidad.
Cuando quise darme cuenta, estaba alejada de mis amigos del trabajo... de mi propia clínica... ya no tenía contacto con los amigos de la facultad...
Y entonces lo entendí. Mejor dicho, lo descubrí.
En la séptima sesión de terapia con una paciente llamada Luana Gusmão, ella me contó con quién tenía sus problemas conyugales: Gustavo Borges, un chico que vino del interior de Minas, aprobó las oposiciones a la policía, se conocieron en la universidad... y tuvieron una hija.
¡No es que tuviera otra vida! ¡Tenía otra familia! ¡Y una hija!
Era el matrimonio perfecto. El padre de ella, un político famoso de aquí, de BH, adoraba a su yerno. Pero Gustavo a veces desaparecía... no cogía las llamadas... ya no parecía desearla como antes...
—¿Cree que puede ayudarme, doctora?
Ravena. Ese era el nombre de su hijita. Mi maldito nombre.
El tipo de broma tan idiota y tan cretina que me dejó sin capacidad de reacción cuando la descubrí.
Me sentí tan humillada, tan menospreciada y engañada que hice las maletas y decidí marcharme a casa de mis padres, al interior.
—El día que me dejes, te mato —fue lo que dijo él.
Me obligó a llamar a mis padres y a cancelar aquel viaje repentino; me obligó a decirles —con la pistola en la cabeza— que tanto trabajo había acabado con mi salud mental y que necesitaba desconectar de todo y de todos para recuperarme.
Han pasado ocho meses desde entonces. Doscientos cuarenta días en los que he tenido tiempo para muchas cosas: planear un homicidio, quitarme la vida o huir.
Voy a huir.
Como diría Freud, o Arnold Schwarzenegger: «hasta la vista, baby».
Ya he salido de la fase de negación, he dejado de creerme sus mentiras de que abandonaría a su mujer y se quedaría conmigo, he aceptado que yo podía salvar cualquier matrimonio, menos el mío...
El detonante, el relámpago que iluminó mi cielo y lo cambió todo, llegó cuando él empezó a ponerse agresivo y a pegarme; hemos llegado al colmo de que me apunte a la cabeza con una pistola para que sirva a sus deseos.
Yo ya no podía más.
Casi me convierto en actriz de tanto fingir que estaba bien, que podía olvidarlo todo, que aún lo amaba, como la chica ilusa de 12 años.
Ya no siento nada. Solo quiero salir de aquí.
Uno de estos días, mientras limpiaba la casa para ir recogiendo minuciosamente lo necesario para huir, encontré dos cosas: una fue la cartulina gruesa escrita con rotulador que contaba mi cronología, hecha a los 12 años. Allí constaba, con estas palabras: a los 25 seré madre de un príncipe.
Lloré desesperadamente, culpando a la niña tonta que fui.
¿Cómo no vi las señales? ¿Cómo pude dejar que mi vida tomara este rumbo? ¿En qué me equivoqué para que Gustavo se casara y le diera un hijo a otra mujer?
Ahora, más que nunca, sabía que jamás cumpliría el sueño de ser madre a los 25, y quién sabe si a alguna edad.
Entre trastos, dentro de un cajón, encontré una tarjeta de visita con el nombre, la dirección y el teléfono de Leon, mi primo.
Leon vivió en el interior de Bahía y, cuando salió del armario, fue un gran escándalo, más aún en una familia tan religiosa y tan unida como la nuestra. Se marchó a São Paulo y de allí se fue a París.
—Nena, ¡sal de esa situación, por el amor de Dios! —me dice desesperado, al teléfono.
—Lo estoy intentando. Te juro que lo estoy intentando, Leon.
—¿No hay un vecino? ¿Un amigo? ¿Alguien que pueda ayudarte a huir de ahí?
—No, no hay nadie... —me lamento.
—Tenemos que idear un plan. Puedes quedarte aquí, en mi casa, mientras te recuperas mental y económicamente...
—Leon, no quiero molestarte, ¡y menos ahora que tu vida va viento en popa en París!