Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Prólogo
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Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2)

Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2)

Por Yule Travalon

© inepub.com

Prólogo

Príncipe Haakon III

—¡Estoy harto de tus escándalos, Haakon! —me grita el rey—. ¡No permitiré que manches aún más la reputación de la Casa Iranovichk!

Su furia va cogiendo fuerza, como una olla a presión, ante mi silencio.

—¿No tienes nada que decir en tu defensa?

—Yo no he hecho nada malo. Solo me encontré con lady Pâmela y le dije: hola, casada. Y ella se levantó el vestido... —me defiendo—. Yo me bajé los pantalones... y el resto es el mundo animal en acción...

¿Qué le voy a hacer? Mi reputación me precede.

—¿Qué hago contigo?

—Acepta mi renuncia al trono y se acabaron los escándalos —propongo.

—Un día serás rey —ignora por completo mi petición, como lleva haciendo los últimos años—. ¡Así que empieza a comportarte como tal!

—Entonces prepárate para más titulares sobre la Casa Iranovichk, papá. —Esbozo una sonrisa de burla.

Me levanto de la silla de madera oscura con cojín rojo en el asiento y hago una reverencia lenta y prolongada, agitando la mano sin parar. En respuesta, lo oigo resoplar de rabia.

He salido a alguien. Soy más cabezota que el rey y no voy a cumplir su petición, ni aunque venga como orden real: no me casaré con la mujer que él ha elegido solo para tener un heredero ni me someteré a las estúpidas reglas de este palacio para garantizar la sucesión al trono.

—¡No puedes huir de quien eres, de tu esencia! ¡Tienes que dejar de actuar por impulso y aceptar tu destino! —brama.

—¡No! Ya soy mayorcito, puedo forjar mi propio destino. —Rechino los dientes.

—¡La casa real jamás aceptará tu renuncia! —explota, y tira al suelo el cetro, el portátil y una pila de documentos de la mesa.

—¡Ninguno de vosotros tendrá que impedírmelo si desaparezco! —Doy un portazo y marcho por el pasillo, ciego de rabia.

Aún lo oigo, incluso desde lejos:

—¡Serás rey y le darás un heredero a esta Casa Real aunque sea lo último que haga, y después de muerto volveré para atormentarte, mocoso!

Y con la sonrisa de quien acepta el desafío, murmuro:

—Pues larga vida a vuestra majestad.

*

Seis meses después

La media tarde fría y nublada de São Paulo, con su fina llovizna, me recuerda a la estación actual en el Septentrión, país formado por un conjunto de cuatro islas por encima de Escandinavia, el lugar donde nací.

En esta época el sol ni siquiera asoma por el horizonte; el día y la noche son igual de oscuros y de largos. Luces de un verde profundo y de un lila vibrante despliegan el cielo en la aurora boreal, y todos buscan un poco de pecado y de placer para entrar en calor.

São Paulo no parece muy diferente.

De todos los lugares por los que he pasado desde mi huida, Brasil ha sido, de lejos, el más interesante y rico en experiencias. He vivido tantas culturas, climas y situaciones dentro de este país que me consume la sensación de haber viajado por el mundo entero sin salir de aquí.

Para mi sorpresa, he conocido a muchos inmigrantes que encontraron aquí un hogar, lo que me hizo decidir poner fin a mi búsqueda de un nuevo hogar y quedarme en la ciudad de la garoa.

Pero entonces me encontraron.

Empezó por la mañana.

Salí a mediodía para vender algunos diamantes y tener dinero en efectivo en las manos, ya que usar tarjetas estaba fuera de toda consideración.

Mi país es uno de los mayores productores de diamantes del mundo, mi familia posee unas reservas envidiables y yo estoy viviendo como si no hubiera mañana con la parte de la riqueza que me corresponde.

Funcionó. Hasta ahora.

—¡Maldita sea! —refunfuño.

Meto las manos en la sudadera al ver en uno de los muros de la Avenida Paulista un cartel gigante con mi foto. Leo rápidamente el texto en varios idiomas: ¿ha visto a este hombre? Contacte con nosotros en el número...

—¿No es él? —Una mujer me apunta a la cara con el móvil, oigo un clic bajito y la veo alejarse deprisa, casi huyendo, como si yo fuera algún tipo de criminal.

Arranco el cartel de la pared y lo tiro a la papelera más cercana. Tampoco era bueno, la verdad: no favorecía mi perfil ni mostraba mis nuevos tatuajes.

Deberían actualizar esa foto.

—¡Deprisa! ¡Lo hemos encontrado! —Oigo dos voces que suenan en mi lengua materna y giro el cuello para comprobarlo.

Al ver el sello real del reino estampado en sus trajes, no me cabe duda: pertenecen a la policía secreta del palacio. De inmediato me vuelvo hacia el lado opuesto, pero las voces aumentan:

—¡¿Alteza?!

—¡Más rápido, que no escape! ¡Llama a todas las autoridades, di que lo hemos encontrado!

—¡¿Señor?!

Corro tan rápido como puedo hacia el metro más cercano; a medida que avanzo, la gente se va apartando de la acera, abriéndome paso. Doy gracias a Dios por llevar unos reales en el bolsillo para comprar el billete, salto varios tramos de escaleras para ganar tiempo y desaparezco en un vagón.

—Malditos, no me puedo creer que vaya a tener que irme de este país. Justo cuando estaba encontrando mi sitio... —digo jadeando, cuando por fin tengo tiempo para respirar.

*

Si esta es la última vez que voy a estar en São Paulo, pienso disfrutar de la noche como si el mundo se fuera a acabar. Es en lo único que pienso.

He vendido menos diamantes de los que quería, pero llevo una maleta llena de dinero.

He planeado toda mi huida: puedo volver a Bahía, un lugar cálido y acogedor.

Viviré navegando a vela y sin dormir, por culpa de las fiestas alternativas.

Después me las apañaré para pedir asilo en Japón, o quién sabe si en Dubái...

A punto de llegar a una de las discotecas más caras que la ciudad que nunca duerme tiene para ofrecer, veo a los hombres de esta mañana. Aprieto el paso para entrar, pero me alcanzan, tan absortos como yo por este encuentro.

—¡Mierda! ¡No os rendís nunca! —refunfuño.

Al ver que el más grande abre la boca, lo interrumpo con la mano.

—¡Ni una palabra! No me importa, no quiero saberlo. Yo me desvinculé de mis deberes reales, aunque vuestro rey no lo aceptara. ¡Así que volved a la Vieja Escandinavia y dejadme en paz!

—Vuestra Alteza, el príncipe Haakon —se dirige a mí con muchísimo respeto y hace una reverencia.

Lo que llama bastante la atención en la cola abarrotada para entrar en la discoteca. La gente empieza a estirar el cuello y a preguntar en voz alta quién soy.

—No hagas eso, aquí no. —Lo levanto—. No voy a volver, y no podéis llevarme a la fuerza. —Me cruzo de brazos.

—¿No ha seguido las noticias, Alteza?

—No. No pierdo el tiempo con la tele ni con internet; hay tanto que vivir fuera de aquel palacio que lo último que quiero son noticias de mi patria.

—Tiene que volver, Alteza —dice el otro, e inclina la cabeza con sutileza para no llamar tanto la atención.

—¿Cómo habéis acabado aquí? ¿Tan obvio he sido? Primero me fui a Canadá, después estuve en Chile... Caray... ¡Pues sí que sois buenos!

—No queda tiempo, tenemos que tratar un asunto urgente.

—Mi única urgencia es emborracharme y perder el juicio esta noche. —Me río—. Lejos de los paparazzi y de los titulares del Septentrión. Buscadme mañana... o cuando vuelva a estar sobrio... quién sabe, quizá la semana que viene...

Me acerco al portero de la discoteca, listo para entrar.

—Tiene que regresar y asumir el trono.

—Qué pesados sois... nunca os rendís —refunfuño, y les doy la espalda.

—Su avión llega mañana al final de la tarde.

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo? ¡No quiero ni necesito el puto trono!

—Hemos venido a buscarlo porque Su Majestad, el Rey, sufrió un mal repentino y estaba en el hospital...

Interrumpo al hombre antes de que me convenza con su teatrillo.

—Pues enviadle a Su Majestad mis más sinceros deseos de salud y de pronta recuperación.

—Alteza... el rey ha muerto.