Embarazada del Don (Contratada para darle un heredero) 18 Su regreso
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18 Su regreso

Su regreso

LUCA

Las puertas se abren antes de que el coche se detenga por completo. Para cuando salgo, mis hombres ya se están moviendo, uno a mi hombro, otro a cierta distancia, pero no aminoro el paso por ellos. Se retiran en cuanto lo comprenden.

No estoy disponible. Todavía no.

Ella está en el jardín, sentada en un banco, con un libro abierto en las manos y la luz del sol bañándole el rostro.

Mi atención ya está fija en ella.

Levanta la vista antes de que yo diga nada. —Has vuelto.

—Tal como prometí que haría —me detengo frente a ella—. Y tú estás cumpliendo con tu horario.

Sus dedos se aprietan contra el libro. —Sí.

—¿Citas con el médico?

—Sí.

—¿Descanso?

Pone los ojos en blanco mientras se pone de pie. —No quiero descansar, quiero que me beses.

Se inclina hacia delante y me muerde el labio inferior. No lo suficiente como para herirme, pero sí para que sienta el desafío en el gesto. Quiero reír. Quiero sentarla en mi regazo y enseñarle cómo terminará esto, pero no lo hago.

Entrelazo los dedos en su pelo, pero no tiro.

Todavía no. Le sostengo la cabeza completamente quieta para que no pueda moverse a menos que yo se lo permita.

Sus brazos permanecen a los lados, rígidos y precisos.

La beso con más fuerza. Deslizo mi boca desde la suya hasta su mandíbula, el borde del cráneo, ese lugar justo detrás de la oreja que hace que su mandíbula se relaje y su respiración se vuelva errática.

No necesito preguntar cuánto me ha echado de menos.

Todo su cuerpo me está dando las respuestas.

—¿De verdad me has echado de menos? —susurro.

—Tanto como tú a mí.

La levanto, con una palma en la nuca y la otra bajo el muslo.

No pesa casi nada. Envuelve sus piernas alrededor de mi cintura y la llevo a través del jardín; su peso y su calor son un único punto de gravedad que me arrastra hacia la hierba.

Los guardias apartan la mirada, con los rostros tensos, entrenados para no ver.

Las plantas sacuden destellos de luz solar a nuestros pies mientras la deposito en el borde del banco de piedra y luego me arrodillo ante ella, porque aquí este mundo es privado y quiero que sepa exactamente lo poco que importa todo lo demás.

Espero a que se abra, a que se entregue a mí, pero mantiene las rodillas juntas y los pies plantados. La ira que desprende es casi sexual. Me sostiene la mirada, con la mandíbula apretada y la barbilla lo bastante alta como para desafiarme sin llegar a apartar el rostro.

—Demuéstrame que lo quieres —digo en voz baja.

Sus brazos siguen rígidos, pero desliza ambas palmas por el borde del banco, apoyándose, e inclina las caderas hacia delante hasta que puedo ver el pulso acelerado en la unión de sus muslos.

No lleva ropa interior bajo el vestido. No hay rastro de vergüenza.

Separa las rodillas para mí y el jardín parece florecer al ritmo de esa apertura.

La luz del sol se derrama sobre su piel, atrapada en sus pestañas y pómulos, y pienso: Es la primera vez que quiero que me vean.

—Quiero que me lo supliques, Elena.

—Por favor —dice haciendo un mohín—. Déjame sentirte, Luca.

Casi me destruye. Esa confesión tan simple: ni desafiante, ni tímida, ni siquiera audaz.

Simplemente honesta, desnuda y cruda, como si ese anhelo que ha estado cultivando nunca hubiera tenido la intención de ocultarse.

Como si finalmente hubiera dejado de fingir que puede vivir solo de la negación y el autodesprecio.

Rodeo sus rodillas con las manos. Las separa de nuevo para mí, pero solo lo justo para que pase el aire. El límite que traza es un desafío, no una retirada. Podría obligarla a abrirse más. Podría obligarla a cualquier cosa. Ella lo sabe.

Hay una tensión en ella, una especie de espera ensayada, como si se estuviera preparando para la descarga eléctrica en la raíz de cada nervio, del mismo modo que un nadador se prepara para el agua fría antes de entregarse al chapuzón.

Me tomo mi tiempo, con los pulgares recorriendo el pliegue entre el tendón y el hueso, donde el músculo vibra de adrenalina.

Presiono ambas palmas a lo largo de sus muslos, lo suficientemente despacio como para que se estremezca a pesar del calor.

El jardín huele a ambrosía, a rosas blancas y a hierba empapada, y quiero que cada aroma se quede adherido a su piel cuando la someta.

Pero no lo hago. Todavía no. Quiero que se retuerza en su propio deseo.

Mantiene la tensión como una violinista, cada músculo al límite pero sin llegar a temblar, cada hueso dispuesto a resistir la fuerza que espera, teme y ansía al mismo tiempo.

—Ábrete para mí —digo.

En lugar de separar las piernas, sube un pie, presionando el talón contra mi hombro y trazando con los dedos una línea que baja por mi pecho, deliberada y lenta. Su vestido se amontona alrededor de su cadera y la veo abrirse con los ojos hambrientos.

Deslizo la lengua por su pantorrilla y luego subo por encima de su rodilla.

El sabor es limpio, cálido por el sol, con capas de sal de su sudor.

Ahora está temblando un poco; la violencia que lleva dentro se manifiesta en su forma de exhalar, de manera forzada y lo bastante áspera como para divertirme.

Le agarro el tobillo, tiro de su pierna para abrirla aún más y ella suelta un siseo, a medias de dolor y a medias de deleite.

—Dime lo que quieres —exijo.

Enseña los dientes. —Quiero que me destroces.

Su honestidad es como una bofetada y quiero marcarla por ello. Mi control es casi inexistente ahora, tan tenue como el arco de su pie contra mi pómulo.

Muerdo la carne suave de la parte interna de su muslo, subiendo con la boca, y el sabor es vívido, perfilado con la sal frenética del miedo animal.

Está tan empapada que su humedad me atrapa la lengua y me cubre los labios de una forma que me darían ganas de exhibir ante cada puto guardia de esta propiedad.

Pero no soy tan monstruo.

La agarro por las caderas y la atraigo con fuerza contra mi cara.

Se desmorona al instante; la tensión que la consume recorre cada músculo y deja su cuerpo rígido, para luego relajarlo.

Quiero decir su nombre, pero ha desaparecido, atomizado en los espasmos de su cuerpo.

Sus manos se aferran con los nudillos blancos al borde del banco, con las uñas hundiéndose en la piedra, y restriego mi boca contra ella hasta que siento que se quiebra de nuevo bajo mi lengua.

El grito es silencioso, con los labios entreabiertos y la mandíbula convulsionando, pero no escapa nada.

Buena chica. Ha aprendido la contención del mejor.

La mantengo así, trabajando sobre ella hasta que los temblores remiten. Solo entonces me aparto, dejando que se recueste. Su vestido está enredado alrededor de su cintura y el sudor le pega el cabello a la frente y al cuello.

Me relamo los dientes, despacio, dejando que vea el brillo húmedo en mi barbilla, la prueba de lo que me ha hecho a pesar de que ni siquiera me he desabrochado el cinturón todavía.

—Sigues sabiendo malditamente bien —digo suavemente.

Ella se limpia la boca entonces, cruzando su mirada con la mía, y restriega el dorso de su mano por su muslo, como si quisiera conservar el rastro que he dejado. Suelta una risa ronca, con la crueldad asomando en su sonrisa. —¿Te sorprende?

—Me impresiona —respondo.

Niega con la cabeza, pero sigue sin aliento y todo su cuerpo resplandece con las pruebas de cómo la he deshecho. Se endereza, alisando con las manos el vestido sobre sus muslos, como si todo esto pudiera plancharse con ese simple gesto.

—Tu turno —dice, y las palabras son un desafío y una invitación combinados, tan amargas como dulces.

Estoy duro. Lo he estado desde antes de bajar del coche, desde antes de que sus ojos recorrieran mi cuerpo y me desnudaran con nada más que un movimiento ascendente y el pretexto de la indiferencia.

Me inclino y dejo que sienta la restricción en mis hombros, la onda de poder contenida solo porque ella quiere ver cuánto tiempo puedo mantenerla así.

Alarga la mano y desliza los dedos por mi cinturón. Sus manos tienen ahora un temblor que delata las secuelas de su orgasmo, pero no deja que eso la detenga. Su pulgar engancha el cuero, tirando, vacilante durante exactamente un latido antes de decidirse.

Dejo que forcejee con la hebilla. Ella quiere ganar este asalto, abrirla, rozando con la palma el bulto de mi polla a través de la tela. Es deliberada, sin apartar la vista de mi cara, catalogando cada microrreacción.

La domino en el último momento, entrelazando mis dedos con los suyos y clavando su muñeca contra el banco. La piel de su brazo es tan fina que resulta casi transparente bajo esta luz. Recorro una vena azulada con mi lengua, una amenaza y una promesa. Ella tiembla y yo la sujeto con más fuerza.

Quiero inhalarla, arrancarle el tuétano de los huesos, pero voy despacio. Abro la cremallera. Cojo su mano y la envuelvo alrededor de mí. Ella gime al sostenerme.

—Joder, se siente tan bien —suelta entre dientes.

La observo mientras ella me observa a mí, con la piel sobre los nudillos blanca por la fuerza de su agarre.

Mueve la mano con tirones cortos y ávidos.

Poniendo a prueba el límite de mi autocontrol, desafiándome a que le arrebate el ritmo.

La dejo disfrutar del momento, dejo que pase el pulgar por la punta húmeda, extendiendo el líquido preseminal como si estuviera marcando su territorio.

Sus rodillas flanquean mis caderas, con las pantorrillas tensas y los muslos brillando de sudor.

Me guía hacia ella, lubricada y abierta.

Empujo hacia dentro, despacio al principio y luego de golpe; su calor es una incisión, una herida en la que quiero vivir.

Le sujeto las caderas, clavando los pulgares.

Empieza a soltar un gemido pero lo ahoga, hasta que solo queda la forma gutural de mi nombre en su garganta.

El sabor de ella sigue en mi boca, tan espeso y mineral que apenas puedo respirar. La violencia de su deseo me ha arruinado, así que uso lo que me queda de compostura para afianzar sus muslos alrededor de mi cintura y tomar el polvo que necesito.

El ángulo no es apto para la suavidad, así que es duro y profundo. Los sonidos de nuestro acoplamiento surgen de ambos. Me clava las uñas en los hombros, restregándose contra mí con los dientes apretados. Estamos tan cerca que es casi imposible distinguir dónde termino yo y empieza ella.

Está ansiosa por ello, retorciéndose, buscando cada embestida castigadora con una necesidad que me asombra.

Bien. Yo también quiero asombrarla a ella.

Le suelto las muñecas y subo la mano hasta su garganta, sin apretar, solo sosteniéndola, con su pulso tronando contra mi palma. Ella enseña los dientes en una sonrisa que es pura rebeldía y yo me inclino cerca, con los labios en su oreja, y gruño: —¿Quieres que te destruya?

Ni siquiera parpadea. Me sostiene la mirada con la misma calma que alguien que camina voluntariamente hacia un tiroteo, aceptando ya la bala como suya, y asiente una vez.

—Hazlo —sisea.

Mi visión pulsa en rojo por los bordes. Podría llenarle los pulmones con el sonido de mi nombre, ahogarla en él, pero no necesita eso.

Necesita saber exactamente cómo se siente cuando pierdo el control.

Mi mano en su garganta. Sus manos agarrando mi muñeca, no para apartarme, sino para anclarse, para garantizar que recordará la sensación de ser poseída, de ser suya, de ser follada hasta romperse.

Me hundo en ella como un pistón hasta que sus ojos se ponen en blanco y sus caderas pierden el ritmo.

Con un jadeo, se contrae a mi alrededor, una presión similar a un tornillo de banco que le arranca hasta la última gota de resistencia.

Tiene la boca muy abierta, pero el grito sigue siendo silencioso, con la mandíbula demasiado rígida.

No puedo parar. La fricción es irreal, el calor palpitante dentro de ella es un agujero negro que absorbe hasta el último pensamiento racional de mi cuerpo.

Estrello sus caderas contra las mías, una y otra vez, hasta que el sudor me cae en los ojos y el mundo se reduce a un solo eje, una bisagra donde nos encontramos, nos quebramos y nos volvemos a encontrar.

Querría durar horas, pero ese lujo ha desaparecido, reducido a polvo bajo las exigencias al rojo vivo de su sexo, flexionándose y sufriendo espasmos contra mí incluso después de que su cuerpo haya renunciado a cualquier atisbo de autocontrol.

Llega al orgasmo de nuevo, arañándome la espalda con tal profundidad que sé que quiere que luzca sus cicatrices con orgullo. Mi mano en su cuello la mantiene en el presente; cada estremecimiento es un mensaje.

Confía en mí lo suficiente como para dejar que la rompa, y preferiría morir antes que traicionarla.

Palpito dentro de ella, una, dos, más veces de lo que parece posible, la pérdida es total y catastrófica.

Mi cuerpo no es más que terminaciones nerviosas y oscuridad.

Siento que su cabeza cae hacia atrás, con el pelo húmedo atrapado bajo mi palma y sus uñas marcándome mientras detono en su interior.

No es suficiente. Nunca será suficiente.

La follaría hasta que todo el jardín se arrancara de raíz si pudiera.