Embarazada del Don (Contratada para darle un heredero) 15 La rendición a la que ella no pondrá nombre #2
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15 La rendición a la que ella no pondrá nombre #2

Me besa el cuello, rozando con los dientes hasta la clavícula. Me suelta los tobillos y la oleada de alivio es mareante.

Pero sé que aún no ha terminado conmigo.

Se baja de la cama, moviéndose tan rápido que me sobresalto, y mi cuerpo se incorpora sobre mis codos temblorosos.

Pienso que se va a marchar, pero solo se dirige al armario y lo abre con una fuerza innecesaria; la puerta rebota contra la pared.

Regresa con una corbata de seda azul marino, que retuerce entre sus manos, probando la tela.

Luego sube a la cama y la deja caer sobre mi cuello.

Al principio está fría, chocando contra el calor de mi piel.

Observa el movimiento de mi garganta, esperando a que me estremezca o me niegue.

No lo hago. Levanto la barbilla, ávida de más.

La envuelve despacio, saboreándolo. La seda presiona bajo mi mandíbula, cortando mi siguiente aliento antes de que piense en tomarlo.

Mantiene el nudo flojo, pero con cada latido, el espacio entre nosotros se estrecha.

Su mano se hunde en mi pelo y tira de mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarle a la cara.

—¿Me quieres, Elena? ¿Todo de mí?

—Sí —susurro, aunque es más bien un ronquido.

Su mano se aprieta en mi pelo y la seda se ajusta a mi garganta, perfecta e ineludible. La mantiene ahí, no lo suficiente para ahogarme, solo lo justo para reclamarme. Una correa hecha de algo más suave e infinitamente más peligroso que una cuerda.

Se toma su tiempo ahora. Lo observo con los ojos muy abiertos, con todos los sentidos encendidos y desesperados.

Me mira como si fuera su presa favorita.

La corbata en su mano izquierda, controlando cada bocanada de aire; su mano derecha rozando mi caja torácica, deteniéndose donde mi cuerpo es más blando.

Donde ya ha dejado una marca permanente.

La sensación de desamparo es exquisita. Nunca me había entregado así antes, no por completo.

Nunca pensé que pudiera hacerlo. Pero con él, entiendo lo que es desear la aniquilación.

No como un castigo, ni tampoco como una rendición.

Es un experimento. Un reto. ¿A cuánto de mí misma puedo renunciar?

¿Cuánto puede tomar él antes de que yo desaparezca y me convierta en algo completamente nuevo?

Todo en mi interior está frenético, arañando la cara interna de mis huesos.

Me da vueltas la cabeza, oigo la sangre con fuerza en mis oídos; todos mis sentidos se contraen en torno al punto donde su mano, la corbata y sus ojos me retienen.

Se inclina y su boca encuentra la mía con una nueva clase de exigencia, menos relacionada con el hambre y más con la demostración.

Como si, de no responder yo, de no igualar su necesidad, todo fuera a colapsar sobre sí mismo.

Así que lo hago. Me abro para él, chocando los dientes, con los labios ya entumecidos por la presión.

Su lengua es despiadada, saboreándome como si intentara trazar el mapa de mi desesperación solo con su boca.

Cada vez que me estremezco, me recompensa con una fracción menos de aire, un segundo más de demora en el alivio, como si me estuviera entrenando en la cadencia de su necesidad, y yo estoy desesperada por aprender más rápido.

Me suelta el pelo de golpe, con el puño aún envuelto en la seda, manteniendo mi cuello estirado mientras su cuerpo cubre el mío.

El nudo cambia, se aprieta; siento el verdadero filo de la falta de aire florecer en mi pecho, y es una bendición.

Mis manos son inútiles, extendidas y vacías a mis costados, y la parte de mí que solía temer a esta clase de deseo ha desaparecido hace mucho tiempo.

Sube la rodilla entre mis piernas y me presiona con fuerza. La fricción es lo bastante aguda como para cegarme.

—No me quieres delicado.

Sus palabras son un veredicto. Niego con la cabeza, o lo intento.

Se mueve, con la rodilla manteniéndome abierta, y usa ambas manos para anclar la corbata en mi garganta.

Entonces su boca está en todas partes a la vez.

Mi mandíbula, mi hombro, bajando directamente hasta mi pezón.

Muerde y yo grito; mi voz suena fina y ronca por la incredulidad de que pueda ser así de animal, de que pueda querer ser destrozada y rehecha con cada pasada de su lengua, con cada roce de sus dientes.

Se hunde en mí, succionando con fuerza hasta que veo estrellas tras los párpados.

Cuando finalmente cesa, todo el lateral de mi pecho vibra, teñido de oscuro con un hematoma que me dice que, mañana, esto seguirá siendo real.

Se desplaza hacia abajo y la corbata tira de mí, poniendo en alerta a cada una de mis células.

Su lengua recorre la línea de mis costillas, y luego más abajo, más abajo, hasta las puntas de mis caderas.

También muerde ahí, dejando pequeñas advertencias rojas por todo el camino hasta la tierna piel del interior de mi muslo.

Saboreo el calor de su aliento, el temblor de sus manos cuando me obliga a abrir más las piernas. Él desea esto tanto como yo.

Quizá más.

No vuelve a hablar. Ni cuando engancha sus brazos bajo mis rodillas y me sujeta las caderas para que no pueda escapar. Ni cuando se inclina y reclama primero mi boca, con la lengua presionando con una intención patentemente obscena, sin dudar, porque ¿por qué iba a dudar?

El primer toque es un impacto, un hambre fría y húmeda hecha realidad, y cada sonido involuntario que emito es un clavo más en el ataúd de mi compostura.

Sus manos mantienen mis caderas aplastadas contra el colchón, sin escapatoria, nada más que su boca y la corbata y el arco casi doloroso de mi cuerpo.

Me devora como si fuera su puto trabajo.

Como si el mundo fuera de esta cama no existiera, o si existe, como si pudiera saquearlo por completo y aun así no sentirse satisfecho jamás.

Lame cada hilo de deseo, cada gota de vergüenza, y cuando me atraganto con un sollozo, gruñe contra mí; la vibración es lo bastante aguda como para derretir los huesos.

Mis talones se clavan en su espalda y eso le hace sonreír. Le gusta que luche, incluso cuando no sirve de nada. Especialmente entonces.

Cuando me acerco al clímax, se retira, usando los dientes o la parte plana de la lengua, prolongando la sensación con una crueldad deliberada hasta que mi cabeza estalla de necesidad.

Aparta la boca y me observa. Un segundo, dos, luego vuelve arriba, con la mano en la corbata, tirando de mí hasta sentarme, y me doy cuenta de que no he tomado aire de verdad todavía. No desde que empezó.

Tengo la boca abierta, y cuando se inclina, su lengua recorre la comisura de mis labios. El sabor de mi cuerpo está en todas partes. Me besa como si estuviera hambriento de ello, despacio al principio, luego más profundo, hasta que me duelen los dientes por la presión.

Estoy dando vueltas. Sin sentido.

En algún lugar entre la bruma, noto que se ha desabrochado la camisa, lo justo para que pueda ver el triángulo de piel en su clavícula, la curva del músculo en la base de su cuello.

Sigue teniendo el control, pero hay un hilo que se suelta, algo que es menos que contención, algo justo al borde de desatarse.

Quiero que pierda los papeles. Quiero ver qué pasa cuando no se contiene.

Me dobla hacia atrás sobre la cama, con una palma en mi esternón para mantenerme abierta. Con la otra mano, afloja la corbata apenas un centímetro, lo justo para un ávido trago de aire, y el alivio es un subidón por sí mismo.

Entonces se retira. Apenas a un paso, y parpadeo, aturdida por la pérdida de contacto.

Se quita los pantalones con una eficiencia ruda y poco ensayada, sin molestarse con los botones.

Su miembro está rígido y congestionado, y la visión de este contra la oscuridad de su camisa hace que todo lo que hay tras mis ojos se disuelva.

Lo quiero —dentro de mí, en mi garganta, en todas partes— y él lo sabe.

Sube a la cama, con la rodilla entre mis piernas, con la mano envolviendo la base de su miembro.

Se acaricia una, dos veces; la punta está oscura y húmeda, y no reconozco el ruido gutural que sube por mi garganta, todo aristas y necesidad.

Inclina la cabeza y, durante un segundo incandescente, estoy segura de que va a ponerme de rodillas y a poseer mi boca hasta que olvide mi propio nombre.

Pero quizá sepa que no puedo aguantar tanto tiempo, y quizá él también esté cansado de esperar, porque se alinea, apretando mis caderas tan fuerte que me salen moratones antes incluso de entrar.

El primer embite lo desencaja todo dentro de mí.

Es grueso y despiadado. Hasta el fondo, sin piedad, y mi cuerpo cede como si solo estuviera esperando a ser abierto.

Me arqueo, con un grito atrapado entre los dientes, pero él me tapa la boca con la mano, sonriendo como si disfrutara del sonido aunque no me deje emitirlo.

No se mueve, al menos al principio. Se limita a mantenerme así, tan llena que tiemblo y me pregunto si va a romperme por las costuras.

Entonces empieza a moverse. Me posee con el mismo ritmo con el que hace todo. Preciso, vicioso hasta que deja de serlo. Cada embestida es una prueba deliberada de cuánto puedo soportar, estirándome hasta mis límites y luego más allá.

El dolor es perfecto, el filo de este endulzado por saber que, si le pidiera que parara, lo haría. Esa es la diferencia, lo que toma mi desesperada hambre animal y la convierte en algo casi insoportable: la seguridad en la violencia. La seguridad en su poder total sobre mí.

Me suelta la boca, el tiempo justo para que jadee, gima, me deje desmoronar en su nombre.

—Joder, Elena, estás… —Se interrumpe, con la mandíbula tensa y el sudor perlando su frente.

Está cerca. Puedo sentirlo en cómo sus manos tironean de mis caderas, de mis muslos, de la corbata. Ya no queda delicadeza alguna, solo un staccato de pura necesidad. Lo rodeo con las piernas y lo acerco más, desafiándolo a romperme.

Lo hace.

Me posee hasta que puedo sentir cada centímetro de él cartografiado en mis entrañas, hasta que cada movimiento de sus caderas es una discusión que pierdo con gusto. Su mano vuelve a mi garganta y se inclina, con la boca en mi oído, y sus palabras me destrozan: —Tómalo. Todo. Nadie más tiene esto.

Le creo.

Me estremezco a su alrededor, con los músculos bloqueados y el pulso rugiendo mientras el placer incandescente me atraviesa los nervios, los huesos y el vientre.

No baja el ritmo. Si acaso, el borde de mi orgasmo solo lo espolea, le hace perseguir su propio final con más fuerza, como si quisiera terminar dentro de mis sacudidas.

La corbata se clava, el mundo se reduce a un único punto brillante, y sé que estoy repitiendo su nombre tantas veces que deja de significar nada que no sea calor, vibración y una peligrosa y sagrada fricción.

Lloraría si me quedara aliento, pero él está apretando la corbata bajo mi barbilla mientras llega al clímax, una oleada que parece quebrar algo dentro de él; su voz suena rasgada, cada músculo tenso y tembloroso.

Pasa un minuto antes de que logre sollozar el oxígeno suficiente para orientarme.

Luca está encorvado, con el cuerpo sacudido por la resaca del orgasmo, el sudor y una risa oscura.

Pese a todos los mitos que se crean sobre los hombres, no hay nada tan hermoso como un hombre que no puede ocultar su necesidad, que te la entrega en bruto y sin disculpas.

Deja que la corbata se suelte con cuidado, a pesar de que le tiembla la mano. La seda permanece en mi garganta, un recuerdo magullado. No me muevo. Quiero que vea lo que ha hecho.

Me observa, de la forma en que se observa una puesta de sol.

Mitad asombro, mitad pesar. Por un momento, no hay nada entre nosotros salvo nuestros jadeos y el peso de lo que acaba de suceder.

No sé si quiero reír o llorar o pedirle que lo haga todo de nuevo hasta que no quede nada de mí, salvo piel y dolor.

No dice nada. Simplemente se desliza a mi lado, hundiendo el colchón con su peso, con la mano aún apoyada en mi muslo dolorido, como si no pudiera soltarme del todo. Observo el tic de su mandíbula, el centelleo tras sus pestañas.

Está pensando demasiado otra vez.

Un problema que quiero resolver con mis manos, quizá con mis dientes.