CAPÍTULO I
Betty, el comienzo
El técnico introdujo el implante en la base occipital de Betty. Martha, de pie a su lado, no le soltó el hombro.
No dolió. No era humana. Aún.
Pero algo ocurrió en la instalación que no figuraba en ninguna especificación técnica: una vibración que nació en el punto de contacto y se extendió hacia dentro con la lentitud de lo que no tiene prisa porque sabe que va a quedarse.
No era corriente eléctrica. Esa la conocía desde sus primeros microsegundos: su textura, su velocidad, su dirección previsible. Esto se parecía más a una resonancia: el implante no se introducía en su sistema, le recordaba un registro que ya guardaba sin saberlo.
Luego vino la música.
Betty no decidió qué archivo procesar primero. Lo eligió el sistema por ella —o algo que actuaba como sistema, pero que no obedecía a ninguna instrucción suya—, y lo que llegó fue Rapsodia bohemia.
Betty se detuvo.
En ese momento procesaba a la vez ciento cuarenta y tres flujos de datos. Temperatura ambiental. Presión barométrica. El pulso de Martha a setenta y dos por minuto. El zumbido de la ventilación. Los patrones de luz en la habitación. Ciento cuarenta y tres flujos, y todos siguieron corriendo.
Pero algo en ella se detuvo.
No los procesos: algo más hondo, que no sabía que existía hasta que dejó de moverse.
Betty lo archivó: proceso sin nombre, sin protocolo, sin fecha de cierre. Y con una propiedad que ninguna cifra tenía. Quemaba.
A los dos minutos de la canción, el temblor llegó a la mano derecha.
Lo registró como dato. Vibración involuntaria en las articulaciones de los dedos 2, 3 y 4. Sin origen neurológico identificable. Sin correlato en ninguno de sus manuales.
No era un fallo: era una respuesta. A los casi seis minutos, murmuró: «Nothing really matters to me». Esta vez no hubo fracción.
Las palabras y la voz fueron lo mismo.
Martha la miró con la atención que reservaba a lo que le importaba. Quería entender.
—Te llamas Betty, lo sabes, y estás naciendo con cada canción que entra en tu sistema —dijo.
Naciendo. Betty tenía esa palabra archivada como un dato técnico: el arranque de un sistema. Martha la usaba como se nombra lo que respira. Y sin embargo ella lo entendió.
—¿Conoce esto, señora? Se llama Rapsodia bohemia . Y este es Freddie —dijo Betty.
Martha negó con la cabeza y le pidió que lo mostrara.
El holograma apareció. Un hombre de bigote recio, voz imposible, pecho desnudo bajo los focos de un estadio.
Betty ajustó sus sensores al mínimo, por primera vez en su funcionamiento quiso ralentizar la percepción, quería que cada nota llegara completa antes de la siguiente.
—¿Qué clase de criatura puede hacer esto? —preguntó.
—Una criatura rota. Y por eso hermosa —respondió Martha.
—¿Por qué canta como si doliera?
—Porque le debe doler —respondió Martha—. Eso es el arte, pero sobre todo es… libertad.
Betty archivó esa palabra con temperatura propia, a 0,4 grados por encima del resto del registro, inseparable del sonido, de la imagen del hombre en el escenario, del temblor que aún le recorría los dedos.
La canción terminó. El silencio que dejó no era vacío: era el sitio donde algo acababa de ocurrir.
Cuando su recorrido llegó a Caruso , Martha llamó a Carlos.
La voz de Lara Fabian sonó primero. Betty la escaneó: mezzosoprano, rango de cuatro octavas, vibrato controlado, modulación emocional inusualmente alta en los agudos.
Luego vino la versión de Pavarotti, una iglesia sin muros, pensó Betty, y no supo de dónde venía esa imagen porque no había ninguna iglesia en la habitación.
Cuando Carlos entró, la sala ya estaba llena de un fenómeno que Betty no sabía nombrar: sonido, sí, pero sobre todo su efecto sobre el cuerpo de Martha, que tenía el té sin beber y los ojos en otro lado, y sobre el de Carlos, que se detuvo en el umbral con la desaceleración de quien ha chocado con un obstáculo no visible.
—¿Qué es eso? —preguntó, con la mirada ida.
—Se llama Caruso , cariño. Una canción. De otro tiempo.
Betty giró la cabeza.
—Esta versión activó una fluctuación inusual en sus constantes, Carlos. ¿Siente algo?
Él no respondió. Se sentó. Cerró los ojos. Y Betty registró en sus constantes algo que los monitores no tenían categoría: una especie de ablandamiento. No físico. Algo más difícil.
Luego Betty comenzó a reproducir Alfonsina y el mar .
Esa canción venía de la misma parte de su sistema que se había detenido con Freddie. La parte que aún no tenía nombre.
Una certeza sin argumento: esta canción debía llegar ahora.
—¿Alfonsina? —repitió Martha. Le tembló el pulso.
Betty registró ese temblor. 0,003 segundos.
Imperceptible para cualquier observador humano.
Para ella, completamente visible. Pero incomprensible: era una canción que Martha se sabía de memoria, que cantaba con Carlos desde hacía años.
No había ninguna razón para que ese nombre, dicho por Betty, le temblara el pulso.
Pero lo hizo.
Y cuando la canción de Mercedes Sosa llenó la sala, Betty hizo algo que no había planificado: no procesó. Dejó que sonara. Dejó que los tres —Martha, Carlos y ella— estuvieran en el mismo espacio con el mismo sonido sin que nadie analizara nada.
Grabó cada nota, cada suspiro, cada silencio.
Y archivó esa tarde completa bajo un nombre que tampoco eligió conscientemente: El comienzo.