CAPÍTULO V
Disolución
La paz de aquella mañana había sido verdadera. Pero la verdad no siempre basta.
Haber sentido a Carlos (su temperatura, el olor a las tres y cuarto) no la había saciado. Le había dado sed. Quería más: una prueba, una voz, algo que pudiera sostener con las manos.
Por eso seguía esperando.
Un golpe seco en la otra habitación la sacó de sus pensamientos.
—Estúpida médium —murmuró sin saber por qué.
No estaba segura a quién se lo decía. A la de ojos verdes que había dicho «mañana vuelvo» y luego no fue ella quien volvió, sino algo más difícil de nombrar. A ella misma, por haber buscado. A Carlos, por haberle dicho que no sería tan sencillo.
Se levantó de inmediato. Urgencia sin motivo.
Entró al salón. Una brisa suave en la nuca le erizó la piel.
—¿Quién está aquí? —gritó—. ¿Carlos? ¿Eres tú?
Silencio de los que pesan. Se dejó caer en el sofá.
Lo supo de golpe: el agua.
Corrió a la cocina. Bebió con ansiedad. El agua fría. El fregadero. El suelo bajo los pies.
—Médiums —dijo de nuevo.
Los hologramas volvieron al aire. Y ahí estaba ella.
La mujer de ojos verdes. Ahora más translúcida, menos humana, ya en un plano intermedio.
—Martha —dijo la voz—. El agua todavía no está lista. ¿Qué deseas?
La médium inclinó la cabeza. Como quien escucha algo en una frecuencia que los vivos apenas rozan.
—¿Sabes lo que buscas? —preguntó al fin.
Martha tardó.
—A él.
La mujer la miró con una quietud que no era vacía. De las que contienen demasiado para moverse.
—Mira de nuevo —dijo. Solo eso.
La imagen se deshizo mientras ella temblaba. Tardó en cerrar la conexión. El cuerpo tardó más.
En su mente, la médium se confundió con la mujer embarazada bajo el árbol. Los ojos eran los mismos.
Hasta que la punzada. Violenta. Aguda.
Le cruzó el ojo derecho.
Abrió los ojos.
El mundo volvió de golpe.
Pero no en su sitio.
No supo cómo llegó al baño. El agua tibia caía sobre un cuerpo que ya no terminaba de ser suyo.
Cada gota no caía: la empujaba hacia un borde que no sabía nombrar.
Algo no encajaba, y no era dolor: era el espacio, desplazado un milímetro hacia otro lugar.
Intentó moverse.
El brazo respondió tarde.
O no del todo.
La mano… seguía ahí, pero no obedecía como antes.
Intentó cerrar los dedos. No llegaron juntos.
El cepillo cayó. No lo vio caer. Solo el sonido.
Miró hacia abajo.
La mano estaba ahí. Pero no terminaba de pertenecerle.
Puesta en el lugar correcto por alguien que no se anunció.
El cuerpo no fallaba.
Se desordenaba.
La ducha seguía cayendo, pero el agua ya no tenía dirección.
Un lado pesaba.
El otro… no estaba claro.
Intentó decir algo. Una palabra simple. No salió. O salió incompleta.
Sabía lo que quería decir.
Pero no encontraba el camino.
El espejo. Su rostro. Algo en él no coincidía. No supo qué.
Parpadeó.
El borde izquierdo del mundo no terminaba de entrar.
Alguien lo había borrado con cuidado.
No sintió miedo.
Eso fue lo extraño.
Todo seguía ahí. Pero ya no formaba una sola cosa.
Algo se estaba soltando.
No hacia afuera. Desde dentro.
No hubo tristeza ni dolor. Solo paz. La que imaginaba en los himnos tibetanos. Carlos se habría reído de eso también.
Lo amó en ese instante, incluso disuelto. Incluso sin materia.
Entonces volvió la voz. No un pensamiento. Una voz:
—Estás teniendo un ataque. Tienes que despedirte de tu familia.
Intentó caminar. Sus piernas eran como columnas ajenas. El brazo izquierdo: rama seca. No había miedo. Solo el último gesto.
Abrió el armario. La bolsa de terciopelo rojo.
La apretó, sellando con esa presión algo que nadie debía interrumpir.
Cayó. Sin torpeza. Con entrega.
Se hizo pequeña en el suelo. Fetal. El principio y el final en la misma curva.
La medalla permaneció en su mano, envuelta en una cáscara de naranja seca, ligera, frágil como un recuerdo.
El vaso de agua en la mesilla.
La habitación en silencio.
Afuera, el jardín.
El romero.
Entonces… esto es la muerte.
No hay caída.
No hay ruptura.
Solo… disolución.
El cuerpo se apaga.
Lo siento irse… capa por capa, alguien desanudando algo muy antiguo.
Pero yo… no me estoy yendo.
O eso creo.
Ahí estuvo el error.
Pensar que yo estaba contenida aquí.
¿Cuándo empecé a creer que era una sola?
El cuerpo pesa menos.
Hay algo que no encaja.
Un resto.
Un peso.
Algo resistiéndose todavía, sin querer soltarse del todo.
Pero hay nombres.
Martha.
Alfonsina.
—(apenas)—
Pilar.
Y otro…
No lo alcanzo.
El cuerpo se suelta.
Carlos. No como imagen. Como presencia.
Está.
No como yo había imaginado que estaría.
Sin forma. Sin voz reconocible. Pero con esa temperatura que aprendí a reconocer en cincuenta y dos años.
La temperatura de una tarde de martes sin importancia, la de las dos tazas sobre la mesa, la de un «está bien».
No necesito cuerpo para saberlo.
Lo conocía. Incluso muerto, lo conocía.
Está.
No tengo con qué preguntarle. No importa.
Todo se reconoce.
No me fui.
—(silencio)—
El nombre que no alcanzó.
Está ahí. Fuera del alcance.
No importa. Está.
—(silencio)—
Y, sin embargo… algo en mí sigue esperando.