Ellas CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Las tres y cuarto

La noche entró sin que ella se moviera. Seguía acostada, a la espera de algo que solo reconocería cuando llegara.

Se incorporó y miró el vaso de agua, con el mismo tipo de atención con que se mira el fuego, sin buscar nada concreto, disponible para lo que pudiera venir.

Carlos no aparecía. Pero no había contado con eso; ya no lo esperaba. Lo que aguardaba era más sutil y más real: no su voz sino su temperatura, no sus palabras sino ese peso particular que él dejaba en el aire de una habitación cuando había estado en ella.

Dos tazas sobre la mesa. Un «está bien» dicho sin énfasis.

Estuvo así hasta que el cuerpo le dijo que era suficiente. Que el cuerpo tiene su propio criterio sobre cuándo algo termina, al margen de lo que la mente quisiera seguir sosteniendo.

Pensó en la medalla. En la tarde de abril. En la cara que puso él al dársela. En que ya estaban casados y, sin embargo, la palabra «quiero» pesaba distinto que «tenía que ser».

Cásate conmigo. Presente, siempre presente. No «me casé», no «me casaré»: cásate, el tiempo verbal más exigente que existe, el que no nombra lo que fue ni lo que será, sino lo que se renueva en el acto mismo de decirlo. El amor como verbo, no como estado.

Cincuenta años llevando esa medalla en la bolsa roja, y nunca lo había visto así hasta esta noche.

Durmió. Primero superficialmente, con esa conciencia a medias que no es del todo dormir ni del todo velar. Después más hondo. Sin sueños que recordara al despertar.

No fue el sueño del agotamiento, sino el de soltar por fin un peso largamente cargado.

En algún momento de la noche, entre el sueño y la vigilia, tuvo la sensación de no estar sola. La temperatura precisa de alguien amado, ahí, en el cuarto.

No abrió los ojos. Por si era verdad y se iba si la miraba.

Lo había aprendido de los pájaros. Carlos se lo dijo una vez en el jardín, cuando ella quiso acercarse demasiado rápido a uno posado en la silla de hierro: «Si lo miras de frente, huye. Hay que dejar que esté sin reclamarlo.»

Lo mismo valía para esto.

A las tres y cuarto algo cambió, y no fue un sonido ni un movimiento: fue el olor, sándalo y algo cítrico, el mismo de cuando él entraba de noche sin encender la luz, y Martha no se movió.

A la mañana siguiente se sentó a desayunar y, en el primer bocado, algo se abrió en la memoria: la noche anterior, la luz, la ligereza después del silencio hondo. Había algo distinto en cómo se movía por la casa a esa hora, y no era alegría sino resolución.

Preparó café. Una sola taza.

No fue una decisión consciente: las manos tomaron una taza y no dos, y ella siguió.

—He visto tanta luz —decía, medio en trance— que no sé cómo dormiré esta noche.

La risa de él aún dolía. Su burla contra la fe de ella, que también era una forma de cuidado: como si hiciera falta alguien con los pies en el suelo para que ella pudiera elevarse sin perderse del todo.

Hoy él no estaba para reírse. Y Martha, por primera vez, no necesitaba que nadie se riera.

Había una cadena. La sentía esa mañana con una claridad nueva. Carlos. El vaso. El túnel. La mujer embarazada bajo el árbol. El nombre Alfonsina, que le hacía temblar el pulso sin razón. Y ella misma. En algún lugar de esa cadena.

No como fin. Como nudo. Como el punto donde varias hebras se cruzan y se sostienen sin saber que lo hacen.

[3:15. En todas partes al mismo tiempo: una mujer en un jardín. Una silla calibrada para otro cuerpo. El olor del romero: el mismo olor, el mismo romero, la misma nota vegetal que huele igual en todos los siglos. No antes. No después. Ahora. Siempre ahora.]