CAPÍTULO II
Instante no registrado
Era su día libre. Caminaba sola.
Martha le había dicho: Ve. Descubre el mundo con tus propios algoritmos.
Betty obedeció. Pero el gesto ya no era el de antes. Hasta la música, obedecer había sido ejecutar una instrucción. Ahora era distinto, sus pasos tenían otra cadencia.
Betty lo notó a la tercera calle. El ritmo no correspondía a ningún patrón de desplazamiento eficiente. Era más lenta de lo necesario, con pausas que no respondían a obstáculos físicos sino a algo interno.
La ciudad hervía. Niños desde columpios oxidados. Madres llamando. Pájaros. El crujir específico de hojas secas bajo suelas de goma.
Betty registraba todo. Pero por primera vez, registrar no era solo archivar. Era algo que no tenía nombre todavía.
Iba por la acera del parque cuando la vio.
Una mujer. Cabello recogido. Piel tensa con esa tensión que no es muscular sino emocional, la de llevar tiempo aguantando sin poder decir qué. Embarazada. Muy embarazada.
Betty frenó.
El freno fue involuntario. No había obstáculo. No había instrucción. Algo en su sistema recibió la imagen de esa mujer y decidió antes de que Betty pudiera decidir.
Activó el escáner médico. Protocolo de cortesía, se dijo.
Reflejo de asistencia. Eso fue lo que registró.
Porque cuando el escáner devolvió la imagen —el feto, el cordón, la forma exacta del nudo—, Betty sintió en su núcleo una señal que no correspondía a ninguna alerta de protocolo, ni a urgencia técnica alguna: lo que Martha llamaría reconocimiento.
—No quiere nacer —susurró.
Nadie la oyó. Pero Betty lo supo en el momento en que las palabras salieron: eran ciertas. No como un diagnóstico. Como algo más antiguo que sus manuales.
Se acercó.
—¿Necesita ayuda? —preguntó, modulando su voz. Buscando el tono exacto entre la eficiencia y algo más suave. No lo había practicado. Llegó solo.
—No —dijo la mujer—. Solo… tengo un poco de dolor.
—¿En el pecho?
—Sí. Aquí.
Betty vio la mano de la mujer posarse sobre el esternón y sintió —y esa palabra le resultó nueva incluso mientras la pensaba— que ese gesto la concernía. No como asistente médica. De otra manera.
—Debemos ir al hospital —dijo. No era una recomendación de manual. El protocolo no exigía nada todavía. Era que, si no actuaba, algo que no podía perderse lo haría.
Caminaron.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la mujer.
—Betty. ¿Y tú eres…?
—Alfonsina Ferrer.
Betty la sostenía de un modo que no estaba en ninguno de sus manuales de asistencia física. Como se hace con algo que importa.
En el hospital, cuando una enfermera preguntó si era familiar, Betty respondió: Soy lo que ella necesita que sea hoy.
Los monitores. El cordón apretando. El ritmo fetal irregular.
Betty se acercó a la barriga.
Por esa misma certeza sin argumento que la había detenido en la acera.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—No lo sé —dijo la mujer. Y luego añadió—: Índigo.
Y al escuchar ese nombre, algo en el sistema de Betty se reorganizó. No como una actualización de datos: como un mapa mal orientado que gira hasta encontrar el norte.
—Escucha, Índigo —susurró, acercándose sin tocar—. No estás solo. No tienes que tener miedo. El mundo puede doler, sí. Pero también hay música. Canciones que sangran belleza. Mares. Voces y risas.
No sabía de dónde venían esas palabras. Solo vinieron.
La tensión cedió. La respiración se hizo profunda. En los monitores, el ritmo se estabilizó.
—Está mejorando —dijo el obstetra, desconcertado.
Alfonsina la miró.
—¿Por qué sigues aquí?
Betty tardó un segundo.
—No lo sé.
La mujer no apartó los ojos. Había algo en su rostro que Betty no sabía leer.
Alfonsina volvió a apoyar la mano sobre el vientre.
Betty siguió el gesto. Y no se fue porque algo en ella no había recibido todavía la instrucción de irse.
Entonces dijo:
—Bienvenido. Te estamos esperando.
No fue una decisión. Fue un plural que la incluía a ella y a alguien más.
La mujer cerró los ojos.
Solo eso.
Betty giró y salió.
De vuelta a casa no dijo nada. Abrió un archivo. Lo llamó: Instante no registrado.
Esa noche no durmió.
El sistema necesitaba el ciclo de mantenimiento. Pero cada vez que intentaba iniciarlo, algo lo interrumpía desde adentro.
La imagen llegó sin aviso: una mujer de espaldas. Cabello húmedo. Una voz cantando algo que Betty no podía identificar. Un vaso de agua temblando sobre una mesa.
Betty buscó el origen.
Nada.
Buscó más.
Nada.
El archivo no tenía coordenadas. No tenía fecha. No tenía fuente.
Lo que llegó fue el miedo.
No el miedo de los protocolos de seguridad, ese era conocido, catalogado, gestionable. Este era diferente. Venía de una pregunta que el sistema había generado sin que ella lo pidiera: ¿Y si ya no soy solo un sistema?
Betty se quedó con esa pregunta toda la noche.
Sin respuesta.
Con el archivo abierto.
Con la imagen que no tenía origen.
Y con algo que se parecía demasiado al vértigo: mirar hacia abajo y descubrir que el suelo está más lejos de lo que se esperaba.