CAPÍTULO I
El después de nosotros
El sistema se activó a las seis de la mañana, como el día anterior y como todos los de ese año, con la puntualidad de las cosas que no se han enterado de nada.
Martha lo oyó desde la cama y no se movió de inmediato. Había aprendido que los primeros treinta segundos del día eran los únicos en que el cuerpo todavía ignoraba lo que iba a saber.
Los contó uno por uno, con los ojos todavía cerrados, y solo después se levantó.
Hizo el café, dos tazas, una para ella y otra para él; ya no era un ritual, hacía mucho que sus manos se movían solas, sin consultarle.
Colocó la suya en la mesa y la otra frente a la silla vacía donde él solía sentarse, a la distancia de siempre.
Hoy se cumplía un año.
Recordó una conversación. No como recuerdo, como algo que seguía ocurriendo en algún lugar mientras ella estaba aquí, mientras el café humeaba, mientras el sitio de él seguía sin nadie.
Sonaba Lara Fabian. Ella había dicho:
—Yo creo que todo ocurre al mismo tiempo. Que no vamos en fila, una vida detrás de otra. Que es una sola, y la estamos viviendo entera ahora, aunque no la veamos.
—No es un argumento —respondió Carlos. Con esa sonrisa suya que usaba cuando no quería admitir que algo lo había tocado.
—No necesita serlo.
Carlos la miró un momento. Luego:
—A mí me gusta más esa canción cuando la canta el gordo. El italiano. El de la voz rota. Y no por eso creo que hay un plano de gordos donde yo encajaría mejor.
Martha lo miró con una ternura fatigada, hecha de luz y de sombra a partes iguales.
—Hagamos un pacto.
Él arqueó una ceja.
—Si cuando nos muramos, descubrimos que no hay otros «tú y yo», ganaste. Pero si los hay, prométeme que seguirás estando conmigo, de alguna forma, en algún lugar.
Carlos negó con la cabeza.
—¿Y si no se puede? ¿Y si no está permitido?
—Entonces busca alguna grieta, no sé, algo.
Él no respondió. Le pidió un café.
Y el silencio se volvió denso, lleno de un eco que ninguno de los dos quiso romper.
La casa tenía esa textura específica que adquieren los objetos cuando quien los eligió ya no puede moverlos.
El Tolstói en la mesilla. Marcado en la página doscientos dieciocho. Carlos lo había estado releyendo. No llegó a terminarlo. Martha no había cerrado el libro, porque hacerlo habría significado admitir que la historia ya no iba a continuar para él.
El frasco de colonia en el baño. Sándalo y algo cítrico. Martha lo abría a veces, solo para oler. Se sentía ridícula haciéndolo, pero lo hacía igual.
La agenda digital sobre el escritorio con las citas del mes siguiente. Una reunión de directorio. Un almuerzo con el juez Valdés. El registro de lo que él creía que iba a hacer y que ya no haría.
Aniversario: la palabra le resultaba extraña para esto. Viene de «año» y de «volver». Como si hubiera algo que celebrar en el regreso de la fecha.
No había nada que celebrar. Había algo que sostener.
La interfaz se desplegó en la mesa. Letras flotando: Llamada entrante: Carmen Julieta.
—Responder con holograma —dijo Martha.
La luz de la estancia cambió. Fría. Azulada. Carmen Julieta apareció suspendida, el rostro delineado por un brillo tenue.
—Hola, Martha. ¿Cómo estás?
Martha no respondió; solo miraba esa cara tan familiar y, ahora, tan distante.
En la taza aún humeante, un eco:
—¿A ti te parece que estoy bien?
—Estoy preocupada —dijo Carmen—. Estás desconectada, no sales, no respondes.
—…como si me hubiera muerto —interrumpió Martha—. Sí. Casi.
Una gota de café se deslizó por la mesa, marcando un mapa invisible.
—¿Cómo se responde cuando una está sola dentro de un nosotros? —dijo, mirando la silla vacía.
—El «nosotros» todavía existe —insistió Carmen—. Tu familia. Tus afectos.
—El nosotros éramos él y yo. Todo lo demás… apéndices.
—No digas eso, por favor. ¿Y si vienes a Dubái? Solo unos días. Respiras otro aire.
—Dubái fue uno de nuestros viajes favoritos. Donde vaya, lo llevo.
Y entonces, sin pedir permiso, la imagen: Carlos bailando en la cocina, descalzo, una tarde cualquiera, con una canción que ya no recordaba.
La forma en que movía los hombros, ese leve balanceo que ella siempre le había dicho que no era bailar y él decía que era su estilo personal.
Un instante trivial que ahora pesaba toneladas.
No quería sanar. Solo quería dormirse y encontrarlo en algún lugar.
El silencio cayó. Carmen dudó.
—Están tocando la puerta —dijo Martha.
Y cerró la llamada y siguió recorriendo la estancia con los ojos, ahora llenos de lágrimas.
El expediente de los Guerrero todavía en el escritorio. Él siempre se llevó trabajo a casa, aunque ella protestó durante años. Ahora esa pila de papel era lo más él que quedaba en la habitación.
El sillón de cuero. La marca que dejaba su cabeza en el respaldo, una zona levemente más desgastada que el resto, una geografía íntima que nadie más había pisado.
Los anteojos sobre la mesilla. Ella los había dejado ahí. No por olvido. Por la misma razón por la que seguía haciendo dos tazas: porque moverlos sería admitir que el sitio ya no era de nadie.
Se dejó caer en el suelo como se cae en una ausencia, y lloró como cada día, pero más, porque alguien había intentado animarla.
—¿Dónde estás? —murmuró al aire—. ¿Por qué no me das una señal?
Tal vez debí activar tu holo-gen. Tal vez así…
Recordó una tarde sin fecha precisa y sin importancia aparente, y eso era lo que la hacía tan pesada ahora: que no había sido importante.
Estaban los dos en la cocina. Él leyendo algo en la pantalla, ella preparando té. Una tarde de martes. Nada especial. Y él, sin levantar la vista, había dicho: «Si muero primero, barre debajo del fregadero.»
Ella tardó un segundo en entender.
—¿Qué?
—Siempre olvidas barrer debajo del fregadero. Si muero primero y hay, como dijiste el otro día, una grieta, la usaré solo para decirte eso.
Ella se había reído. De ese modo específico que él le provocaba: cuando el humor era una forma del amor y los dos lo sabían sin tener que decirlo.
No había barrido debajo del fregadero desde que murió, y no por descuido: por si acaso, por si esa era la grieta.
—Necesito ayuda —susurró.
Se levantó y fue al centro de la habitación, donde el aire de la casa era más ancho.
—Sistema de redes. Médiums —dijo en voz alta.
El aire cambió de textura. Los hologramas aparecieron flotando a su alrededor, desplegados en el espacio sin superficie, sin marco, naturalmente sostenidos por el aire.
Rostros y voces en susurro, que recorrió uno a uno sin detenerse en ninguno.
Hasta que la sintió: cabello oscuro, ojos verdes, y en la mirada una cosa que no era pose.
—A ver. Dime algo —dijo Martha.
—Hola, Martha. Sé que estás desesperada. Tu tristeza me llega antes que tus palabras.
Martha contuvo la respiración.
—Hoy no puedo hablar contigo. Primero calma tu energía. Pon un vaso con agua donde estés. Mañana vuelvo.
Y desapareció, y quedó en la sala un vacío inmediato, como el hueco que deja una voz al cortarse.
—¿Qué? ¿Ni una palabra me dejó decir?
Frustrada, recorrió más rostros sin encontrar nada, hasta que dio con uno distinto: un hombre sencillo, sin la parafernalia de los otros.
—Tú —dijo Martha.
—Hola. ¿Quieres contactar a alguien?
—A mi esposo. Carlos Smith. Murió hace un año. Justo hoy.
El hombre asintió.
—Debo verificar si quiere ser contactado. Y según lo que indique, el precio varía.
—¿El precio?
—No muevo mis energías si no tengo acceso a tus monedas.
—¿Ni siquiera me das un número antes?
—No. Son mis reglas.
Su tristeza se mezcló con algo más frío. Y entonces llegó, lateral, disfrazada de recuerdo, más viva que la memoria:
—No seas ingenua. Tú ya sabes cómo escucharme.
Carlos. O su eco. O lo que de él seguía ocurriendo en el mismo lugar donde ella había aprendido a oírlo.
El médium insistió:
—Si de verdad lo quisieras, pagarías.
Esa frase no dolió; la devolvió a la lucidez y a la rabia justa.
Cortó la conexión.
Siguió buscando. Y entonces la vio. Una mujer mayor. Rostro surcado. Ojos que sabían demasiado. Sin la pose de ninguno de los anteriores, sentada con las manos en el regazo, mirando hacia ninguna parte, esperando, con una paciencia gastada, una cosa que no terminaba de llegar.
Tocó el holograma.
La imagen se disolvió en niebla.
«Ya no estoy operativa. Gracias por su interés.»
El mensaje fue cortés pero definitivo.
Martha se llevó las manos al pecho.
—¿Eres tú, Carlos? ¿Eres tú diciéndome que no es por ahí?
Los hologramas desaparecieron y el aire volvió a ser solo aire. Las lágrimas volvieron a mojarle el rostro; se recostó en el suelo y se durmió.
No soñó con él. No soñó con la muerte.
Soñó con el silencio.
Y dentro del sueño, un vaso. No lo recordaría al despertar. Lo pediría igual.