CAPÍTULO II
El vaso de agua
Betty la encontró en el suelo.
No había caída aparente. La posición del cuerpo no correspondía a una caída por pérdida de equilibrio. Martha estaba recostada de lado, con las manos cerca del pecho, como si hubiera decidido quedarse ahí.
—Señora Martha.
No respondió.
Betty se arrodilló. Le tomó el pulso. Normal. La respiración, superficial. La temperatura, sin cambios.
—Señora Martha —repitió, en el mismo tono exacto, porque no tenía otro.
Los ojos se abrieron despacio. Ese regreso lento de quien estaba lejos.
Betty le pasó un brazo por debajo de los hombros. La ayudó a incorporarse. El cuerpo cedía con una facilidad que no le gustó. Pesaba menos que la última vez.
—Venga —dijo.
Martha no respondió. Se dejó llevar.
Caminaron hasta la habitación. O más exactamente: Betty caminó y Martha se desplazó con ella, decidiendo cada paso dos veces. Una por el cuerpo, otra por algo más cansado.
La sentó en la cama. Acomodó la almohada. Estiró la sábana.
—Le prepararé el desayuno.
—No tengo hambre.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Dormir —dijo—. Dormir sin soñar.
Betty no respondió de inmediato.
—Por favor, tráeme un vaso con agua —dijo Martha—. No es para beber.
Betty la miró. No preguntó.
Fue a la cocina. Llenó un vaso hasta tres cuartos de su capacidad.
Volvió con el vaso. Martha lo tomó con ambas manos y lo dejó sobre la mesa de noche. No lo miró como se mira un objeto. Lo miró como quien enciende una vela.
Lo acomodó en el centro de la mesa, ni un dedo a la izquierda, como si la precisión pudiera convocar lo que la fe no alcanzaba. Después retiró la mano despacio. Por si el agua necesitaba que la dejaran sola para empezar a hacer lo suyo.
Betty observó el gesto. Se quedó quieta un segundo más de lo que su protocolo pedía, con la bandeja a medio camino, como si algo en ella hubiera dudado dónde ponerse. Martha lo vio. No preguntó. Hay cosas que se estropean si se nombran demasiado pronto, y esa parecía una.
Lo dejó estar.
¿Y si esta vez ocurre?, se preguntó.
No era la primera vez que le hablaban del vaso.
Se lo había dicho alguien, dos semanas después de la muerte de Carlos, no recordaba quién, y ella había dicho que no con la cabeza y que sí con algo más lento.
Anoche, la mujer de ojos verdes se lo dijo otra vez.
El agua como espejo. El agua como canal. Lo que el aire no puede sostener.
Carlos se habría reído. Con esa risa suave que él reservaba para lo que llamaba sus «errores de protocolo emocional». Y sin embargo aquí estaba el vaso. Y aquí estaba ella.
Cerró los ojos y no tardó en dormirse, con el vaso a la altura de la cara.
Lo escuchó antes de que llegara.
No una voz sino una dirección, un campo magnético en el pecho que la orientó sin preguntarle.
Siguió por un túnel de luz que no encandilaba, una luz que no pide nada a cambio de dejarse ver.
Cásate conmigo. La inscripción. Sus propias manos. El peso de algo que no había soltado nunca.
El sueño cambió de escena.
Y en el sueño —si era sueño— había un parque.
Se sentó en un banco sin que nadie la viera, porque en ese parque ella era fantasma.
Fue cuando la vio. Sentada bajo un árbol, una mujer embarazada leyendo. El aura dorada alrededor de su vientre.
Martha se acercó y la reverenció.
La mujer alzó la vista y la miró directo a los ojos.
El corazón de Martha se quebró, y no de dolor: de saber quién era sin haberla visto nunca, una certeza que no necesita historia ni justificación, que llega antes que los nombres, antes que las fechas y los contextos, y que el cuerpo entiende años antes de que la mente lo alcance, si es que lo alcanza.
Los ojos de esa mujer eran los suyos. Su reflejo. Su promesa. Quiso hablar, pero no pudo. El sueño se disolvió. Despertó temblando.
Se quedó tumbada para retener lo que todavía podía antes de que el día se lo llevara: los ojos de la mujer, los de ella misma mirándola desde otra vida, y en ellos una pregunta hecha no de palabras sino del cuerpo entero, que Martha no lograba responder porque no encontraba cómo formularla, y que era, de eso no dudaba, la correcta.
—¿Quién era ella? —susurró. No se movió.
El cuarto seguía siendo el mismo, con la luz de media mañana y el vaso en la mesilla, y sin embargo algo había cambiado de temperatura, no en la habitación sino en ella.