CAPÍTULO VII
La luz
Empezó con una presión que no era la de antes, la del frío con intención, la de los instrumentos metálicos, la del peligro que llegaba desde afuera con un propósito claro.
Esta venía de adentro.
Del cuerpo que lo contenía.
Una contracción.
Lenta al principio. Casi imperceptible. El espacio que siempre había sido constante —esas paredes de calor suave que eran todo el universo conocido— se apretó un poco. Y se aflojó. Y se apretó otra vez.
Lo registró.
Sin alarma todavía. Era distinto. La contracción volvió.
Más fuerte.
Y esta vez el espacio tardó más en aflojarse.
Y el latido grande se aceleró. Y la respiración del afuera cambió —ya la conocía en todas sus variaciones, la del movimiento, la del esfuerzo, la del sueño— se volvió otra, una que no estaba entre esas variaciones.
Concentrada.
Con una calma que requería esfuerzo.
Como una respiración que hace algo muy grande y necesita toda su atención para no perderse.
La contracción volvió.
Y esta vez el espacio no se aflojó del todo. Se quedó más apretado que antes.
Y volvió.
Y entendió —sin tener la palabra para entender— que algo había comenzado y que no iba a detenerse.
Que el espacio que había sido todo el universo estaba terminando.
Se contrajo.
Instinto primero. Luego algo más consciente. Luego instinto otra vez porque cuando el miedo es suficientemente grande ya no hay diferencia.
El espacio seguía apretándose.
Las paredes que habían sido suaves empujaban ahora. Empujaban hacia un lugar que no existía antes, hacia una dirección que el cuerpo conocía pero que él no había recorrido nunca.
Hacia afuera.
Hacia lo que estaba más allá del cuerpo que lo contenía.
No quería —lo supo con una claridad que no había tenido hasta entonces— y aun así la luz llegó, sin pedir permiso, y dolía antes de que existiera la palabra para recibirla.
Y empujaban hacia ella.
Sin pedirlo.
Sin elegirlo.
Las paredes le expulsaban. Sin preguntar. Sin esperar. Con la indiferencia de lo que no tiene otra opción.
Tampoco él.
Hubo un lugar. Tibio. Constante. Donde todo llegaba y no había que ir hacia nada.
Donde ese latido era también el suyo.
Donde la mano sobre la pared era suficiente.
Ese lugar se acababa.
Ya lo sabía.
Lo supo antes. En la oscuridad. Antes de la luz. Antes del empuje que no paraba.
La madera.
El jardín visto desde arriba.
El perfil que nunca llegó entero porque miraba hacia otro lado.
Supo quién era. Y no quería seguir siéndolo.
Pero hacia allá lo mandaban.
Hacia afuera.
Hacia eso que estaba del otro lado de las paredes que empujaban.
Hacia la luz que no pidió.
La luz no sabía nada de él.
Solo luz. Solo existía. Sin disculpa. Sin preparación para lo que llegaba a ella sin haberla pedido.
Miedo.
No al dolor.
Al olvido.
Porque al llegar al otro lado ya no sabría lo que sabía ahora.
El jardín, esta vez desde abajo.
El rojo.
Los pulgares.
La respiración rendida en la oscuridad.
Todo eso resguardado en el centro como se guarda lo que no puede perderse… se perdería.
Y si se perdía…
¿Por qué o para qué?
Sin respuesta.
Solo el empuje.
Solo la luz.
Solo el frío tocando ya la parte que iba primero.
Debajo del miedo, debajo del no querer, debajo de todo lo que era: la respiración.
La suya.
Rendida.
Valiente.
Todos los días.
No iba hacia la luz.
Iba hacia ella.
Aunque no lo supiera.
Aunque ella tampoco.
Aunque los dos lo olvidaran en el momento en que ocurriera.
Ocurriría.
O ya ocurrió.
Y el cuerpo que lo había contenido dejó de empujar. De golpe. Como si alguien, desde afuera, le hubiera dicho que ya no hacía falta.
Arriba, donde siempre había estado la pared, hubo una abertura. Fría. Y unas manos que no eran la de la pared entraron por ella.
Con ellas llegó el frío.
No el frío de antes, de adentro. No el frío del peligro.
El frío del mundo.
Llegó por la cabeza. Por esa superficie central y sensible que había tocado con los dedos en la oscuridad. Y todo lo que había sido temperatura constante y conocida desapareció de golpe. Nunca.
El cuerpo respondió.
Sin decidirlo. Los pulmones —eso que había estado ahí todo el tiempo sin que hubiera necesitado usarlos— se abrieron.
Y tomaron algo que no era el líquido tibio.
Era distinto. Era seco. Era vasto. Era una cantidad de algo que no cabía en el espacio donde había vivido hasta entonces.
Y con ese tomar llegó el sonido. Salió de él.
Él —que ya no estaba adentro, que ya estaba siendo sacado hacia afuera por unas manos rápidas, mientras el cuerpo que lo había contenido se quedaba abierto y quieto, con toda su valentía— produjo un sonido.
No lo eligió.
No supo que lo estaba haciendo.
No supo qué era.
Solo supo que salía de él y que era la primera vez que algo suyo iba hacia el exterior, la primera vez que era él quien llegaba al mundo en lugar de que el mundo llegara a él.
Y el sonido fue el miedo.
Todo el miedo.
El miedo al frío, a lo vasto, a la luz que llegó después del frío y que era la cosa más violenta que había recibido hasta entonces.
La luz. No tenía preparación para ella.
Nadie la tiene.
Los ojos —esos dos territorios que había tocado con los dedos en la oscuridad, que había dejado porque respondían con algo cercano al dolor— recibieron la luz con una intensidad que no llegaba a ser dolor pero que era todo lo que el cuerpo podía procesar al mismo tiempo.
Demasiado. Todo era demasiado.
El frío, la luz y el sonido que salía de él, las manos que llegaban desde afuera —distintas a todas las que había conocido, frías, rápidas, eficientes, que lo sostenían con una seguridad que él no sentía— el latido grande, que ya no sonaba igual, estaba lejos, más lejos de lo que había estado nunca, separado de él por todo el espacio que había entre dos cuerpos.
Lo que había adentro —que ya no estaba allí— entendió en ese momento con una precisión que ninguna de las otras comprensiones había tenido: Estaba solo.
Por primera vez en toda su existencia, estaba solo.
Sin el líquido.
Sin las paredes.
Sin el latido del afuera como música constante.
Sin la mano sobre la pared.
Sin el tarareo.
Sin nada de lo que había sido su mundo.
Solo el frío, la luz y ese sonido que seguía saliendo de él y que no sabía cómo detener.
Las manos rápidas y eficientes que lo sostenían sobre algo que no cedía, una superficie dura, fija, que no se movía con cada respiración de otro cuerpo, que no tenía temperatura propia.
El mundo. Esto era el mundo.
En medio de todo eso.
Del frío, de la luz, del sonido, de la soledad y de las manos desconocidas.
Llegó otra mano. Distinta.
No fría. No rápida. No eficiente.
Lenta.
Con una temperatura que era de antes del mundo.
Lo recibió.
No lo sostuvo con la seguridad de las otras manos. Lo recibió con algo más antiguo que eso.
Y con esa mano llegó el sonido.
No el tarareo. No la canción. Algo más pequeño que todo eso.
Solo su nombre.
Dicho una vez.
En voz baja.
No para él: para ella.
Una respuesta a una pregunta hecha hace mucho tiempo y que hasta ahora llegaba.
Lo que había adentro —que ya no estaba adentro, que era ahora un cuerpo entre otros en el mundo frío y luminoso— dejó de producir el sonido del miedo.
Despacio. No porque el miedo se hubiera ido. Seguía allí. El frío seguía. La luz seguía.
Pero había algo más ahora.
Algo que pesaba más que el todo.
Esa temperatura de antes del mundo.
Esa mano.
Ese nombre dicho en voz baja.
Y debajo de todo eso, muy adentro, donde ninguna mano, ni la fría ni la tibia, iba a poder llegar nunca: El peso.
El de los pulgares. El que no era calor.
El que había atravesado con él el frío, la luz y el sonido sin perder un gramo.
Todavía sin nombre.
Todavía sin forma.
Pero presente.
Irreversible.
[3:15. En todas partes al mismo tiempo: un cuerpo que había decidido no seguir y luego cambió de opinión.
Una voz que no pedía ni ordenaba: solo esperaba.
Un nombre dicho en voz baja que era la respuesta a una pregunta hecha en otro tiempo.
Y el peso, inconfundible, de algo que en otra hebra de tiempo no comenzaba, ya estaba pasando. ]