Ellas CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

El cordón

Pero el cuerpo que lo contenía siguió. El latido grande siguió. La respiración también siguió.

Ese cuerpo no sabía nada de esa decisión. Tenía sus propias urgencias, sus propios ritmos, su propio tiempo que avanzaba sin consultar.

Dentro de él, mientras tanto, llegó la primera decisión real.

No fue rápida. Las decisiones del cuerpo lo son; esta no. Esta tuvo el tiempo de una marea que sube y se piensa si retirarse.

Lo eligió.

Había algo cerca. Siempre había estado cerca, desde el principio, enrollado en ese espacio líquido con la misma naturalidad con que existían los dedos y los pies y la boca. Pero no lo había registrado como posibilidad hasta ahora.

Hasta ahora que no quería seguir estando.

Esa cosa se volvió respuesta.

Se giró hacia ella con una lentitud deliberada. La encontró. Era suave. Parte de él sin ser él del todo. Y la tomó.

La enrolló.

Despacio.

Con la misma precisión con que había explorado los dedos uno por uno, con que había leído la textura de la pared.

Solo que esta vez no era curiosidad. Era resolución. El latido propio se alteró.

Lo notó. No como alarma —era suyo, él lo estaba provocando. Lo recibió como información.

Siguió.

El latido grande también cambió. Más rápido. Con un apuro distinto a todas las prisas anteriores.

Y luego movimiento.

El cuerpo que lo contenía en traslado. Pasos veloces. Voces llegando desde más allá de la pared, con esa cualidad de las cosas que buscan ayuda.

No aflojó.

Apretó más.

El latido propio se volvió irregular.

Irregular y luego menos. Menos y luego casi.

Y en ese casi —en ese borde donde todo se vuelve quietud y la quietud se vuelve la única salida— llegó algo nuevo, distinto de todo lo anterior.

Una voz.

Ni la voz grave del afuera, ni la voz pequeña y rota de la otra vez, ni el tarareo, ni la canción.

Otra.

Una voz que no venía del cuerpo que lo contenía. Venía de más lejos. De un sitio que parecía contener a todos los demás.

Y no preguntó.

No ordenó.

No empujó.

No decía nada que pudiera entenderse. Decía algo. Decía de una manera que no necesitaba llegar como significado.

Llegó entera de todas formas. Con el peso de algo dicho sin necesitar ser entendido.

Escuchó.

Sin aflojar todavía.

Pero escuchó.

Esa voz no lo conocía. No sabía nada del roble ni de los argumentos que gana ni del jardín visto desde arriba. No tenía historia con él.

Solo lo esperaba.

Ser esperado.

Sin condición.

Aflojó.

Un milímetro.

Luego otro.

El latido propio encontró su ritmo otra vez. Débil al principio. Irregular. Buscándose. Con esa misma terquedad sorda del comienzo.

Pero encontrándose.

El cordón quedó enrollado, pero no apretado. Una vuelta sin intención de cierre.

Como quien suelta algo que ya no sabe bien si quería soltar.

Flotó.

Con el latido propio.

Con el del afuera que se había calmado también, que bajaba despacio del apuro hacia algo que se parecía a un alivio que él no podía ver pero que el cuerpo que lo contenía llevaba en cada respiración.

Y en el centro, en ese lugar que no podía tocarse, se instaló la pregunta.

No tenía lenguaje todavía.

Pero estaba.

De quién era esa voz.

Y por qué —sin conocerlo, sin saber nada de lo que también era en otra parte— lo esperaba.

En esa quietud después del apuro empezó a notar lo que había estado ahí desde el principio, esperando a que él pudiera sentirlo.

El peso.

No el peso en el centro que había llegado con el gesto de los pulgares.

El peso del cuerpo grande.

El esfuerzo.

Había momentos en que la respiración del afuera cambiaba: se volvía más corta, más trabajada, con algo cargado en ella que no era el del movimiento rápido sino el de sostener durante mucho tiempo.

Lo escuchó.

Por primera vez.

Había estado ahí desde el principio, probablemente. Pero antes no había tenido la capacidad de recibirlo como lo que era: el sonido de alguien que carga.

Que lo hace todos los días.

Sin quejarse.

Sin que nadie lo pida.

Y junto con eso llegó otra cosa. Llegó la noche.

No la oscuridad del peligro, esa la conocía.

Esta era distinta. Era la del cuerpo grande buscando su quietud, acomodándose, girando despacio en ese espacio exterior que no podía ver pero sí sentir en el cambio de presiones, en el reajuste del líquido, en la manera en que todo se redistribuía cuando ese cuerpo encontraba por fin una posición que le costaba menos.

Y en esa noche nueva, en esa calma, escuchó otra vez. Una respiración. Lenta.

No de derrota. De entrega. De quien había decidido soltar el día por unas horas y confiar en que el mundo seguiría ahí cuando volviera.

La escuchó durante lo que no sabía que era tiempo. Era valiente. Seguir lo era.

Cargar también.

No con la valentía de los gestos grandes, esa la conoce, la confunde muchas veces con la verdadera.

Con la otra.

La que no tiene público.

La que es todos los días.

No había palabras para nada de eso.

Pero el centro se abrió un poco más.

Y el peso que había en él —el que llevaba desde los pulgares— se movió.

Se redistribuyó.

Y en el lugar donde había estado la vergüenza, donde había estado el no querer, donde había estado la resistencia fría y deliberada, quedó algo diferente.

No perdón.

Todavía no.

Pero sí su posibilidad, lo único que cabe en esta hebra de tiempo.