CAPÍTULO V
Las imágenes
Llegaron sin aviso.
No como el calor. No como el latido. No como los sonidos del afuera que llegaban con una lógica —antes de esto viene aquello, después de aquello viene lo otro.
Llegaron sin pertenecer al lugar donde aparecieron. Sin preparación, sin bordes. La primera fue un color.
Rojo.
No el rojo del interior del cuerpo, ese rojo tibio y constante que era parte del clima. Este era otro rojo. Frío en su origen, hecho para el exterior, hecho para ser visto desde lejos.
Duró lo que dura un parpadeo. Y se fue. Se quedó quieto.
Luego llegó otra cosa.
Un olor.
Tierra. Tierra húmeda con algo verde adentro, algo que crecía, algo que había sido plantado con las manos, que olía a paciencia y a tiempo largo.
El olor no tenía origen en el líquido ni en la pared ni en ninguno de los territorios conocidos.
Venía de más lejos.
Las manos.
No la mano de siempre —esa temperatura precisa sobre la pared. Estas eran dos, distintas o las mismas. Llenas de esa misma tierra húmeda. Con algo verde entre los dedos. Moviéndose con una lentitud que no era la de afuera: allí el tiempo pesaba de otra manera.
No supo qué hacer con eso. Las manos desaparecieron. El olor tardó un poco más en irse.
Resistiéndose.
Después hubo una voz.
Distinta a todas las voces que había registrado hasta entonces. No la voz grave que decía cosas después del llanto. No la voz pequeña y rota del niño. No el tarareo ni la canción.
Una voz que reía.
Breve. Con algo dentro que era despreocupación, o alivio, o las dos cosas a la vez.
Y junto a esa voz, otra.
Más baja. Más lenta. Que decía algo que no pudo descifrar porque el significado seguía siendo territorio cerrado.
Pero el tono.
El tono era el de alguien que acaba de perder un argumento y está contento de haberlo perdido.
Las dos voces duraron poco.
Y luego solo quedó el eco de la risa.
Que tampoco duró.
Pero que dejó algo.
Una ligereza.
Algo que aligeraba el peso que se había instalado en el centro desde el gesto de los pulgares.
Solo un momento.
Solo eso.
Luego llegó la imagen más larga.
Ni un color ni un olor: algo con más dimensiones.
Una mesa.
Una superficie plana con objetos encima, formas distintas, dispuestas no con orden sino con la memoria inmóvil de lo que siempre ha estado ahí.
Y junto a la mesa, de espaldas, alguien.
Una figura.
No tenía ojos para ver. Pero la imagen llegó con suficiente información para que algo en el centro la recibiera entera.
La figura estaba quieta, de pie frente a algo.
Con una postura que no era tensión sino concentración. Esa específica de las manos que hacen algo pequeño y necesitan silencio para hacerlo bien.
Observó, sin saber que lo hacía.
Sin saber que había algo que merecía ser observado.
La figura no se movió. O se movió tan despacio que el movimiento era casi indistinguible de la quietud.
Y entonces —sin que nada lo anunciara— la figura giró.
Solo un poco.
Solo lo suficiente para que el perfil quedara visible. Recibió ese perfil.
Y algo en el centro se detuvo.
No con saber.
Con algo anterior, que ya conocía bien. Lo invadió un dolor en el centro, más grande que él, que no pudo nombrar.
La imagen se disolvió antes de que pudiera terminar de recibirla.
Rápido.
Intentó seguirla.
No pudo.
Se quedó flotando con el perfil a medias.
Con la mitad de una cara que no sabía que era una cara.
Con la mitad de algo que no sabía que era una pérdida.
Las imágenes no tenían orden. Eso fue lo primero que entendió sobre ellas, sin tener lenguaje para entender. Llegaban con un latido propio, separado del suyo y del de afuera: el de un tercer cuerpo que no estaba en ninguna parte. Se iban. A veces dejaban algo. A veces no.
Lo que dejaban no era calor. Era peso: el peso de haber estado en un sitio al que no se ha ido.
Y la cara, siempre a medias. Nunca entera.
Como si algo —dentro o fuera, no sabía cuál de los dos— no quisiera todavía que se viera completa.
Hubo un momento en que lo que había adentro supo.
No todo. No de golpe. No con la claridad de una luz que se enciende en una habitación oscura y de pronto muestra los muebles, las paredes, el polvo suspendido en el aire; fue más lento que eso.
Y más irreversible.
Llegó primero como incomodidad sin causa, luego como una presión que no cede, y al final como una certeza.
Venía de las imágenes.
Del rojo. De las manos en la tierra. De la risa que dejaba ligereza. Del perfil que nunca llegaba entero.
Venía de todo eso. De ese peso que se había ido instalando desde que las imágenes empezaron a llegar.
Y que ahora tenía forma.
La forma de alguien que estaba en esos lugares. Que escuchaba esa risa. Que veía ese perfil, entero, ahora mismo, en otro cuerpo, en otro sitio que este líquido no podía contener.
Detrás vino lo otro, lo que fue peor que el saber mismo.
Porque junto con la forma de lo que era vino otra. Que era él, en otra parte que era también esta.
Y eso no era limpio.
Tiene una madera antigua que aromatiza su espacio. Roble.
Lo supo sin saber qué era roble exactamente, pero con la certeza de que es algo que se exhibe, algo que dice: mira lo que tengo, mira lo que soy, mira la distancia que hay entre tú y yo.
Gana argumentos que no vale la pena ganar. Y lo sabe mientras los gana.
Calla cuando callar es la forma más eficiente de ganar.
Eso también es suyo.
Confunde la disciplina con la virtud, la frialdad con la inteligencia, la distancia con la sabiduría.
Mira ese jardín —las manos en la tierra, el olor a romero, la paciencia larga— y piensa: qué pequeño es esto.
Eso llegó sin palabras. Pero llegó.
Se contrajo.
No de miedo esta vez. De algo más difícil que el miedo.
De vergüenza.
Sin tener todavía la palabra para eso.
Solo la sensación: un calor que no era el bueno sino el de haber sido visto haciendo lo que no se debe.
Visto por sí mismo.
Llegó lo más parecido a un pensamiento que podía tener: no quería.
No quería seguir estando.
La palabra no existía para él. Pero la resistencia sí. Una que no era el cierre del cuerpo ante el frío con intención de la clínica. Eso había sido instinto. Esto era decisión.
Quedarse significaba —lo sabía sin poder explicárselo— ser también ese hombre que ya era en otra parte.
No podía elegir la mitad. Nadie elige la mitad. Si se quedaba, lo haría con el roble y con el jardín, con los argumentos ganados y con la mujer de las manos en la tierra mirándolo desde abajo. Todo junto. Todo él.
¿Qué significaba salir de allí? No lo sabía. Y en ese líquido tibio, con sus dedos doblados, sus rodillas al pecho y sus dos latidos, no quería saber.
Se cerró. Despacio.
Con esa terquedad nueva que no era pánico sino algo más frío y más deliberado.
Y flotó así. Cerrado.
Negándose.