Ellas CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

La canción

Llegó por primera vez cuando el cuerpo que lo contenía estaba quieto.

No la quietud del sueño —que también llegaba, una más densa, más honda, con el latido grande bajando de ritmo como una marea que retrocede— sino la de alguien que se ha sentado y ha decidido, por un momento, no ser urgente.

Lo notó en la respiración. Ese ir y venir del afuera tenía sus propias variaciones: la del movimiento, corta y funcional, al ritmo de los pasos; la del esfuerzo, más profunda, más lenta, con algo de peso en ella; y la del sueño, la más regular de todas, un metrónomo suave que no se saltaba ningún compás.

Esta era distinta.

Más lenta que todas las anteriores. Con pausas que no eran olvido sino decisión: la voz se preparaba por dentro para lo que venía.

Empezó. Una sola nota al principio.

Larga. Sostenida. Naciendo del mismo lugar de donde salían las voces —ese territorio exterior que era pecho, garganta y algo más, algo que vibraba con una frecuencia como la del habla— pero con otra intención.

Las voces servían para comunicar. Tenían bordes, direcciones, urgencias.

Esto no.

Esto era redondo.

La nota se dobló sobre sí misma y encontró otra, más alta, y las dos viajaron juntas un trecho antes de que llegara una tercera que las anclaba, que les daba un suelo, un lugar donde posarse.

Se quedó completamente quieto.

Más quieto que con los dos latidos.

Más quieto que en el primer momento de existir.

Escuchando.

La canción no tenía prisa. Avanzaba con la cadencia de las cosas que no necesitan llegar a ningún lado porque ya están donde deben estar. Subía y bajaba y cada movimiento seguía al anterior sin otro sitio adonde ir.

Y entonces, algo falló. Una nota. Apenas. Se quebró antes de sostenerse: cayó, no del todo, lo suficiente.

El cuerpo del afuera corrigió y siguió, pero algo ya no era igual; lo sintió como advertencia.

Y tenía palabras. No sabía qué eran las palabras, pero las recibió.

No por su significado, eso era territorio cerrado, todavía. Las recibió por su peso.

Hubo una sílaba que se repitió.

Tres veces en el mismo lugar de la canción, con el mismo tono, con el mismo peso.

No sabía qué sílaba era.

Pero la esperó.

La primera vez llegó y pasó. La segunda vez, algo en él se preparó sin saber que se preparaba. La tercera, respondió. No era emoción todavía, pero pesaba igual.

Sintió un calor distinto, que no venía de la pared, ni del líquido, ni del latido que lo acompañaba siempre.

Venía de adentro.

Del centro más profundo, ese lugar que los dedos no alcanzaban y que sin embargo era el único del que estaba seguro.

Y ese calor, ese calor propio y sin origen, traía consigo algo.

No una imagen, antes de la imagen.

Una textura.

Como la superficie de una tela que se ha tocado muchas veces y que los dedos reconocen en la oscuridad antes de que los ojos la vean.

La canción siguió sonando mientras escuchaba.

Y cada vez que llegaba esa sílaba —tres veces en el mismo lugar, con el mismo tono— el calor propio respondía. Puntual. Sin falla.

El cuerpo respondía a algo que no había aprendido aquí. El doblar de los dedos lo había descubierto en este líquido tibio, entre pared y latido. El abrir de la boca. El empuje de los pies. Todo era de aquí.

Pero esto no.

La canción terminó.

No de golpe. Se fue deshaciendo, la última nota sosteniéndose más de lo necesario. Como si la voz que cantaba y el cuerpo que lo contenía se negaran juntos a dejar de vibrar.

Y luego silencio.

El silencio de después tenía una calidad diferente al normal. Estaba lleno de la forma de lo que acababa de estar.

Flotó en ese silencio. Con el calor propio todavía presente.

Todavía tibio.

Todavía sin nombre.

Y en algún lugar de adentro, algo intentó. Algo que no era recuerdo, anterior a él. Una presencia. Sin rostro. Sin forma. Sin historia. Pero con una temperatura.

Hubo un momento en que el cuerpo que lo contenía se detuvo. No como en el sueño, ni como en la quietud de la canción.

Este detenerse tenía otra temperatura.

El latido seguía. La respiración seguía. Pero el movimiento —ese balanceo constante de cuerpo que camina, que se inclina, que gira, que carga y suelta el peso— se interrumpió. Y eso él no lo había registrado antes.

Una inmovilidad con tensión adentro. El cuerpo que lo contenía mirando algo.

No sabía qué era mirar.

Pero lo que llegó después sí lo supo.

Una mano.

Lenta. Con una dirección distinta a todas las anteriores.

Venía desde arriba, desde ese territorio del cuerpo que lo contenía que era pecho, hombro, brazo, y bajaba hacia el centro.

Hacia esa zona que los pies habían tocado al empujar, donde la mano había respondido antes con peso, con apoyo, con la presión de algo que se sostenía.

Y se posó.

Sin empuje. Sin pregunta. Sin el peso de antes.

Con algo que no era ninguna de las cosas que la mano había sido hasta ahora.

Se orientó hacia ella.

Y esperó.

La mano no se movió.

Permaneció.

Y en esa permanencia —en ese quedarse quieta sobre la pared, sin urgencia, sin propósito visible— algo pasó que no había pasado con ninguno de los roces anteriores.

El calor propio respondió.

Ese calor de adentro, ese que había despertado con la canción.

Respondió solo.

Solo ocurrió.

Como ocurren las cosas que el cuerpo ya sabe hacer, aunque todavía no sepa que las sabe.

Llegó la otra mano, y las dos se movieron. Un solo movimiento. Pequeño. Los pulgares. No podía ver los pulgares del afuera. Pero los sintió.

Dos puntos de presión ligeramente distintos al resto de la palma, más precisos, moviéndose el uno hacia el otro y rozándose. Una y otra vez. Con la regularidad de algo involuntario, algo que el cuerpo hace cuando piensa en otra cosa.

Un gesto.

Y en ese lugar que no podía tocarse, algo se contrajo.

Breve.

Como cuando algo cae dentro del agua y las ondas salen del centro hacia afuera.

La mano se retiró.

Y lo que quedó no era el vacío de cuando algo se va.

La forma del calor donde la mano había estado. Se quedó con eso. Sin moverse. Sin entender.

Con los dos pulgares todavía resonando en el centro. Como si los hubiera sentido antes.

En algún lugar que no era este cuerpo, ni este líquido, ni esta pared.

Flotó.

Más lento que antes.

Con algo nuevo en el centro.

No calor. Peso.