Ellas CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

El cuerpo

Algo se movió.

No fue una decisión. Fue simplemente que algo que estaba quieto dejó de estarlo, con la misma lógica con que una hoja cae.

Lo que se movió rozó la pared y volvió.

Un roce. Un regreso. Una cosa pequeñísima que en ese espacio sin eventos fue, sin embargo, un acontecimiento.

Entonces ocurrió algo que no había ocurrido antes: la curiosidad. Sin nombre todavía, pero presente en su forma más pura: ese tirón hacia lo desconocido.

Algo quería volver a moverse y lo hizo.

Era pequeño.

Eso fue lo primero que supo de sí mismo: que era pequeño. El espacio que ocupaba tenía límites, y esos límites estaban cerca. Entre el centro de lo que era y la pared que lo rodeaba había una distancia que podía recorrerse.

Lo hizo despacio, con la lentitud de no saber qué era eso ni para qué servía. Y aun así algo en él se movió. Porque podía. Sin más razón que esa.

Encontró la pared. Y en ella, el calor de siempre. Pero desde este lado —desde este rozar activo, desde este ir en lugar de ser alcanzado— el calor tenía una textura que antes no había notado.

Era suave, lo más suave que había sentido.

Y lo que había rozado la pared —esa cosa que se movía, esa cosa que era suya— era también suave. Pero de otra manera. Suave y firme al mismo tiempo. Suave con algo adentro que no cedía.

Se quedó quieto otra vez.

Luego lo hizo de nuevo.

Y esta vez prestó atención.

La cosa que se movía —la cosa que era suya— no era una sola.

Eran varias. Podía sentirlas por separado si se concentraba, si algo en su centro se aquietaba lo suficiente para distinguir.

Eran largas y terminaban en puntas redondas y se doblaban con una articulación en el medio que era como una bisagra pequeñísima, perfecta, que funcionaba sin que nadie le hubiera explicado cómo.

Las dobló.

Las extendió.

Las dobló otra vez.

Algo en el centro de lo que era se abrió brevemente.

No sabía que eran dedos.

Pero los tenía.

Y ya no iba a poder no tenerlos.

Los exploró durante lo que no sabía que era tiempo.

Los dobló uno por uno, si era posible hacerlo así, si la voluntad podía afinarse tanto.

Descubrió que sí. Que había algo en el centro que podía concentrarse en uno solo —ese, el más pequeño, el del extremo— y ese respondía.

Y luego el siguiente. Y el siguiente. Cinco.

Contó sin saber que contaba. Cinco en una mano y cinco en la otra y entre todas las puntas una sensibilidad que recibía el mundo líquido con una precisión que el resto del cuerpo no tenía.

La mano subió —sin arriba ni abajo, solo flotando—: la palma ancha, con los cinco caminos naciendo como ríos de un delta; la muñeca, donde el ángulo giraba y cambiaba toda la dirección del roce.

Y encontró los ojos.

No los vio. Los tocó. Dos superficies redondas cubiertas por algo suave que cedía apenas bajo la presión de un dedo y que guardaba adentro algo húmedo y denso, que respondía con una sensación cercana al dolor, casi un aviso de que ahí había algo que no debía tocarse demasiado.

Los dejó. Intentó volver: no funcionó. Lo intentó otra vez —el movimiento ocurrió, pero no llegó. O llegó… y algo no estaba.

No supo cuál de las dos cosas. Se quedó ahí, sin moverse.

Luego descubrió su boca, rozando con los dedos esa superficie central, de pronto algo se abrió y entró el líquido de siempre, pero ahora tuvo sabor.

El sabor no tenía nombre, pero era tibio.

No sabía aún de sabores, pero sí de temperaturas.

Abrió la boca de nuevo. Con intención esta vez. El líquido entró y algo en el centro sintió una nueva satisfacción. Quiso que se repitiera.

Cerró la boca.

Y notó que ese cierre producía un sonido diminuto, casi nada, pero era el primero que había hecho desde adentro.

Se quedó quieto otra vez, escuchándose.

Fue en esa quietud cuando llegó, desde afuera, una voz que no era ninguna de las dos que conocía.

No la grave. No la pequeña y rota de la otra vez. Otra. Más aguda que las dos, y más corta, como si le faltara cuerpo para sostenerse.

Venía de más lejos que la pared. Atravesaba el líquido con dificultad y llegaba gastada.

Decía una sola palabra. Dos veces. Con un sonido repetido en el medio, parecido al que él mismo acababa de hacer al cerrar la boca.

No supo qué era. No tenía con qué saberlo.

Pero el latido grande, el de afuera, sí supo.

Se detuvo un instante, lo que dura un roce, y volvió más rápido, y la pared entera cambió de temperatura.

No hacia el frío de la otra vez. Hacia un calor distinto de todos los anteriores: un calor que apretaba.

Como si el cuerpo que lo contenía se hubiera cerrado alrededor de él sin que nadie se lo pidiera.

Después ese cuerpo se movió. Un ritmo nuevo, de golpes separados, que lo mecía. Nunca había sabido que eran pasos.

Y la voz aguda se calló.

Él se quedó con la palabra sin saber que era una palabra. La guardó donde guardaba el sabor tibio: en la boca.

Entonces lo tuvo todo al mismo tiempo.

Sin saber que era un cuerpo.

Pero siendo uno con la totalidad de lo que esa palabra significa: una unidad, un adentro delimitado por un afuera, una presencia que ocupa un espacio y que ese lugar conoce.

Se dobló sobre sí mismo. Con la geometría natural de descubrir que puede hacerlo, que el espacio lo permite, que hay una posición en que todo encaja donde el centro queda protegido, las rodillas llegan al pecho, los brazos le rodean y el mundo se vuelve más pequeño, pero más suyo.

Flotó así.

Redondo.

Completo.

En ese espacio que era todo lo que existía.

Desde esa posición doblada y quieta llegó lo otro.

Del mismo centro desde el que se movían los dedos. Un lugar que no podía tocarse porque estaba más adentro que cualquier superficie explorada.

Una vibración distinta. Rápida. Constante. Suya. El centro tenía su propio latido.

Más pequeño que el latido del afuera. Más rápido.

Con un ritmo diferente, más urgente, como si tuviera prisa por algo que el latido grande ya no recordaba tener.

Llevaba ahí siempre —desde antes de los dedos, desde antes de la pared, desde antes de todo— pero recién ahora, con el cuerpo conocido en sus partes y en su conjunto, era posible sentirlo como separado.

Como suyo. Solo suyo.

Se quedó completamente quieto. Escuchando.

El latido pequeño adentro.

El latido grande afuera.

Los dos al mismo tiempo. Las dos constantes. Los dos distintos en su velocidad y en su peso y en lo que decían, que era lo mismo y era diferente: aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy.

Se quedó con eso.

Sin lenguaje para nombrarlo.

Y el momento era ahora.

Doblado sobre sí mismo.

Escuchando los dos latidos que existían en el mundo.

El suyo y el del cuerpo que lo contenía.