CAPÍTULO II
El peligro
Hubo una sacudida.
No de movimiento. De temperatura.
El calor que lo envolvía siempre —ese calor constante, ese único clima que existía— cambió de textura de golpe. Se volvió más apretado. Más denso. La pared exterior se tensó y ese latido que era la única música se aceleró dos tiempos y no bajó.
No sabía qué era la tensión. Pero la habitó.
Pasó algo afuera, algo que no tenía forma de ver ni de oír ni de nombrar.
Solo sabía esto: el ritmo se había vuelto distinto. No roto. Distinto.
Y luego llegó una cosa que ninguna de las anteriores había anunciado.
Una vibración nueva. Más alta. Más aguda. Venía de afuera de la pared, de más lejos, de un lugar que no era el cuerpo que lo contenía.
Pequeña. Breve.
Una voz.
No sabía qué era una voz.
Pero algo en su centro se detuvo a escucharla.
La voz era pequeña. Tenía una frecuencia distinta a todo lo que había registrado hasta entonces. Más frágil. Más delgada. Y cargaba algo que no era sonido exactamente sino la cualidad del sonido, algo que viajaba dentro de las frecuencias como el frío por el agua.
Algo que dolía.
No sabía qué era el dolor ajeno.
Pero lo recibió: el calor que lo rodeaba subió un grado, el latido se entrecortó y entonces llegó lo otro.
La mano sobre la pared exterior. Igual que otras veces. Esa temperatura precisa, esa presión reconocible.
Pero esta vez distinta.
Esta vez la mano no era distracción; era peso.
Fue hacia ella con lo que tenía, que era poco: un roce.
Y esperó.
Después hubo otro tiempo.
Un tiempo de movimiento. El espacio completo en traslado, el ritmo cargando prisa, el calor que se sacudía con cada paso de ese cuerpo que lo llevaba a algún lugar que no podía ver.
Y luego la quietud.
Y luego el frío que llegó de golpe, distinto a todo lo conocido.
No como una temperatura que varía: como una voluntad dirigida hacia él.
Y fue entonces, precisamente entonces, cuando supo que era algo.
Luego, se contrajo.
No hacia adentro esta vez: hacia todos los lados a la vez. Un erizo. Una semilla que se cierra sobre sí misma, aprieta el centro y no suelta.
El latido grande se aceleró otra vez. No como en la sala de la voz pequeña —no con esa cualidad de música que cambia de modo. Con otra urgencia. Con algo que no era miedo todavía. Era anterior.
Llegaron sonidos nuevos. Metálicos. Secos. Cerca.
Pero él se cerró como se cierra un puño, como se cierra una herida, como se cierra la tierra sobre una semilla en invierno.
Empujó.
Sin dirección. Sin fuerza todavía. Con lo que había, que era poco. Con lo que era, que era apenas.
Empujó.
Y el frío de afuera respondió con más frío.
Y el latido se disparó, llegó al borde, lo cruzó y entonces hubo silencio.
Pero no dejó de empujar. Empujó en el silencio.
Empujó en la oscuridad que sí era oscuridad ahora, que sí era ausencia, que sí era todo lo que el primer capítulo de su existencia no había sido.
Empujó con lo único que tenía: el calor.
Ese calor primero. Ese calor anterior a todo. Lo sostuvo. Lo apretó. No lo soltó. El latido volvió.
Débil. Desorientado. Buscándose.
Pero volvió. Y cuando volvió, soltó.
No todo. No del todo.
Guardó un poco de esa contracción, esa semilla cerrada, esa terquedad.
Y flotó.
El calor volvió a ser calor.
El ritmo volvió a ser ritmo.
Y en algún lugar de afuera, lejos, amortiguada por la pared, por el líquido y por todo lo que los separaba, llegó una voz.
Una voz distinta a la voz pequeña de antes. Más grave. Más segura.
Dijo algo.
Las palabras no llegaron.
Pero entendió el tono.
El tono era el de alguien que acaba de perder algo, que lo sabe y todavía no tiene qué hacer con eso.
Luego, la mano.
Otra vez la mano sobre la pared exterior.
Pero esta vez no era peso.
Era la mano de alguien que toca algo que ya no sabe si es suyo, pero que no puede dejar de tocar.
Se orientó hacia ella.
Despacio.
Ya.