Ellas CAPÍTULO I
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CAPÍTULO I

Todavía

No había oscuridad.

La oscuridad es una ausencia, y para que algo falte hay que haberlo tenido antes.

Esto era anterior a eso.

Anterior al color. Anterior al frío. Anterior al borde entre una cosa y otra cosa.

Solo había calor.

Y dentro del calor, algo que no era todavía un latido pero que se comportaba como uno: una insistencia. Un pulso sin músculo. Una presión que empujaba desde ningún lado hacia ningún lugar, y que sin embargo empujaba.

Sin nombre para eso.

Sin nombre para nada.

Afuera —aunque afuera tampoco era una palabra que existiera todavía— algo se movía. Un ritmo. Constante. Sordo. Como pasos sobre madera. Como la marea. Como la sangre de otra persona recorriendo un cuerpo que no era el suyo.

Lo que había adentro no sabía qué era ese ritmo.

Pero algo reaccionó. Sin saber a qué.

Hubo un momento —si momento era el término correcto— en que algo cambió:

cambió de temperatura.

El calor se volvió más denso. Más húmedo. Las paredes retuvieron la respiración.

Llegó algo nuevo.

Anterior al sonido. La vibración que precede al sonido, esa que el cuerpo registra antes de que el oído tenga tiempo de intervenir.

Era agitación, urgencia.

Venía de afuera, de ese ritmo constante que no se detenía nunca, y de pronto el ritmo se aceleró. Se partió.

Sin manera de preguntar qué pasaba.

Pero algo se contrajo en ese espacio que aún no sabía que era él.

No de miedo. De respuesta.

Pasó tiempo. O no pasó. Ahí dentro las dos cosas eran lo mismo.

El ritmo volvió a su cadencia habitual. Lento. Seguro. El latido grande, que era también la única música que existía.

Y en esa quietud recuperada, empezó a notar cosas.

Pequeñas.

Sin nombre todavía.

Una presión periódica, suave, que venía de arriba. Algo rozando la pared exterior. Con distracción. Una mano que recorre una superficie mientras piensa en otra cosa.

Cada vez que llegaba ese roce, algo en el centro respondía.

Con calor.

Con algo anterior al saber que se le parecía demasiado. Hubo un momento en que el calor se volvió frío de golpe.

Todo el espacio se tensó.

Ese latido, la única constante, se disparó. Se hizo pánico. Se hizo silencio total.

Aunque no sabía qué era el silencio, supo de inmediato que era malo.

Se contrajo.

Y empujó.

Empujó hacia adentro. Hacia el centro de sí mismo. Haciéndose más pequeño, más denso, más difícil de apagar.

El ritmo tardó.

Tardó mucho.

Y luego volvió, débil al principio, irregular, buscando su propio compás.

Pero volvió.

Dejó de contraerse.

Flotó.

Después de eso, algo cambió. No era temperatura ni ritmo.

Una presencia diferente en el afuera. Más cerca. Más cálida. El roce llegó con intención esta vez. Lento. Se quedó.

Y en el centro, algo vibró. Algo anterior a entender. Que dolía lo mismo.

Esa temperatura precisa —esa mano, esa pared— era una pregunta que el cuerpo había estado esperando sin saber que esperaba.

Y lo que era, que no era del todo un cuerpo todavía, se orientó hacia esa mano, hacia esa pared.

Como se orienta una planta.

En algún momento —sin que nada lo anunciara— llegó un sonido.

El primero reconocible como sonido y no solo como vibración. Breve. Intermitente. Sin palabras.

Solo altura y duración. Aire modulado por algo que no sabía lo que hacía.

Un tarareo.

No sabía qué era.

Pero algo en su centro —sin forma, sin memoria— se detuvo.

Y escuchó.

Y mientras escuchaba, algo pasó por esa conciencia sin contornos como pasa el calor por el agua:

sin dejar huella visible, solo temperatura que indica que algo estuvo.

El tarareo terminó.

El calor siguió.

El latido grande siguió. Siguió. Sin nombre. Sin saber. Quieto en ese espacio anterior a todos los demás, en ese silencio.

Esperando, sin tener aún un nombre para eso que hacía.

Orientado hacia una mano que ya no estaba.

Todavía.