CAPÍTULO X
Renuncia
El médico le había dicho que necesitaba estar en reposo.
Alfonsina había anotado la palabra en su agenda, pero la tachó antes de salir de la consulta. Porque su versión del reposo no era la misma que la del médico.
Reposo, para ella, era leer sin tener que responder correos. Era preparar té despacio. Era sentarse en el balcón a las seis de la tarde con el vientre apoyado en la barandilla y mirar cómo la ciudad hacía su trabajo sin necesitar que ella participara.
Eso podía hacerlo.
Lo hizo.
Gabriela llevaba quince años con ella.
No como empleada de confianza. Aunque lo era.
Lo que la había mantenido ahí no era el buen sueldo, ni la cercanía al metro, ni las tardes libres los martes. Era algo más difícil de nombrar.
La primera vez que Alfonsina la había despedido, Gaby se fue sin decir nada. La segunda, igual. La tercera vez, Alfonsina la había llamado dos horas después.
—Olvidé decirte —dijo, sin disculpa— que mañana hay que estar a las siete.
Gaby entendió entonces que ese era el único idioma disponible. Y decidió aprender, como lo hizo, en todos esos años que, detrás de cada instrucción que hería había una mujer que no sabía pedir sin exigir. Que no sabía necesitar sin defenderse. Que tenía hambre de ser validada.
Eso era lo que la había mantenido.
No la doctora.
Lo que había detrás.
Una tarde, Gaby encontró en un cajón una hoja escrita a mano. Dos columnas. Letra de Alfonsina, apretada y vertical.
Sobre la primera: «Lo que sé hacer.»
Sobre la segunda: «Lo que tendré que aprender.» Debajo, preguntas sin responder. Gabriela la dejó donde estaba.
No dijo nada.
Pero esa noche, sola en su casa, pensó que esa lista era la cosa más humana que le había visto hacer a Alfonsina.
Un lunes por la tarde, el presidente del Circuito telefoneó para confirmar los detalles del permiso.
Al colgar, Alfonsina se quedó con el teléfono en la mano.
Estaba a punto de viajar a España. A casa de su madre. A tener a Índigo en un país donde nadie la conocía como doctora, como ponente, como jueza. Solo como hija. Solo como mujer que iba a parir.
Dos días antes de salir, la llamó su madre, para decirle algo que llevaba semanas guardando.
—Tengo que contarte algo antes de que vengas.
Alfonsina se detuvo. Reconoció ese tono.
—Cuéntame.
—Cáncer. De mama. Lo supe hace un mes. El oncólogo dice que hay que empezar el tratamiento pronto.
Alfonsina pensó que de golpe su mundo acababa de reorganizarse.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque estabas con lo tuyo. Y porque quería estar segura antes de asustarte.
—Mamá.
—Estoy bien. O voy a estar bien. Pero necesito que sepas que cuando vengas… no sé por cuánto tiempo voy a poder con todo.
Alfonsina miró el teléfono un momento después de colgar.
Luego abrió el ordenador. Buscó el formulario. Era un documento de dos páginas. Sabía exactamente qué decía y qué no decía. Lo leyó entero de todas formas.
Como si la precisión pudiera volver más real lo que estaba a punto de hacer.
Escribió su nombre. Su número de identificación. La fecha. En el campo «Motivo», escribió: razones personales. Había una errata en el encabezado. No la corrigió.
Dos palabras para diez años. No las cambió. Firmó. Adjuntó el documento al correo del presidente del Circuito.
Escribió: «Adjunto mi renuncia al cargo. Con efecto inmediato a partir del día de mi salida del país. Gracias por todo.»
Lo envió antes de poder pensarlo mejor. Se quedó mirando la pantalla. El presidente del Circuito llamó a los diez minutos. Ella no respondió.
Gustavo, menos de una hora después. Tampoco tomó la llamada. Gaby entró sin tocar.
—Doctora. Están llamando de…
—Ya sé.
—¿Qué hago?
—Nada. Ya está hecho.
Gaby la miró un instante con esa expresión suya de tener algo que decir y saber que no es el momento.
Esta vez tampoco lo dijo.
Solo recogió la taza de té que Alfonsina no había tocado y salió.
En su vientre, Índigo dormía en espiral. Ella le habló en silencio. Con pensamiento. Con piel.
—No sé si sabré cómo protegerte.
Parió en enero.
Las cuatro de la mañana. El hospital de su madre olía a desinfectante y a ese frío específico de los lugares que nunca duermen del todo.
Le habían explicado el procedimiento con la precisión que ella misma usaba para exponer los suyos: incisión, separación, extracción. Nomenclatura limpia para cosas que no lo son.
Firmó los formularios sin leer.
La mesa era fría, no al tacto —la habían cubierto con una sábana— sino en la superficie: la dureza propia de lo que existe solo para sostener.
Le pusieron la anestesia epidural. El anestesista le pidió que no se moviera.
Eso sí sabía hacerlo.
La separaron con un biombo a la altura del pecho. No quería ver. Luego cambió de idea.
—Quiero ver —dijo.
La enfermera la miró.
—Es mi cuerpo —añadió Alfonsina.
Le bajaron el biombo un poco. Solo lo suficiente. El bisturí primero.
Luego el cauterizador.
Después, el olor.
No lo esperaba. Nadie le había dicho que habría olor.
Carne quemada.
No mucho. Solo lo suficiente para que el cuerpo lo registrara antes de que la mente pudiera decidir qué hacer con esa información.
Algo en ella se detuvo, y no era el miedo ni el dolor: era una presencia que no era suya.
O que era tan suya que no tenía borde donde terminaba ella y empezaba otra cosa.
[3:15. En otro lugar que es este lugar, en otro tiempo que es este tiempo: alguien también ardía. No gritaba. No luchaba. Las manos abiertas. La espalda recta.]
No fue un pensamiento sino el olor, el mismo de siempre. Cerró los ojos.
Solo un segundo.
No lo investigó.
—Ya viene —dijo el cirujano.
Alfonsina no respondió. Tenía los ojos fijos en el punto donde el biombo ya no era biombo.
Un sonido, agudo, inmediato, furioso; un sonido que no pide permiso para existir.
—Es niño —dijo alguien.
Se lo pusieron encima antes de que ella dijera nada. Húmedo. Pesado de una manera que no correspondía a su tamaño. Rojo.
Completamente desconocido.
Completamente suyo.
Él abrió los ojos.
Eran oscuros. Demasiado oscuros para un recién nacido, pensaría después. Como si ya hubiera visto cosas.
La miró.
Con la fijeza torpe de quien todavía no sabe enfocar, pero lo intenta.
Alfonsina sintió un vértigo que no era ternura, no todavía, sino lo que va antes de la ternura: la identificación de alguien con quien ya se ha tratado.
Como si ese cuerpo pequeño y furioso llevara consigo algo que ella había estado buscando en un idioma que no sabía que hablaba.
—Índigo —dijo en voz baja.
Él dejó de llorar. El pueblo donde vivía su madre se llamaba Cadaqués.
Dieciséis kilómetros de carretera de montaña desde la población más cercana. Una bahía recogida. Casas blancas. El mar siempre presente como un argumento que no necesita decirse.
Ella se había instalado ahí hacía doce años. Alfonsina nunca había entendido bien por qué.
En la mesa de la cocina, las tijeras de coser de su madre. Plateadas. Con el mango de ébano. Siempre ahí.
Y clavada en el canto de la mesa, una aguja. Alfonsina la sacó sin pensarlo. La sostuvo un momento entre los dedos —sin saber para qué, sin soltarla— y la devolvió a su sitio.
Una semana después de llegar, buscando el adaptador en el fondo de la cartera, encontró la foto. No recordaba haberla guardado.
La del niño.
La miró un momento bajo la luz de la cocina y la puso sobre la mesa, junto a las tijeras.
Lo entendió la primera mañana que se despertó con Índigo en los brazos, el mar en la ventana y el silencio del tipo que no pesa, sino que deja espacio.
Las primeras semanas fueron cuerpo puro.
El bebé. La herida. Los puntos. La leche que llegó tarde y con dificultad. Las noches que no terminaban. El cansancio de una variedad que ella no conocía: no el de los expedientes ni el de las audiencias, sino el de una tarea sin horario, sin protocolo y sin fin previsible.
Su madre hacía la quimioterapia los martes. Alfonsina la llevaba en el coche por esa carretera de montaña, con Índigo en el asiento de atrás, y esperaba en el pasillo del hospital donde las enfermeras llamaban a su madre por el nombre. Nadie la reconocía a ella. Eso también era nuevo.
Le preguntaban cuántos meses tenía el niño. Alfonsina hacía la cuenta y no siempre le salía el mismo número. Al tercer mes dejó de responder.
Una noche, después de que su madre se durmió y Índigo también, Alfonsina salió al porche.
El mar a oscuras. Las luces de los barcos en el horizonte.
Pensó en el despacho. En los expedientes que alguien más estaba resolviendo. En Gustavo, que le había mandado un mensaje tres semanas después de la renuncia que decía solo: «La echo de menos, doctora.» Y al que ella no había respondido.
Pensó en los diez años.
En lo que había construido. En lo que había elegido no tener para poder construir eso.
Y esperó sentir algo. Pérdida. Rabia. El duelo específico de renunciar a lo que una es.
No llegó.
Lo que llegó fue otra cosa.
Algo parecido al silencio después de que se apaga un ruido que uno llevaba tanto tiempo escuchando que ya no lo oía.
Índigo lloró desde adentro. Alfonsina volvió a entrar. Él estaba despierto.
Los ojos fijos en un punto del techo que no tenía nada. Oscuros. Quietos. Escuchando algo que ella no podía oír.
Alfonsina siguió su mirada hacia ese punto vacío.
No había nada. Pero él no apartó los ojos. En la penumbra, su reflejo apareció en la ventana. Era otra mujer.
No distinta.
No ajena.
Apenas desplazada.
La imagen llegando un segundo antes… o después. Alfonsina no se movió. Índigo seguía mirando ese punto del techo. Sin parpadear.
Entonces ocurrió algo mínimo. Tan leve que no estaba segura de haberlo visto.
En el reflejo —no en el cuarto— la otra mujer sostuvo algo.
Lo que sostenía no era un bebé sino algo más antiguo que eso. Alfonsina parpadeó. Y ya no estaba. Volvió a mirar a Índigo.
Él seguía atento a ese punto vacío.
Con la huella de alguien que acababa de irse.
Alfonsina no se movió. Se quedó mirando ese punto vacío el tiempo que tarda un reloj en dar una hora que nadie oye.