Ellas CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Desde dentro

La barriga crecía sin que ella lo pudiera evitar.

Alfonsina se miraba cada mañana en el espejo. Ya no para construir lo que quería que los demás vieran. Para comprobar que seguía siendo ella, o lo que quedaba de ella.

El vientre era ya visible. Redondo, firme, vivo.

Esa curva no era suya. Y sin embargo la llevaba.

—Te instalaste —dijo en voz baja una noche—. Como un huésped que no anunció su llegada.

El embarazo no era fácil. No lo sería nunca. Pero tampoco era ajeno. Comenzó a leer. A estudiar. Como si el conocimiento fuera capaz de prepararla para lo que intuía innombrable.

Aprendió las semanas como había abordado siempre los sistemas nuevos: leyendo todo, anotando lo que no entendía, descartando lo que no era verificable.

Semana doce: el corazón ya late con regularidad. Semana dieciséis: el sistema auditivo empieza a funcionar. Semana veinte: se puede saber el sexo, aunque ella decidió que no quería saberlo todavía.

Las mañanas eran difíciles. El cuerpo seguía protestando en un idioma que ella no dominaba y que, a diferencia de los otros que había aprendido, no se podía estudiar. Solo se podía atravesar.

—Hoy no —le decía al espejo, cuando el estómago se ponía imposible antes de las siete.

—Tenemos trabajo —añadía.

El vientre no respondía. Crecía.

Llamó a su madre. No había vuelto a hablar con ella desde aquella llamada de dieciséis minutos.

—Mamá.

—Alfonsina. ¿Pasa algo?

—Estoy embarazada.

Silencio de tres segundos.

—¿Cuánto? —preguntó su madre.

—Veintisiete semanas.

—¿El padre?

—No está en el panorama.

Otro silencio.

—¿Y tú cómo estás?

Esa pregunta. Su madre siempre la hacía. No ¿qué vas a hacer? ni ¿cómo fue? ni ¿estás segura?

Solo: ¿tú cómo estás?

—No lo sé todavía —respondió Alfonsina.

—Eso es honesto.

—Sí.

—¿Necesitas que vaya?

—No. De hecho, quiero ir para allá contigo para que nazca allá.

—Me parece ideal. Estaré contigo, mi niña.

La llamada duró doce minutos. No dijeron nada más importante que eso.

Pero algo después de colgar se le asentó en el pecho de un modo que no esperaba.

Claridad no era la palabra exacta; se parecía más a un suelo.

Los días en el tribunal cambiaron de textura. Seguían siendo los mismos días: los mismos expedientes, las mismas audiencias, el mismo Gustavo con la carpeta a las ocho en punto. Pero algo en cómo los habitaba era distinto.

Observaba las cosas un segundo más antes de decidir. El segundo que antes usaba para pasar a lo siguiente ahora lo usaba para quedarse un momento en lo que ya estaba.

Una tarde, revisando el expediente de un caso de homicidio, encontró una foto.

Era un detalle de prueba. Una foto de cumpleaños. El hijo de la víctima —siete años, cara redonda, ojos grandes— miraba a la cámara con esa seriedad específica de los niños que no entienden por qué los adultos les piden que sonrían.

Alfonsina la sacó del expediente. La sostuvo un momento.

Gustavo entró para confirmar la agenda de la tarde. No preguntó por la foto. Probablemente ni la vio.

Al recoger sus cosas, la foto seguía sobre el escritorio, separada del expediente.

La metió en el bolsillo interior del abrigo, como quien recoge algo del suelo sin saber bien si es suyo o no.

Esa noche la dejó sobre la mesilla.

No la archivó. No la tiró.

La dejó estar.

Pero algo había pasado con ese niño que no supo catalogar. Como una pregunta que no alcanzó a formularse.

Los días pasaban. Y con ellos, las patadas. La primera que se permitió sentir llegó un martes a las once de la noche.

Alfonsina estaba leyendo un fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Tenía el libro sobre el vientre, que era el lugar más conveniente para apoyar un libro en esas semanas.

Hasta que el libro se movió.

Una presión desde adentro. Breve. Inequívoca. Bajó el libro. Puso la mano donde había sentido el movimiento.

Nada.

Esperó.

Nada.

Entonces, cuando ya iba a volver al fallo, otra vez. En el mismo punto. Con la misma insistencia de algo que sabe que le están prestando atención.

Alfonsina no se movió en los diez minutos siguientes.

No pensó en nada concreto. No formuló ninguna idea. Solo tuvo la mano apoyada, el libro en el suelo, la lámpara encendida y ese silencio que de pronto tenía una respuesta adentro.

Más tarde, cuando apagó la luz, pensó que tendría que haber dicho algo.

No sabía qué.

Algo.

—Hola —dijo al techo, en voz baja.

Se sintió ridícula.

Pero lo volvió a decir igual. A partir de ese martes, le habló.

Sin discursos: le hablaba como en sus mejores sentencias, directo, sin ornamento, con cada palabra medida por sus consecuencias, igual que en el estrado.

—Hoy el tráfico fue un desastre —le decía, caminando desde el tribunal.

—Este fallo está mal argumentado —le comentaba, subrayando un párrafo.

—No sé si voy a ser buena en esto —admitió una noche.

Y luego, después de un silencio:

—Pero voy a intentarlo.

Una tarde de otoño del tipo que no pide permiso para ser hermosa, Alfonsina salió sin ningún plan específico. Salir sin destino, sin agenda, sin la lógica de un desplazamiento que va de un punto a otro con propósito declarado era en sí mismo algo nuevo.

Caminó hasta que el parque le pareció suficiente.

Se sentó bajo un árbol. Un plátano viejo, de corteza descascarada y copa ancha, que daba la clase de sombra que no interrumpe la luz, sino que la filtra.

Sacó el libro. El mismo fallo del Tribunal Europeo. Pero no leyó.

Se quedó mirando las páginas con esa distancia que tiene la vista cuando la cabeza está pensando en otra cosa que todavía no se ha formulado como pensamiento.

El vientre sobre sus rodillas. Pesado, vivo, ajeno y completamente suyo al mismo tiempo.

Una paloma pasó cerca. Dos niños corrieron hacia la fuente. Un hombre mayor caminaba con un perro que se detenía en cada árbol a tomar inventario del mundo.

De pronto, algo.

Ni un ruido ni un movimiento; era como cuando se abre una puerta en una habitación cerrada y el espacio cambia de presión antes de que entre nadie.

Levantó los ojos del libro.

El camino del parque seguía igual. Las mismas baldosas, los mismos árboles, la misma luz de las cuatro de la tarde.

Pero la sensación no se fue. Era una mirada.

Lo sabía porque distinguía entre ser vista y ser mirada. La primera era cotidiana, evitable, parte del precio de existir en un cuerpo en el mundo. La segunda era ser reconocida.

Y lo que sentía ahora era la certeza de haber sido identificada por alguien que la conocía desde antes. Bajó el libro.

Volvió a mirar a su alrededor. Nada.

Solo el parque. Solo el otoño. Solo el peso habitual del vientre.

Pero algo en el aire seguía teniendo esa densidad nueva. El espacio en torno a ella con una presencia sin cuerpo. Una atención sin ojos visibles.

Alfonsina no era creyente en ningún sentido convencional. No rezaba. No meditaba. No tenía sistema para lo que no podía demostrar.

Pero en ese momento, bajo ese árbol, se le puso la piel de gallina en el brazo izquierdo.

Sin viento. Sin razón técnica. Alguien estaba mirándola.

Sin deseo, sin curiosidad: con reverencia.

Y con algo más raro todavía: con paciencia. La de quien ha esperado mucho y puede aguardar un poco más.

Automáticamente, se llevó la mano al vientre; no era un gesto protector sino una respuesta: algo dentro sabiéndolo antes que ella.

Y por un instante —que no supo medir— vio, frente a ella, de pie y con la mirada clavada en ella, una mujer mayor, con cabello largo gris y ojos cálidos que se convirtieron en todo el espacio. Ojos que eran los suyos, y no por parecido: los mismos.

No encontró explicación para eso. El corazón se le apretó.

De una cosa sin nombre, muy parecida a encontrar por fin lo que se ha buscado demasiado tiempo y no saber si acercarse o quedarse quieto para que no se vaya.

Quiso hablar.

No pudo. La garganta cerrada.

La presencia se deshizo.

Así, sin más. Como se deshace el vapor sobre un espejo cuando uno abre la ventana.

Alfonsina se quedó con el libro en las manos y el vientre en el regazo y el árbol encima y el otoño alrededor.

El parque seguía siendo parque.

Pero ya no era el mismo parque: era el lugar donde había pasado esto.

No sabía cómo nombrarlo. Lo sostuvo como se sostiene una aguja: sin tener claro para qué, sin soltarla.

Se quedó quieta un momento más. Luego cerró el libro.

Se puso de pie despacio.

Y fue entonces cuando sintió la punzada en el pecho.

No era fuerte, pero sí precisa. Se detuvo. Se llevó la mano al corazón. Volvió a suceder, como un recuerdo físico. Un eco. Y entonces apareció ella. Una mujer que la miraba como escudriñándola.

—¿Necesita ayuda? —preguntó con voz modulada por la compasión.

—Solo un poco de dolor —dijo Alfonsina, señalando el esternón.

La mujer bajó la mirada. Activó su escáner. Se detuvo más de lo que el protocolo pedía. Miró su vientre con la fijeza de quien ha visto ese caso antes. No dijo qué.

Alfonsina, que llevaba diez años leyendo caras desde un estrado, no supo leer esa. No era compasión. No era alarma. Se parecía, si acaso, a la cara que se pone al cruzarse en la calle con alguien a quien hace mucho que no se ve, sin estar del todo segura de que sea ella.

Le ofreció el brazo sin que se lo pidiera. Caminaron hasta el hospital.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Alfonsina.

—Betty. ¿Y tú eres…?

—Alfonsina Ferrer.

Una vez en el hospital, todo fue velocidad clínica. Monitores. Tensión. Oxígeno. El latido del bebé, errático.

Betty le preguntó el nombre del bebé. Alfonsina no lo había decidido todavía en voz alta.

—No lo sé —dijo. Y luego añadió—: Índigo.

Betty se le acercó al vientre y sin pedir permiso susurró algo que Alfonsina no pudo escuchar.

Minutos más tarde, el ritmo se estabilizó.

—Está mejorando —dijo el médico.

Alfonsina fue llevada a observación. Betty se quedó en la puerta de la habitación, de pie, sin decir nada.

No entraba ni se iba: ocupaba el umbral, el único sitio que, por competencia, le correspondía.

Alfonsina, desde la camilla, la miró.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó.

Betty tardó un segundo.

—No lo sé —respondió.

Alfonsina, que había oído miles de respuestas, reconoció esa: era de las que no se ensayan.

Algo pasó en el rostro de Alfonsina. No alcanzó a ser una expresión completa. Era el principio de una pregunta que no llegó a formularse.

Silencio.

Alfonsina volvió a poner la mano sobre el vientre.

Betty la miró. Y dijo, con una voz que no parecía elegida por ella:

—Bienvenido. Te estamos esperando.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida.

No tomó el ascensor. Atravesó el pasillo y, al doblar la esquina, no estaba ya en el hospital. Estaba en otro pasillo, en otro hospital.

O quizás eso fue después. O antes. Hacía mucho tiempo había dejado de preguntárselo.