Ellas CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

El peso

Salió de la clínica cuando comenzaba a caer la noche y el auto seguía donde lo había dejado.

Eso le pareció extraño: no el coche en sí —estaba en el lugar exacto donde lo había aparcado— sino que las cosas siguieran en sus sitios, que el mundo no hubiera reorganizado nada en el tiempo que ella había estado adentro.

Se sentó al volante sin encender el auto.

Tenía la mano en el vientre. Esta vez lo notó, y notar fue distinto de decidir: la mano seguía ahí cuando giró la llave, y ella no hizo nada por quitarla.

Antes de arrancar sacó el teléfono. El nombre de Mauricio en la pantalla, el número a medio marcar.

Lo miró como se mira una puerta que todavía se puede no abrir.

Pensó en su mano en el pecho, aquella tarde, sin saber por qué.

Pensó que decírselo era darle algo que él no había pedido y no devolverle nada.

Guardó el teléfono. Eso también fue una decisión, y la tomó ella, con la otra mano todavía en el vientre.

Arrancó.

Condujo sin música.

Había vivido durante treinta y siete años tomando decisiones con la misma metodología: identificar el problema, reunir la información necesaria, evaluar las opciones, elegir la más eficiente.

Ese método había servido para todo.

Para los casos. Para los viajes. Para las relaciones que duraban lo justo y terminaban con la misma precisión con que habían comenzado.

Ese método no servía para esto.

No porque fuera demasiado grande, sino porque algo había decidido antes de que ella pudiera.

Y Alfonsina Ferrer no sabía qué hacer con una decisión que no era la suya.

Llegó a casa cuando ya era de noche.

Gabriela no estaba. Había dejado algo en la cocina con una nota que no leyó.

Se sentó en el sofá sin quitarse el abrigo. Estuvo ahí un tiempo que no midió.

No pensó. O pensó en cosas laterales: el informe que tenía pendiente, la llamada que había prometido devolver, el color exacto del cielo cuando salió de la clínica.

Ese naranja específico que no tenía nombre oficial.

Esa noche no llamó a nadie. Al día siguiente tampoco. Fue al tribunal.

En algún momento de la mañana, alguien le puso delante un oficio que ella había preparado hacía dos semanas.

Lo firmó.

Solo en el receso notó que no recordaba haberlo hecho. Gustavo le preguntó cómo estaba.

Bien, dijo.

Y era verdad, en el sentido de que el cuerpo funcionaba y la mente también y que nadie podía ver nada diferente en su manera de moverse por los pasillos.

Una atención nueva. Como cuando uno empieza a notar un sonido que siempre había estado pero que hasta ese momento no había registrado como sonido.

Su cuerpo hacía ruido.

Nada que se oyera: una presión baja, constante, justo debajo del esternón, que no cedía.

La tercera noche sacó la hoja del cajón y volvió a leer la segunda columna.

Lo que había escrito ahí no eran razones sino preguntas, tres, numeradas como en un pliego:

¿Qué se necesita saber antes?

¿Qué se necesita tener?

¿Qué se necesita ser?

Preguntas sin respuesta todavía, pero preguntas que ya no se formulaban como obstáculos.

Se formulaban como terreno.

Como algo que uno aprende a medir antes de dar el primer paso.

Volvió a guardarla.

Y entendió, sin decírselo, que había tomado una decisión.

Ni en la clínica ni esa noche, sino en algún momento entre las dos, en ese espacio sin nombre que existe entre lo que el cuerpo sabe y lo que la mente acepta, y que ella, que había vivido treinta y siete años sin pisarlo, ahora tenía que aprender a habitar.

En ese espacio había ocurrido un hecho sin protocolo.

Y Alfonsina, que había construido su vida sobre los protocolos, se quedó quieta ahí de pie, frente al cajón cerrado.

Luego llamó a Mary Cruz para hacer una cita. Le envió un mensaje: Voy a necesitar que me expliques todo desde el principio. Se quedó con el teléfono en la mano un momento.

Luego lo dejó sobre la mesa.

Y se fue a dormir.

Por primera vez en semanas, sin que el estómago protestara.