Ellas CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

El no

El zumbido del avión todavía resonaba en los oídos de Alfonsina mientras desabrochaba el cinturón de seguridad.

El aterrizaje había sido suave, pero su cuerpo no lo sentía así. Tenía el estómago revuelto; sin haber aterrizado del todo, ni por dentro ni por fuera. Se llevó una mano al vientre.

Pero no era la comida. Había una vibración nueva. Tibia. Extraña. Un hilo tensándola desde adentro.

Afuera, Gaby la esperaba con el coche.

—¿Se encuentra bien, doctora? —preguntó, abriendo la puerta.

—No. Algo no está bien —dijo Alfonsina, y cruzó sin más palabra.

Al llegar, entró a su habitación. Cerró la puerta. Cayó sobre la cama sin quitarse los zapatos.

A la mañana siguiente despertó descompuesta. El estómago le ardía. Se quedó un minuto sentada en el borde de la cama, con los pies en el suelo frío, esperando a que el cuerpo decidiera qué iba a hacer con ella.

Cuando pudo levantarse, se miró al espejo. Había un elemento que no encajaba, y no era la palidez sino la mirada. Un vacío en el fondo de los ojos. Una pregunta que no había formulado todavía pero que ya estaba ahí.

Se vistió. El pantalón no cerraba bien. El corpiño oprimía más de lo habitual. Salió sin desayunar.

El pasillo del tribunal tenía ese olor familiar a humedad, café recalentado y papel viejo. Años de trámites, sentencias, silencios. Ese era su reino.

Pero hoy algo fallaba. La toga le pesaba de un modo que no era el de siempre, el de la ley.

Los tacones sonaban más fuertes. El eco le molestaba. El café sabía raro. Gustavo entró a su despacho con un expediente.

—Doctora… continuación del caso 3467. El del abuso sexual a niño. El niño declara hoy.

—Vamos.

La sala era pequeña. Íntima. Sin público, por tratarse de un menor. Solo los que debían estar. El acusado y su abogado. El fiscal. El secretario. El alguacil.

Y ella. En el centro. En su silla. Con la ley sobre los hombros.

La madre del niño no estaba por recomendación de la psicóloga forense. Había querido entrar, pero su llanto no lo permitía.

El niño tenía cuatro años. Entró con un perrito de peluche entre los brazos. Zapatos grandes. Un pantalón corto y la mirada baja.

Gustavo, desde su silla, le alcanzó un papel. Un dibujo. Alfonsina lo había visto antes. En él, el niño había puesto a su mamá más grande que su papá. Desproporcionadamente más grande.

Y al papá, le había dibujado un pene. Luego lo había borrado. Una y otra vez. Tanto, que desgastó el papel. Lo rompió apenas. Como si quisiera hacer desaparecer algo que dolía pero que seguía ahí.

La psicóloga lo acompañó hasta la silla. Le acarició el hombro.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos? —le preguntó.

El niño asintió. Y miró a Alfonsina. Como si ella fuera la única que podía escucharlo sin que doliera más.

Alfonsina se bajó de su sitio. No fue una decisión. Fue primero el cuerpo. Caminó hacia él.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó el fiscal.

—Bien.

—¿Recuerdas por qué estás aquí?

—Sí. Por lo del tete.

La sala quedó muda.

—¿Quieres contarnos qué pasó con el tete?

El niño miró su peluche. Lo abrazó fuerte. Y luego dijo:

—Ya se lo conté… mi papá me decía que su cosita era un tete. Que lo chupara como cuando era bebé. Pero no sabía a leche, sabía feo.

Gustavo cerró los ojos. El fiscal se cubrió la frente con la mano. El acusado bajó la mirada. No dijo nada.

Pero Alfonsina se rompió.

Se quebró y lloró; no fue una lágrima susceptible de ser ocultada, sino tantas que sintió que algo dentro de ella —un cristal, una certeza— se astillaba en silencio.

Se llevó la mano al vientre.

Anunció la continuación del juicio para dos días después y salió de la sala sin decir palabra.

Entró al baño del tribunal. Se miró otra vez al espejo. Y vio a otra. Otra mujer. Otra jueza. Otra persona.

Y vomitó hasta que, al terminar, llamó a su ginecóloga y amiga Mary Cruz.

—Hola, estoy en mi tribunal, pero me siento muy mal.

—¿Qué tienes? ¿Qué sientes?

—No paro de vomitar, necesito que me veas ahora mismo.

Media hora después, estaba en la clínica de Mary Cruz.

—No me hagas esperar. Dímelo ya —ordenó, desde la camilla.

Mary Cruz bajó la mirada.

—Estás embarazada, Alfonsina.

El silencio duró lo que dura un disparo. Alfonsina se incorporó de golpe. Sintió que algo ya lo sabía.

Se tocó el vientre. Retiró la mano. Quemaba.

—Hazme un aborto. Hoy.

Mary Cruz se apartó.

—Sabes que no hago eso. No me lo pidas.

—No puedo tener un hijo. No puedo —repitió, invocándolo como un mantra, convencida de que al repetirlo una y otra vez detendría el curso de lo inevitable.

—Entonces busca a otro. Pero yo no soy asesina —dijo Mary Cruz, y salió.

Alfonsina se quedó sola. La bata aún abierta. El vientre expuesto.

Fue al baño. Abrió el grifo y dejó correr el agua sin ponerse debajo, solo por oírla.

Cuando logró mirarse, se sujetó del lavamanos. Miró su rostro. Pálido. Incierto. Se vistió. Caminó hasta su auto disociada, andando en otra vida. Abrió la puerta. No entró.

El sol ya bajaba. Un niño en bicicleta pasó frente a ella. Rió. Algo en ese sonido le removió la garganta.

Se tocó el vientre.

Aún no había palabras. Pero sí un pulso. Algo tibio. Que no era suyo. Pensó en la sala del tribunal. En el niño y su dibujo desgastado de tanto borrarlo allí.

Y por primera vez, dudó.

Dudó en silencio.

Después, marcó el número desde su celular.

—¿Sí?

—Quiero una cita. Hoy.

—¿Motivo?

—Interrupción. Primera etapa.

Silencio al otro lado.

—Este jueves a las cinco de la tarde. Traiga efectivo, por favor.

Quiso gritar. O al menos decir algo. Pero no pudo. Solo colgó. Solo volvió a ver al niño de la mañana.

¿Y si sí? pensó. ¿Y si esta criatura tiene algo que enseñarme?

No lloró, pero el nudo en la garganta no bajó; no ese día, al menos. Pasó dos días sin contárselo a nadie.

El primer día fue al trabajo. Firmó tres resoluciones. Presidió una audiencia de admisión de hechos. Comió sin registrar qué.

En el baño del tribunal, entre la audiencia de las diez y la de las doce, no se miró al espejo. Se lavó las manos con los ojos en el agua, como quien sabe que si levanta la vista va a encontrar a alguien a quien todavía no está lista para ver.

Salió sin secárselas. El segundo día no fue al trabajo.

Era la primera vez en diez años que llamaba para decir que estaba enferma sin estar enferma, o más bien estando enferma de una causa sin casilla en el formulario de licencias.

Se quedó en su apartamento. Puso música. La quitó. Abrió un libro. Lo cerró.

Caminó de la sala al cuarto y del cuarto a la sala con esa manera de moverse que tiene el cuerpo cuando la cabeza está en otro lado.

A media mañana, Gabriela le preguntó.

—Doctora. ¿Necesita algo?

—No.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Segura?

Una pausa.

—Sí. Gracias, Gaby.

Gaby salió del cuarto. Alfonsina tomó una hoja. Escribió dos columnas. La primera tenía tres líneas. La segunda, siete. Las miró durante un rato.

Luego las miró de nuevo.

Dobló el papel. Lo metió en el cajón de los documentos que no eran para tirar, pero tampoco eran para archivar.

A las tres releyó la nota donde había apuntado la cita: jueves, cinco, efectivo. La letra era la suya y le pareció la de otra. La dobló por la mitad, luego en cuatro, y la guardó en el bolsillo interior del abrigo.

Llegó a las cinco en punto.

La clínica era blanca y sin ventanas. Un frío que no calma el calor que se lleva por dentro.

Una mujer de recepción la atendió con eficiencia. Formularios. El efectivo sobre el mostrador. Sin mirarla a los ojos.

La condujeron a una sala pequeña. Le pidieron que se desvistiera de la cintura para abajo. Le dieron una bata que no cerraba bien por la espalda.

Alfonsina lo hizo todo. Sin protestar.

La médica apareció diez minutos después. Joven. Técnica. Esa ausencia que se aprende en ese trabajo para no romperse.

—Respire hondo —dijo.

Lo hizo.

Un segundo después. No fue dolor.

El pecho se cerró.

Como una puerta desde adentro.

El monitor cambió de ritmo: el pitido se volvió una sola nota, larga, y la médica retiró las manos.

La médica dijo algo, deprisa, a alguien que no era ella.

No entendió qué.

Solo una idea, nítida: no.

Como hecho, más que como decisión: el cuerpo se había adelantado, y alguien, desde otro lugar, ya había dicho que sí.

Después le dirían que el corazón se le había parado. Segundos. Que lo habían hecho volver. Que no habían llegado a empezar.

Cuando abrió los ojos, tenía la mano en el vientre.

No recordaba haberla puesto ahí.