CAPÍTULO VI
El despertar
—¿Puede atenderme, doctora? —preguntó Maritza.
—Dime, que estoy en medio de algo.
—Es que… mi madre está internada. Desde anoche. Soy la única que puede quedarse con ella…
—Ya entendí —la interrumpió—. Tu solicitud está negada. Pero puedo dosificarte horas de vacaciones. Algunos días podrás salir antes. Cuando todo esté cubierto. Porque mañana me voy del país. Y el tribunal debe estar al cien por ciento. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí, doctora —respondió Maritza.
La voz fracturada. Los ojos bajos.
La puerta se cerró. Alfonsina no levantó la vista del expediente de inmediato.
Cuando lo hizo, la silla de Maritza seguía vacía en el pasillo. La imagen duró un segundo. Después la borró.
—Este mundo no lo van a cambiar las que lloran —murmuró.
Miró el teléfono. Tenía el número de Maritza.
Lo desbloqueó.
No marcó.
El día fluyó. Exacto. Cada hoja. Cada firma. Cada decisión.
Ya entrada la tarde, recogió la carpeta. El teléfono. El abrigo.
—Me voy. ¿Imprimiste todo lo de la conferencia?
—Como siempre, doctora. Todo está aquí —dijo Gustavo, entregando la carpeta.
A la mañana siguiente, tomó su vuelo a Bogotá. Primera clase. Asiento junto a la ventana. Silencio.
Comió. Tenía hambre. Física. Animal. Pero algo se removió. Primero leve. Después, creciente. Una marea amarga.
Corrió al baño a vomitar, y no solo la comida: algo más. Se limpió con una servilleta húmeda. El temblor en las manos era nuevo. No supo cómo interpretarlo.
El cuerpo no volvió a estar bien. Ella no lo investigó. Llegó al hotel. Ordenó algo liviano. Lo dejó casi sin tocar.
Esa noche el sueño se hizo esperar.
Pensó en el avión. En el temblor de las manos, que no había vuelto a irse del todo. En que llevaba tres semanas con una incomodidad que no sabía ubicar.
Alfonsina era metódica. Cuando algo no encajaba en su sistema, lo catalogaba. Lo nombraba. Lo resolvía.
Esto no se dejaba catalogar. Y no supo cuánto hasta que estuvo frente al atril.
La sala del Externado era grande y bien iluminada. Trescientas personas. Colegas, estudiantes, algún periodista. En la mesa del panel, a dos sillas de distancia, el doctor Esteban Mora.
La misma sonrisa de entonces, esa que decía estoy siendo razonable contigo, aunque podría no serlo.
Alfonsina lo miró exactamente el tiempo necesario para que él supiera que lo había visto.
Después no lo volvió a mirar. Habló cuarenta minutos sobre sistemas comparados de justicia restaurativa. Sin notas. Sin vacilaciones. Al terminar, las preguntas.
Las buenas llegaron de una chica en la tercera fila, estudiante de último año, con esa mirada de quien todavía cree que las preguntas difíciles incomodan a los ponentes en lugar de alegrarlos.
—Doctora Ferrer. ¿Cree usted que la justicia restaurativa es posible en contextos de alta impunidad institucional, o es un modelo diseñado para sistemas que ya funcionan?
Alfonsina la miró.
—Es la mejor pregunta de la tarde —dijo.
Y al decirlo supo que era verdad. También supo que no tenía respuesta completa.
La estudiante parpadeó.
—La respuesta honesta es que no lo sé. La respuesta que me gustaría dar es que sí. Pero hay una diferencia entre lo que nos gustaría creer y lo que los datos permiten sostener.
»Estudia esa diferencia. Es donde vive el derecho real.
La chica escribió algo en su cuaderno.
Alfonsina sintió algo que reconocía de lejos: satisfacción; no la del tipo ruidoso sino la otra, la que viene de haber puesto algo en el lugar correcto.
Después, el cóctel.
Mora se acercó cuando ella tenía una copa en la mano y no podía moverse sin parecer que huía.
—Ferrer. —La sonrisa de siempre—. Qué bien te fue.
—He trabajado mucho.
—Siempre tan precisa.
—Siempre.
Él bebió un sorbo. Dejó la copa. Llevaba tiempo esperando el momento y se le notó en la pausa:
—Recomendé tu nombre para la cátedra de la Nacional. A pesar de todo.
Esas tres palabras. El regalo envenenado.
Un segundo. Solo uno. Una quietud que el cuerpo impone antes de que la mente decida.
—Pero al parecer aún me odias.
—Pocos hombres me inspiran otra cosa.
—Esa misandria tuya… por eso reprobaste conmigo.
—Entonces lo admites. Admites que me aplazaste por las razones equivocadas.
—No equivocadas. Humanas. Tu arrogancia obraba en tu contra. Una caída a tiempo…
—Humillar para educar. Qué brillante método.
—Eres brillante y lo sabes, pero inabordable.
»Nadie puede corregirte sin llevarse una bala.
—Gracias, supongo, por la recomendación —dijo ella. Ni una palabra más; ya no debía ninguna.
Al salir le temblaban las manos. No lo dijo a nadie.
Esa noche, el estómago volvió a rebelarse. Cambió su vuelo. Volvería al día siguiente. En el avión de regreso buscó música.
Quería reconciliarse con el instante. Pavarotti cantaba, pero se durmió. Soñó con agua.
Agua quieta, no mar: un lago sin orillas visibles, que era también un espejo, que era también un suelo.
Estaba de pie en ese suelo de agua, pero el agua no la mojaba. Debajo, algo se movía sin amenaza, con la lentitud paciente de lo que no tiene prisa porque sabe que llegará.
En el sueño, Alfonsina miró hacia abajo.
Y vio una luz que no era brillante sino tibia, como la primera de una mañana.
Quiso acercarse.
Y en el momento en que se agachó para ver mejor, el avión dio una sacudida.
Abrió los ojos.
El cinturón de seguridad encendido.
Alfonsina miró por la ventanilla, despegándose de sí. El sueño apenas terminaba. Pero algo adentro ya estaba despierto.