CAPÍTULO V
El nombre
Eran las diez y veinte de la noche cuando abrió el expediente.
Lo que le faltaba era otra cosa. Escribió la fecha. El número de expediente. El encabezado de siempre.
En nombre de la ley…
Se detuvo, y no en la frase sino en la palabra: nombre.
La había escrito miles de veces. En miles de fallos. En miles de papeles que después importaban —a las personas, a las familias, a los expedientes que alguien más ejecutaba.
En nombre de la ley, en nombre de la justicia, en nombre del Estado. Ese nombre que no era de nadie, pero era de todos. Ese nombre sin cuerpo que le daba a sus manos, a su firma, a su toga, la autoridad de decir: esto fue. Esto pasó. Esto merece.
No supo por qué esta noche la palabra no pasó. Dejó los dedos sobre el teclado.
No escribió.
Pensó en Mauricio y lo que no le contó sobre su nombre.
Su madre lo había elegido la tarde que leyó el poema. No lo había dicho exactamente así, lo dijo con esa manera suya de acercarse a las cosas y no terminar de tocarlas.
Algo sobre un poema.
Sobre una mujer que escribió hasta el final y eligió el mar para irse.
Que así quiso llamarla. Alfonsina lo había buscado después. El poema. La mujer.
La halló a los diecisiete años, en una vieja biblioteca impregnada de aroma a papel mojado y de tardes interminables, esas que parecían no anclarse en el alma de alguien más, hasta que ella encontró lo suyo.
Lo copió en un cuaderno que el tiempo desvaneció, pero no hizo falta buscarlo de nuevo.
Quedó en ella como quedan las cosas que no pasan por la memoria, sino que se instalan más adentro —en algún lugar del cuerpo, o del alma— y nunca más lo olvidó.
Morir siendo dueña de sí misma: eso había entendido a los diecisiete, leyéndola. Ella también lo había querido.
No morir. Pero lo otro sí.
Ser dueña. A los veinticinco pidió que le hicieran permanente su decisión de no tener hijos.
El médico dijo que no era candidata. Demasiado joven. Sin hijos. Sin diagnóstico que pesara en un formulario. Escuchó. No discutió.
La decisión era tan irrevocable antes de esa consulta como después. No necesitaba de nadie para sostenerla.
Hoy, en cambio, ese pensamiento le embargaba, pero lo dejó allí, en algún lugar entre la pantalla y la noche. Entre esa decisión y lo que ahora su cuerpo insistía en decirle, desde hacía un mes, en un idioma que ella había decidido, años atrás, no aprender.
Cerró el documento, la sentencia sin terminar, porque entendió, de pronto, sin buscarlo, que había dos tipos de nombres: los que nos dan antes de que podamos elegir, y los que le damos en silencio a lo que no cabe en ninguna sentencia.
Sus manos aún en el teclado, luego ya no estaban. Estaban en otro sitio y tardó un segundo en notar dónde.
La palma plana. Sobre la tela de la camisa. Sobre algo que todavía no tenía forma visible, pero llevaba días —semanas, quizás— haciéndose un sitio sin pedir permiso.
No lo analizó.
Se quedó ahí, quieta, con la mano donde el cuerpo la había puesto, en esa habitación a las once y cuarenta de una noche de martes.
El cuerpo sabiéndolo antes que ella.