Ellas CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Caruso

Sumergió la cabeza. La bañera como cueva. Como intento de fuga. Quería silencio. Ese silencio sordo del agua cuando cubre los oídos y pareciera apagar el mundo.

Pero bastó una nota. Una sola. Para que todo su refugio se quebrara. Salió del agua, instintivamente, cuando una alerta sonó dentro.

«Qui dove il mare luccica…»

Bastó esa línea.

Se detuvo.

Algo detrás del cuerpo, más que la carne. El agua ya no era agua. Sintió la presión en el pecho.

No era dolor: era identificación, la que se hace sin rueda de presos. Con la sensación de haber llegado tarde a algo que ya había ocurrido.

No tenía recuerdo.

Pero el cuerpo sí.

—¡Gaby! —gritó, saliendo abruptamente de la bañera.

—Dígame, doctora —se oyó la voz, al otro lado de la puerta.

—Quita esa maldita canción. Estoy tratando de relajarme y tú pones emisoras que me alteran los nervios.

Volvió a sumergirse, ya no en el agua sino en el pensamiento. La voz de Lara seguía en su memoria. Como eco. Como una cicatriz, que no sabía de dónde venía.

Salió del baño. Se envolvió en la toalla.

Gabriela estaba en la sala, doblando ropa en silencio. Nadie le había pedido que hablara, y hablar sin que se lo pidieran no era lo suyo.

—¿Llamó alguien?

—Uno de número privado.

—Era el que esperaba.

Alfonsina tomó el teléfono. Lo revisó. Lo dejó. Se sentó frente al espejo del tocador.

Los espejos del tocador eran distintos a los del baño. En el baño uno se miraba para ver si algo estaba mal. En el tocador uno se miraba para construir lo que quería que los demás vieran.

Alfonsina lo sabía desde los dieciséis años, cuando entendió que la diferencia entre ambos tipos de espejo era la misma que entre la medicina y la arquitectura.

Abrió el cajón. Sacó el cepillo. Empezó a peinarse despacio, que no era su costumbre.

Pensó en Mauricio. No supo dónde ponerlo.

La manera en que la había escuchado hablar de Alfonsina Storni. La manera en que había dejado la frase sobre su padre donde ella la había dejado, sin intentar continuarla. La manera en que apagó la luz sin que eso significara que todo había terminado.

Esas cosas no tenían lugar en su sistema.

Y eso era exactamente el problema. Miró sus manos en el espejo.

Dedos de jueza. De profesora. De mujer que ha firmado miles de documentos y ha sostenido cosas que pesan.

Años atrás, en una cena de facultad, alguien le había dicho que tenía las manos de una pianista.

Ella había respondido que prefería las manos de alguien que opera.

Distinción de vanidad, ninguna; de uso, toda: las manos servían para hacer cosas, para sostener, para decidir, y para eso, no para otra cosa.

O al menos eso había creído siempre. Tomó el teléfono. Marcó el número de su madre.

No había ninguna razón para hacerlo.

—¿Aló? —contestó su madre, con esa voz de quien no esperaba la llamada, pero tampoco se sorprende de recibirla.

—Hola, mamá.

Hablaron dieciséis minutos. De nada urgente.

De una vecina que se había mudado.

De que el invierno llegó antes.

De un libro que la madre había leído y que Alfonsina no conocía.

—¿Estás bien? —preguntó su madre, antes de colgar.

—Sí —dijo Alfonsina.

Hubo una pausa.

—Bueno —dijo su madre, en ese tono que significa lo sé, pero no voy a decir que lo sé.

Colgó. Se quedó con el teléfono en la mano.

No supo qué había buscado. No lo buscó. A eso de las cinco, la pantalla del móvil volvió a encenderse.

—Ya está todo coordinado para el jueves, doctora. La Universidad Externado de Colombia. Mañana le llega todo: seminario, boletos, hospedaje.

—Gracias, Alberto.

La conferencia era un compromiso. Y también una cuenta pendiente.

Llamó a su secretario y le dio instrucciones.