CAPÍTULO III
Reencuentro
No hablaron mucho camino al hotel. Ella tenía un nudo en el estómago que no sabía nombrar.
—¿Te puedo preguntar algo? —rompió el silencio él.
—Claro que puedes. Otra cosa es si quiero responderlo.
Él sonrió.
—Es una pregunta simple. ¿Sabes por qué te llamaron Alfonsina?
Ella lo miró de reojo.
—¿Conoces la historia de Alfonsina Storni?
—Conozco la canción. La de que se suicidó por amor. ¿Fue por ella?
—Entonces eres como mi madre. Solo oyó la canción. Y decidió que su hija llevaría ese nombre. Nada más.
Verdad, no del todo: la versión corta, la que se da en un coche y no se firma.
—Pues ilústrame si sabes bien la historia.
—Sé lo que dejaron escrito. Pero para mí, ella es un espejo roto. Una mujer que me acompaña.
—¿A qué te refieres?
—Todo el mundo tiene una versión de Alfonsina Storni. Ninguna coincide. Yo crecí siendo las tres a la vez.
Él frunció el ceño.
—Tenía cáncer de mama. Lo superó. Volvió con metástasis. Y dicen que era bipolar.
—No sabía que estuviera enferma —la interrumpió Mauricio.
Ella hizo una pausa. Esa parte era la que siempre le costaba más.
—Dicen que recibió una carta de Quiroga antes de que él se suicidara.
»Una defensa del dolor. Una despedida escrita para quienes entienden con palabras.
—¿Crees que eso la inspiró?
—Sí. No quería marchitarse. Ni vivir disminuida.
Él escuchaba.
—¿Y lo del amor?
—Su última poesía habla de un hombre. Tal vez Quiroga. Tal vez otro. Nadie sabe. Pero todos recuerdan una frase: «…y si llama él, no digas que estoy… di que me he ido…»
Silencio.
—Es bonito pensar que se murió de amor —dijo él.
—Sí. Bonito. Y falso. Pero el mundo necesita esas mentiras dulces para sobrevivir.
—Pues yo prefiero creerlo así. Al menos la canción lo dice.
Alfonsina miró por la ventana.
—Lo que nadie cuenta es que siguió escribiendo hasta el último día. Con metástasis. Con esa cabeza que, dicen, no la dejaba en paz. Siguió.
—¿Y eso qué te dice?
—Que no se rindió antes de rendirse. Que hay una diferencia entre elegir el final y resignarse a él.
Eligió. Antes de que el cuerpo, o el hombre, o el dolor decidieran por ella.
Mauricio guardó silencio.
—¿Tú la has elegido alguna vez? —preguntó él.
—¿El final?
—Cualquier cosa. Algo importante. Elegido de verdad, no por descarte.
Alfonsina miró las luces de la ciudad pasar como puntos de una frase que no terminaba.
—Elegí no tener hijos —dijo.
—¿Cuándo lo elegiste?
Las luces siguieron pasando. El coche no se detuvo.
—A los veinticinco. Antes de que alguien me preguntara.
—¿Antes?
—Prefiero decidir antes de que llegue la presión. Las decisiones bajo presión siempre tienen algo de huida.
Mauricio asintió.
—¿Y si la presión llega de todas formas?
—Entonces ya tengo la respuesta lista.
—¿Y si la respuesta cambia?
Alfonsina lo miró.
—Las respuestas no cambian. Cambian las preguntas.
Mauricio no respondió.
Pero su silencio no era acuerdo sino reserva, la de quien sabe y decide no decirlo todavía.
Al llegar al hotel, él había pedido una habitación con flores blancas.
Alfonsina no dijo nada cuando las vio. No dijo que era demasiado. No dijo que no hacía falta.
Las miró un momento. Blancas era el único color que no era un argumento. Lo que siguió no fue lo que ella esperaba.
La diferencia no estaba en los hechos sino en el registro.
Tenía el hábito de los encuentros que terminan justo cuando deberían. Ninguna variable sin clasificar. Lo que el cuerpo procesa bien porque nunca pierde el hilo de dónde está.
Esto no funcionó así.
Él se tomó un tiempo que ella no había pedido, sin urgencia ni demostración, con algo que se parecía más a la atención, como si no tuviera ningún sitio adonde llegar que no fuera exactamente ahí.
En algún momento dejó de saber dónde estaba el borde entre lo que era ella y lo que era la habitación; no ocurrió de manera violenta sino de una parecida al sueño: la frontera se hizo borrosa y, en lugar de alarmarse, dejó que se borrara.
Cuando quiso incorporarse, el cuerpo no respondió de inmediato.
Cansancio, no: alguien había tocado un punto que el cuerpo no sabía que tenía, y necesitaba un momento para admitirlo como propio.
No intentó entenderlo y cerró los ojos.
Después la luz siguió encendida más de lo habitual.
En un momento dado, sin razón que lo explicara, Mauricio llevó la mano al pecho, y no fue un gesto afectivo sino una comprobación, la de quien busca algo que debería estar ahí.
La retiró antes de que Alfonsina lo notara.
No supo qué había buscado.
Él respiraba con una regularidad de una vigilia tranquila. Los hombres solían dormirse o fingir que se dormían, que era peor. Mauricio simplemente estaba allí.
—¿Qué piensas? —preguntó él, sin moverse.
—Que no sé qué pienso.
—Eso debe ser nuevo para ti.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo como quien constata algo que los dos ya saben.
—¿Cómo sabes lo que es nuevo para mí? —preguntó ella.
—No lo sé. Lo intuyo.
—Los hombres que intuyen son peligrosos.
—Solo para ellos mismos —dijo él.
Silencio.
Alfonsina miró el techo. Esa textura blanca y sin forma de todos los hoteles del mundo, intercambiables, sin historia.
—¿Y tú? —preguntó ella. No era su costumbre preguntar. Lo notó al oírse—. ¿Qué piensas tú?
Él tardó, y no como quien busca la respuesta sino como quien la tiene y mide si cabe en la habitación.
—Que hace un rato me llevé la mano al pecho. Así. —Lo hizo otra vez, sin mirarla—. No sé qué buscaba. Mi padre lo hacía, los últimos meses. Yo creía que era el dolor. Ahora creo que comprobaba si seguía ahí.
—Tú no estás enfermo.
—No. Pero tengo miedo, y el miedo se parece.
Ella no preguntó de qué. Él lo dijo de todas formas.
—De acostumbrarme.
Alfonsina no se movió. Era su palabra. No la había dicho nunca en voz alta y ya era suya, y él la había dicho primero.
—¿A mí? —preguntó, y se oyó ligera, defendida, con la voz que usaba para las objeciones que iba a rechazar.
—A esto. A no querer que se acabe. —Giró la cabeza—. Tú dirías que las cosas que se acaban son las que están claras. Yo lo decía igual hasta hace tres años.
—Y siguen estando claras.
—Puede ser. Pero es la clase de claridad que se tiene a solas.
Alfonsina se incorporó levemente. Acomodó la almohada. Esa pequeña maniobra que sirve para ganar tiempo sin que se note.
—El día que algo ya no pueda acabarse, deja de ser mío —dijo. Le salió como una sentencia, y por primera vez oyó lo que tenía de sentencia.
Él la miró durante un momento.
—Eso es lo más triste que me han dicho en mucho tiempo.
—No es tristeza. Es claridad.
—Sí —dijo él. Y no discutió, que era peor.
Mauricio bajó la vista un instante. La fracción de segundo en que alguien que tiene todo controlado no sabe qué hacer con sus manos.
Ella no respondió.
Pensó que debería levantarse. Pensó que la lógica de toda su vida indicaba exactamente eso: levantarse, vestirse, salir, dejar la habitación.
No se levantó.
Él apagó la luz. Como alguien que entiende que hay cosas que se ven mejor en la oscuridad.
Los dedos le temblaban sobre el muslo. Fríos, como después de rozar una cosa que no se recuerda haber tocado.
El corazón le pesaba. No entendía por qué, y no lo intentó. Con todo el sueño encima, ella abrió los ojos. Lo miró dormir. Vulnerable.
Se vistió de prisa. Como quien escapa de un crimen. Salió. Pidió un taxi. Pagó y apagó el teléfono. Se quedó dormida en el asiento trasero.
Lloraba y no sabía por qué.
Sabía, en silencio, que esa noche la había marcado. No entendía cómo. Solo lo sentía.
Como un rumor lejano. Como un eco que aún no tiene nombre.