Ellas CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Mauricio

Él esperaba apoyado en el auto. Al verla, se incorporó.

No la llamó hermosa. No se quedó mirándola para que ella lo viera mirar.

Solo dijo: —Hola.

Eso era el problema.

Alfonsina llevaba dieciséis años construyendo un sistema para los hombres que no era cruel sino eficiente, y que nunca le había fallado.

Mauricio no encajaba en ninguna de sus categorías.

No porque fuera excepcional. Sino porque actuaba ajeno a la existencia misma de las categorías.

—¿Qué tal el vuelo? —preguntó ella, mientras él le abría la puerta.

Ella se miró en el vidrio de la puerta antes de subir y se secó una gota de sudor que le bajaba por la sien.

—Largo. Conocí a una mujer muy especial al lado.

Ella esperó el complemento. No llegó.

—¿Sí? —dijo.

—Tenía setenta años. Hablamos casi cuatro horas seguidas sobre sus años en Argentina. Sobre lo que perdió y lo que encontró. Llegué queriendo dormir y terminé tomando notas mentalmente.

No era lo que ella había previsto oír.

—¿Casi cuatro horas hablando, tanto? —preguntó.

Mauricio la miró.

—Sí, esa mujer sí que sabía hablar y escuchar también.

—Puede ser, pero la vejez no da ese encanto.

El restaurante era el lugar donde Mauricio existía de un modo que ella no había anticipado.

Y no porque fuera ostentoso, sino porque en cuanto cruzaron la puerta el espacio se reorganizó alrededor de él. El encargado que lo reconoció antes de consultar la reserva. Las miradas que se desplazaban, calculaban, se posaban.

Un hombre se acercó de inmediato.

—Mauricio, por fin. ¿Cómo estuvo el vuelo?

—Todo bien. Sin retrasos. Augusto, te presento a la doctora Alfonsina Ferrer.

Ella recibió el saludo con la economía de siempre: había aprendido a no gastar energía en presentaciones que no lo requerían. Lo que le interesaba no era Augusto.

Era que Mauricio, en ese espacio donde claramente ejercía alguna clase de gravedad, seguía comportándose exactamente igual que en el auto. Le retiró la silla sin ceremonia. Pidió el vino sin consultar la carta ni consultarla a ella, y acertó.

La presentó como doctora y ya.

La comida llegó y ella dijo:

—Tiene el alma de Mumbai. Pero la lengua de París.

Él sonrió.

—No sabía que te interesaba la cocina.

—Me interesa cualquier cosa que sepa exactamente lo que es.

Comieron despacio. Y fue en esa lentitud donde empezó a notar un dato que no había catalogado todavía: que Mauricio comía como hablaba. Sin urgencia. Como si el momento actual fuera suficiente y no necesitara ir a ningún lado para mejorar.

Ese hábito la inquietó más que cualquier otra cosa de la noche.

Hablaron de Lisboa. De una tarde en que los dos habían estado sin saberlo, cuatro años antes.

Mauricio sonrió.

—¿Y qué hiciste allá?

—Conferencia sobre jurisprudencia comparada. Dos horas. Sala llena. Preguntas incómodas. Me gustaron las preguntas incómodas.

—¿Siempre?

—Solo cuando vienen de alguien que ha leído el material. Las otras no son preguntas. Son exhibicionismo.

Él la observó un momento.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Que te pareces a alguien.

—¿A quién?

—A mí. Hace algunos años.

Alfonsina bajó el tenedor.

—Eso no es un cumplido.

—No pretendía serlo. Era una observación.

—¿Y qué le pasó a esa versión tuya?

Mauricio dobló la servilleta con una lentitud que era la respuesta antes de que hablara.

—Aprendí que la certeza es cómoda pero cara. Que vivir convencido de que tienes razón es el lujo más costoso que existe.

—¿Y ahora qué tiene?

—No estoy seguro aún, pero creo que tengo dudas y eso me hace más feliz.

Ella lo miró directo a los ojos y preguntó antes de poder evitarlo.

—¿Cuándo pasó?

—Cuando murió mi padre. Tenía todas las respuestas para ese momento. Las había preparado. Y no sirvieron para nada.

Silencio; no el incómodo que ella conocía, sino el otro.

—Lo siento —dijo Alfonsina.

Y lo dijo en serio.

—Gracias. Fue hace tres años. Ya no duele como antes.

—¿Cómo duele ahora?

—Como algo que cambió el peso de las cosas. Sin drama. Solo diferente.

Mauricio tomó el vaso. Lo dejó sin beber. Algo en su cara buscó un lugar donde posar la vista y no lo encontró.

Ella tomó el vaso y bebió despacio.

—Mi padre murió cuando yo tenía treinta y cinco —dijo, sin saber bien por qué lo decía.

—¿Eran cercanos?

Ella no respondió, solo asintió. El silencio que siguió no fue vacío. Fue de los que guardan algo.

—¿La semana que viene cómo estás de trabajo? —preguntó él, cuando ya habían retirado los platos.

—Siempre tengo trabajo.

—Estrenan El diario de Ana Frank en Broadway. Sé que esa historia te toca. Dos días. Nos vamos jueves. Volvemos domingo.

Ella lo miró de reojo.

—¿Y cómo sabes que me toca?

—Lo dijiste tú. La cena anterior. Hablaste de Madrid. De la guerra. De tu misandria.

—¿Todo eso dije?

—Todo eso. Y más.

Adulación, no: prueba de que había escuchado. Alfonsina no respondió de inmediato.

—¿Y aun así quisiste verme otra vez? —preguntó.

—Sí —respondió él, sin dudar.

No lo dijo como quien entrega algo. Lo dijo como quien constata un hecho.

Eso tampoco era lo que ella esperaba.

—¿Quieres postre? —preguntó él.

—No. Me voy contigo.

Lo dijo con la misma precisión con que firmaba una sentencia. Sin preludio.

Mauricio dejó la copa. No dijo nada. No hacía falta.