Ellas CAPÍTULO I
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CAPÍTULO I

La tercera cita

Eran las cuatro y cuarto de la tarde cuando cerró el último expediente. Se quitó la toga. La colgó en el perchero. La miró un momento.

Tres togas en diez años. Cada una era un periodo que no necesitaba contar de otra manera.

Tomó su bolso. Encendió el teléfono que había mantenido apagado durante la audiencia. Diecisiete mensajes. Varias llamadas perdidas. Uno de Mauricio, corto: «Aterrizo a las seis. Reservé.» Lo leyó dos veces. No respondió.

En el pasillo la alcanzó Marcelino, el alguacil de veinte años que llevaba semanas intentando hablarle de sus estudios de Derecho.

—Doctora, ¿el expediente Herrera?

—En mi escritorio. Firmado. Ya puede retirarlo.

—Es que… también quería consultarle algo sobre el concurso de méritos.

Alfonsina se detuvo. Lo miró. Con la misma atención con que miraba a los testigos antes de una pregunta decisiva.

Marcelino era brillante. Lo supo desde que lo conoció.

—Ven mañana a las ocho. Traes el formulario lleno y tres preguntas concretas. Sin rodeos.

—Gracias, doctora.

—No me des las gracias. Cumple.

Siguió caminando.

En el ascensor la esperaba su colega Claudia Restrepo, con esa forma suya de sonreír que significaba que iba a decir algo que consideraba importante.

—Alfonsina. ¿Ya te enteraste de la plaza en la Corte?

—Me la ofrecieron el mes pasado.

—¿Y?

—La decliné.

Claudia la miró con la expresión de quien acaba de escuchar algo en otro idioma.

—No puedo creerlo. Era la plaza que todo el mundo…

—Todo el mundo. Exacto —le interrumpió.

El ascensor se abrió. Alfonsina salió sin terminar la conversación.

Lo hizo sin descortesía: la conversación, a su juicio, ya había concluido. Antes de salir del edificio, se detuvo.

No había planeado detenerse. Era un reflejo de otro tipo: el de tropezar con algo que preferiría no haber recordado.

Sacó el teléfono. Abrió el correo del presidente del Circuito. El asunto decía: Caso 7814-B / Asignación urgente.

Lo había leído por primera vez esa mañana. Dos veces. El caso que construye reputaciones, que aparece en los periódicos, que sus colegas pelearían por presidir. El que ella habría peleado, hace seis meses.

Abrió el formulario de inhibición. En el campo de motivo escribió: impedimento personal sobrevenido.

Firmó.

Lo envió antes de que la lógica llegara.

El impedimento no existía en ninguno de sus protocolos. Existía de un modo que ningún formulario podía contenerlo.

Se guardó el teléfono.

No pensó más en ello.

O lo intentó.

Afuera, la ciudad tenía ese ruido de las cinco de la tarde que mezcla bocinas con gente que camina demasiado rápido.

Cuando llegó a su apartamento la llave no giraba. Descartó la cerradura en un segundo: era ella, el pulso, la mente en otro sitio.

Entró. La casa olía a tabaco frío y a algo que Gabriela había cocinado y retirado antes de que llegara.

—¿Gaby?

—Aquí, doctora.

—Tengo una cita esta noche, me queda una hora para arreglarme. Necesito que estés hasta que salga.

—El mismo de la semana pasada —dijo Gabriela.

No era pregunta.

—El mismo —confirmó Alfonsina, buscando algo que ponerse sin mirar bien los vestidos.

Gabriela trajo dos opciones sin que le pidiera nada. Alfonsina eligió el negro. Lo sostuvo entre los dedos antes de ponérselo. Se fue al baño.

Bajo el agua caliente, pensó en Mauricio, y no con el método organizado con que solía examinar a los hombres —lista de ventajas, lista de problemas, evaluación de la ecuación total— sino con algo más difuso, más parecido a un clima.

Lo que la inquietaba no era lo que él había dicho ni lo que había callado, sino que después de cada encuentro le quedaba algo en el pecho que no terminaba de resolverse, como un acorde suspendido.

Salió de la ducha.

—Deja de decirme esas cosas, Gabriela —dijo, aunque Gabriela no había dicho nada.

—¿Cuáles?

—Lo que estás pensando.

Gabriela la miró un momento. Tenía esa expresión que Alfonsina conocía bien: la de alguien que quiere decir algo y sabe que no es el momento.

—Le preparé su bolso.

—Perfecto.

Alfonsina lo tomó. Lo pesó en la mano, ese gesto de inventario automático que hacía siempre antes de salir.

Gabriela seguía ahí.

—¿Qué? —preguntó Alfonsina, sin mirarla.

—Nada. Que se ve muy bien.

Halago, no: la honestidad específica que solo tienen los que te conocen demasiado para mentirte en lo importante.

Alfonsina asintió.

—Cierra con llave cuando salgas.

Esperó el ascensor frente al espejo. El teléfono vibró. Respondió sin saludar:

—Estoy bajando.

Colgó. Se miró otra vez.

El ascensor llegó.

—Aquí vamos —dijo sin emoción.