Ellas CAPÍTULO I
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CAPÍTULO I

Hilos, tijeras y muertes

Cuando llegó a su casa faltaba una hora para el alba.

Se lavó las manos con agua fría, despacio, hasta los codos. Pasó un paño a las tijeras antes de guardarlas, cual si volvieran de cortar un lino difícil.

Se sentó en el borde de la cama, vestida, y se reportó a las Virtudes, como cada vez: el nombre, la fecha, el número. Cuatro.

No pidió perdón. Eso se pide por lo que se hace mal.

Durmió tres horas sin soñar. Por la tarde había clase de costura.

El empedrado olía a tierra mojada y a algo más. A sangre vieja. O a miedo tan antiguo que ya era piedra.

Pilar lo guardó sin nombrarlo.

Caminaba despacio.

Con los ojos en el suelo. Las hojas caídas tapizaban el paso. Bermejas. Violetas. Ocres. Los colores del otoño que ella llamaba siempre los del duelo.

Cada crujido bajo sus botas, una nota en una partitura que solo ella oía.

Llevaba la aguja en la costura interior de la manga.

Siempre.

Desde niña.

No como arma.

Como recuerdo.

Su abuelo —un monstruo con nombre de santo, fabricante de armas y amigo de inquisidores— le enseñó que una mujer nunca debía ir sin un objeto que le recordara su oficio.

Lo enseñó creyendo que era sumisión. Pilar no lo aprendió así. El punto de la aguja contra su muñeca, suficiente para saber que existía.

—¡Señora Pilar!

Esmeralda. Del otro lado de la calle. Pilar se tensó.

Aquel reflejo antiguo: buscar en el rostro de la otra mujer el mapa del daño.

Nada visible.

Esta vez, nada visible.

—Dios os guarde, señora Pilar.

—Esmeralda. —Le acomodó un mechón detrás de la oreja. Buscó. No encontró—. ¿Qué me traes?

—Os pido perdón. No podré asistir a la reunión de esta tarde. Mi esposo regresa temprano.

Pilar la miró.

No con compasión. Con una precisión fría.

—¿Por qué vienes hasta aquí a decirme que no vendrás? —dijo—. Te expones más que si simplemente no aparecieras.

Esmeralda bajó la mirada.

—Es solo que… no quería que pensarais que os faltaba al respeto.

—Me faltas al respeto cuando te deja marcada y me lo cuentas como si fuera el tiempo.

»No cuando no asistes a una clase de costura.

Esmeralda retrocedió un paso.

No dijo nada.

Luego echó a correr.

—¡Esmeralda!

Sus piernas no se movieron.

El corazón le golpeaba el pecho.

Sin razón aparente.

O con toda la razón del mundo.

Mercedes tampoco vendría hoy. Lo supo en cuanto la vio vestida de negro, con esa quietud de quien ya no espera. Su esposo tuvo razón en una sola cosa: que el miedo hace cobarde a cualquier hombre. Lo que no llegó a calcular fue que también lo hace vulnerable.

No pensó más en él. No valía más pensamiento.

—¿Por qué vienen a mí…?

Y por un instante dudó, pero no de ellas, de sí misma.

La pregunta no era para Esmeralda, ni para Mercedes, sino para esa parte de sí que llevaba años haciéndola sin atreverse a esperar respuesta.

Apoyó la mano en la corteza. Solo eso.

Exhaló.

No rezó.

A los ángeles. A las Virtudes. A esa fuerza sin nombre que era más antigua que los hombres y que los hombres intentaron —sin éxito, siempre sin éxito— traducir a su propia imagen.

Se separó.

Hizo un gesto que no había planeado. Se llevó una mano al vientre. La palma plana sobre la tela de la capa. Sin presión. Solo el gesto.

No sabía qué hacía. Tampoco se lo preguntó. Enderezó los hombros. Su rostro volvió a ser el de siempre.

Sereno.

Fabricado.

Pero cuando estaba sola —con el árbol, en su cuarto, en la oscuridad de las horas sin nadie— no necesitaba fabricar nada. La claridad llegaba sola.